¿Una cuestión de confianza como vía de escape? Sánchez ante el abismo de la mayoría imposible

La crisis desatada en el seno del PSOE por el caso Koldo pone al presidente del Gobierno en una encrucijada, con la cuestión de confianza como una quimera ante la fragmentación del bloque de la investidura y la ruptura de Podemos.
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno en el Congreso. / La Moncloa
Pedro Sánchez, presidente del Gobierno en el Congreso. / La Moncloa

En plena tormenta política, con el PSOE golpeado en su línea de flotación por las revelaciones del caso Koldo y la caída de uno de sus principales cuadros orgánicos, Santos Cerdán, el debate sobre una eventual cuestión de confianza ha emergido con fuerza en el panorama institucional. Se trata de un mecanismo constitucional previsto en el artículo 112 de la Carta Magna y regulado por el reglamento del Congreso de los Diputados, que permite al presidente del Gobierno solicitar el refrendo del Parlamento para continuar al frente del Ejecutivo.

La herramienta está diseñada precisamente para momentos de debilidad o impugnación política severa, como el actual. Pero la pregunta clave es: ¿tiene Pedro Sánchez la mayoría necesaria para superarla?

En términos puramente aritméticos, la cuestión de confianza requiere mayoría simple: más votos a favor que en contra. Eso, sobre el papel, facilita las cosas. Pero el contexto político convierte la operación en una maniobra de altísimo riesgo. Sánchez podría contar, a priori, con los 120 diputados del PSOE y los 27 de Sumar, su socio de coalición. También se da por probable el respaldo de ERC y Junts, ambos con siete escaños y con fuerte interés en mantener vivo el proyecto de la ley de Amnistía, aún en proceso de implementación. EH Bildu (6), PNV (5) y BNG (1) completarían un respaldo que, con suerte, rozaría los 173 o 174 votos afirmativos.

Sin embargo, la clave está en los cuatro escaños de Podemos. Desde su salida del grupo de Sumar, el partido morado se ha distanciado estratégicamente del Ejecutivo. Y en esta ocasión, sus portavoces no han dejado espacio para la ambigüedad: no ven a Sánchez como “legitimado” para liderar un Gobierno progresista y acusan al PSOE de intentar un “lavado de cara” en lugar de una autocrítica real por el escándalo de corrupción. Su negativa activa supondría un revés fatal: el bloque de Sánchez se quedaría en 174 frente a 176 en contra, lo que implicaría la caída automática del Gobierno.

Podría existir una salida intermedia: la abstención de los morados. Eso permitiría al Ejecutivo salvar la cuestión de confianza por la mínima (174 frente a 172), pero ni siquiera este escenario puede darse por seguro. La tensión política y el deterioro de las relaciones personales entre ambas direcciones hacen muy difícil un entendimiento, incluso táctico.

Sánchez, consciente de esta fragilidad, ha optado por el momento por cerrar la puerta a esta vía. Lo ha hecho tras una larga reflexión y tras escuchar a su Ejecutiva, que temía un contagio electoral masivo del caso Cerdán. En su lugar, ha propuesto medidas correctivas como una auditoría externa, una comisión de investigación parlamentaria y una ronda de contactos con sus socios. También ha anunciado que comparecerá en el Congreso “a petición propia”. Pero no habrá ni dimisión ni convocatoria electoral, ni mucho menos cuestión de confianza.

Los votos de Podemos, claves para el futuro de la legislatura

La negativa a acudir a este último instrumento no solo responde a la aritmética parlamentaria. También revela una estrategia de resistencia: no ofrecer a la oposición, especialmente al PP y a Vox, un escenario que les permita forzar un cambio de ciclo político sin pasar por las urnas. Sánchez ha retado a Alberto Núñez Feijóo a presentar una moción de censura si cree que el Gobierno no tiene mayoría, sabedor de que esta sí exigiría mayoría absoluta y que, hoy por hoy, la derecha no la tiene.

Sin embargo, la presión dentro del propio PSOE crece. Barones como el castellanomanchego Emiliano García-Page han comenzado a plantear abiertamente la opción de un adelanto electoral como forma de cortar la sangría y evitar que el “efecto mancha” del caso Koldo hunda a las candidaturas socialistas en futuros comicios autonómicos o municipales. Sánchez, por ahora, se resiste. Apuesta por agotar la legislatura y blindar su liderazgo apelando a una ofensiva discursiva contra “la máquina del fango” y las “campañas judiciales orquestadas por la ultraderecha”.

La paradoja es evidente: aunque la cuestión de confianza podría suponer un ejercicio de legitimación institucional ante la opinión pública, en la práctica podría traducirse en una vía directa hacia el abismo. Sánchez no quiere correr ese riesgo, al menos no mientras no se sellen las fracturas internas y no logre recomponer la coalición parlamentaria. Porque, al final, en política no basta con resistir. También hay que sumar. Y hoy, los números no están del lado del presidente. @mundiario

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