La caída de Santos Cerdán: un gesto de retirada que no borra la sombra del escándalo
La caída de Santos Cerdán representa algo más que la dimisión de un cargo público salpicado por la corrupción. Es, en realidad, el síntoma de una maquinaria política que ha comenzado a descomponerse por dentro. Este lunes no fue un día cualquiera para el PSOE: fue una jornada de purga, catarsis y cálculo. Una jornada en la que la dirección socialista, abrumada por el peso de las sospechas, decidió cortar cabezas para salvar el cuerpo.
La renuncia de Cerdán a su escaño en el Congreso y a su militancia, ejecutada con precisión de relojero tras la extensa reunión de la Ejecutiva Federal, tiene una clara intencionalidad política. No se trata de un acto de responsabilidad individual, sino de una decisión diseñada para reducir el daño institucional y descomprimir la presión judicial que amenaza con trasladarse del plano mediático al penal. Cerdán, al abandonar su escaño, pierde el aforamiento ante el Tribunal Supremo, abriendo la puerta a una investigación sin las cortapisas que ofrece el paraguas parlamentario.
La dirección del PSOE, en un movimiento simultáneo, cerró también el expediente de José Luis Ábalos, expulsándolo del partido tras más de un año de indefiniciones y ambigüedad. A diferencia de Cerdán, Ábalos se ha atrincherado en su escaño, resistiendo los embates internos y manteniéndose aforado gracias a su adscripción al Grupo Mixto. La diferencia en las estrategias de ambos exdirigentes refleja dos maneras de afrontar la caída en desgracia: una rendición en silencio y una resistencia con ruido.
Ambos casos, sin embargo, dejan al descubierto una verdad incómoda para Pedro Sánchez: la corrupción ha llegado hasta la médula de la estructura del partido, justo en uno de sus ejes fundamentales, la Secretaría de Organización. La narrativa de un PSOE inmaculado y regenerador ha quedado seriamente comprometida. Aunque el presidente del Gobierno se esfuerza en proyectar fortaleza y transparencia, los hechos pesan más que las palabras.
La dimisión de Cerdán, por su parte, pone fin a más de dos décadas de carrera dentro del partido. Desde sus comienzos como concejal en Navarra hasta su ascenso como número tres del PSOE, su trayectoria ha estado marcada por la discreción política y la lealtad al aparato. Sin embargo, su salida no ha sido ejemplar. Se especuló durante días con la posibilidad de que no renunciara, y solo tras ver comprometida su situación judicial y la presión creciente del entorno de Ferraz, acabó por ceder. Eso sí, se aseguró de vaciar sus despachos antes de abandonar el barco.
Esta maniobra no hace sino alimentar la desconfianza en la limpieza del proceso. ¿Por qué tanto tiempo en dejar el acta? ¿Qué temía encontrar la Guardia Civil si hubiera actuado antes? ¿Qué papeles desaparecieron en esas visitas discretas a su oficina? La falta de explicaciones públicas del propio Cerdán deja abiertas todas las hipótesis.
Lo más revelador es que, pese a la aparente contundencia del PSOE, este ajuste de cuentas interno no nace del convencimiento ético, sino del instinto de supervivencia. El escándalo ha alcanzado una magnitud tal que dejarlo sin respuesta habría sido letal para el relato de Sánchez como garante de la regeneración democrática. Con Cerdán fuera del Congreso y Ábalos fuera del partido, el presidente espera calmar las aguas antes del decisivo Comité Federal del 5 de julio.
Pero la tormenta no ha amainado. Aún quedan interrogantes abiertos. El caso Koldo se extiende como una mancha de aceite y el alcance real de la red corrupta aún está por esclarecer. La posibilidad de que más nombres ilustres del partido estén involucrados mantiene en vilo a los cuadros medios del PSOE, que temen una sangría que pueda comprometer la legislatura.
La salida de Cerdán, además, podría tener un efecto dominó. El escaño que deja libre por Navarra lo ocupará probablemente Iván Cacho, concejal socialista en Ansoáin, bajo un gobierno liderado por EH Bildu. Un detalle que no pasará desapercibido en la derecha, que aprovechará la conexión simbólica para continuar su ofensiva contra Sánchez en el Congreso y en los medios.
El PSOE ha comenzado su limpieza interna tarde y forzado por las circunstancias. Pero esta operación de control de daños no basta para restaurar la confianza pública. Mientras no se conozca el alcance real del caso y no se actúe con total transparencia, la sombra de la corrupción seguirá proyectándose sobre Ferraz. Y la pregunta de fondo, la que aún no ha sido respondida, seguirá planeando sobre Pedro Sánchez: ¿hasta dónde llegaba el conocimiento —y el silencio— en torno a la trama? @mundiario


