La libertad de expresión requiere interpretar restrictivamente cualquier norma que la limite

Imagen relativa a la falta de libertad de expresión. / Pixabay
Imagen relativa a la falta de libertad de expresión. / Pixabay

La libertad de expresión no se predica de las críticas moderadas o sistémicas, sino de las más duras, desproporcionadas o injustas. La expresión de las ideas, la ficción y la creación literaria y artística deben ser libres y no pueden constituir delito alguno, salvo apelaciones directas, unívocas y potencialmente eficaces a cometer graves delitos contra concretas personas, autoridades, grupos o minorías.

La libertad de expresión requiere interpretar restrictivamente cualquier norma que la limite

En una sociedad democrática el Derecho Penal es el último instrumento, la última ratio. Sólo las conductas verdaderamente graves en términos de daño a los bienes jurídicos protegidos en una democracia pueden ser sancionadas penalmente.

Vivir en libertad, vivir en democracia, presupone vivir en un régimen donde la expresión de las ideas no puede ser perseguida penalmente. Evidentemente, el problema no está en las críticas constructivas, moderadas, sistémicas. Porque la libertad de expresión lo que justamente defiende es la difusión de las ideas menos conformes con el criterio social mayoritario, las críticas más ácidas e incluso menos fundadas a Gobiernos, Iglesias, Jefes de Estado y poderes económicos, sociales, políticos y religiosos. Porque la libertad de expresión conlleva el derecho de criticar ácidamente cualquier Autoridad o cualquier valor o consenso mayoritario.

Por todo ello resulta conveniente derogar preceptos penales desproporcionados y de muy dudosa constitucionalidad, como los que penan las injurias al Jefe del Estado y restringir muy radicalmente el ámbito de los delitos contra de los sentimientos religiosos o de odio para penar sólo  las llamadas directas, unívocas y potencialmente eficaces en la praxis a cometer delitos graves contra la Autoridad y sus agentes y/o contra minorías concretas por razones discriminatorias. En la duda, ni acusar ni mucho menos penar.

Caso especial es el de la apología del terrorismo etarra. Porque éste desapareció en otoño de 2011, mientras que las penas por apología del terrorismo etarra crecieron sustancialmente desde  2012. Es absurdo, ya que la apología sólo debe castigar las conductas que amenacen con acciones terroristas concretas y justifiquen directamente las mismas. Sin banda terrorista no puede haber apología efectiva.

Tampoco la ficción, la creación literaria o artística, pueden constituir ningún delito. El caso Valtonyc demostró que el Derecho Penal español en este campo choca con la aplicación europea del mismo. Porque la función del bufón siempre fue la de criticar y también la de ridiculizar al Poder. Pero esta total despenalización de la ficción hace falta aplicarla no sólo en el ámbito jurídico-penal sino tambièn en el de la censura social de lo políticamente correcto. Ni Siniestro Total quería insultar a los musulmanes (“ Ayatollah, no me toques la pirola…”) ni Loquillo (“La mataré”) o Roberto Cantoral (“El preso nº 9”) querían justificar el feminicidio.

Al final no es tan difícil. Se trata de ponerse, siempre, del lado del bufón. Y, sobre todo, de aplicar el sentido común. @mundiario

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