El 23-F y la bola de Jordi Évole, o los límites del periodismo ficción

Jordi Évole, de La Sexta.
Jordi Évole, de La Sexta.

'Operación Palace', un síntoma del escepticismo ante el esclarecimiento de los grandes acontecimientos, y un atajo en el tránsito de la sociedad del 'blablabá" a la sociedad del 'jajajá'

El 23-F y la bola de Jordi Évole, o los límites del periodismo ficción

Todavía tengo atragantado el bocadillo de chopped que me estaba zampando la noche del pasado domingo (hecho con pan que me quedó del 22-F y aceite de girasol recalentado: una delicia cuando se asume que el dinero no alcanza para más) y que no me pude terminar, tan excitado como estaba de expectación y asombro por la evolución de un nuevo reportaje televisivo de investigación sobre el 23-F, que ofrecía datos definitivos, con la inédita aportación de una interesante trama de convincente nombre, "Operación Palace", en sus entresijos. ¡Cómo nos estafó, sobre todo, el narrador Javier Cercas -pensé, mientras iba comprobando que no lo sacaban- con su arduo trabajo de investigación "Anatomía de un instante", hace apenas un lustro; nos hizo creer que era por honradez de los cabos sueltos que le quedaron, en el asalto del teniente coronel, y la imposibilidad de un jaque al rey definitivo, por más que le comiera peones a los datos, por lo que optó por dejar su libro, ambiguamente, en el reino de la ficción...!

    Reconozco que fueron 50 minutos trepidantes, en el curso de un programa, "Salvados", cuya ficción (inherente a cualquier periodismo, y máxime, desde MacLuhan, al televisivo) persigue, al menos, alumbrar zonas de la realidad. Ciertamente, no es "En portada" o "Documentos TV" o el antiguo "Informe Semanal" (ni, por supuesto, los veraces animales de los documentales de la 2; ¡Pobrecitos míos, representando secularmente la máxima cuota de realidad de pantalla, y sin remuneración alguna, para una especie parasitaria!). Pero, en medio de la ingente cantidad de periodismo basura y de programas de evasión al infinito, bienvenidas sean las pocas cámaras que se escoran a la realidad, así tengamos que soportar ese fastidioso tufillo de amarillismo, junto al narcisismo obsceno de algunos conductores, que -como en unos almacenes en liquidación con los dependientes anfetaminados- se apodera cada vez más de la vieja tele.

    Menos mal que la mañana del 24-F (en la trama de mi operación neuronal para darme un golpe de estado de ánimo con el que afrontar un nuevo lunes al sol) me llegó la noticia de que otros cinco millones de pardillos permanecieron enganchados, asimismo, a la lograda farsa; es decir, tanta gente como desempleados tiene este país, en ese record de audiencia sordomuda que ostenta el Inem. Cinco millones de lelos autoengañados, con un monigote de papel con tricornio a la espalda ("¡Inocente, inocente!"). Ahí radica la doble clave de este inquietante asunto: Máxima difusión (un fin que parece justificar los medios de los 'media', cuando, en general, estos se tambalean: por eso las críticas de los colegas se mitigan) y un engaño que (paralelo al síndrome de "culpabilización de la víctima" instalado en la sociedad: por eso no hay más revueltas) se resuelve, finalmente, en autoengaño.

 Lo relevante son las consecuencias 

 Cuando, al término del programa, revelaron que todo había consistido en una farsa ("una broma" divertida e inocua, aplaudieron, al día siguiente, los comentaristas más entusiastas), surtió un insulto añadido: Todo aquel que se hubiese tragado la farsa es un tonto de solemnidad, un pánfilo ingenuo, indigno de pertenecer a la ilustrada sociedad de la información. Lo irrelevante es el enfoque de quién sí y quien no mordió el anzuelo, como leí en reportajes pueriles a la mañana siguiente. Lo relevante son las consecuencias en este tratamiento falseado -o, cuando menos, frívolo- de acontecimientos impactantes con aspectos oscuros, así no se lo creyera nadie en absoluto. 

Menos grave habría sido, desde luego, imitar de veras el formato de Orson Wells en su adaptación de "La guerra de los mundos" (que algunos han esgrimido como precedente en defensa de la cinta de Jordi Évole), en el que, por activa y por pasiva, al principio y a la mitad de la emisión, se recuerda el carácter ficticio de ese inigualable trabajo artístico. Y más pertinente aún: que, en vez de haberlo dado en el aniversario exacto del 23-F en un programa (por así decirlo) de 'realidades',  se hubiese estrenado en el apartado de documentales de ficción de un Festival de cine. Habría permitido cotejar mejor que, en ese apartado, la idea original de Jordi Évole sería susceptible de llevarse un oscar; al mejor documental, por ejemplo, sobre una película oscarizada: "Volver a empezar", de José Luis Garci (que es el gran protagonista en la sombra de "Operación Palace"). Nunca me pareció baladí considerar que el canto subliminal a los Estados Unidos como hogar de adopción que trasmite su vieja película -potable, pero un pelín almibarada y simplista- no contribuyera en algo a la obtención de aquel oscar. Lo digo porque, tras el fuerte impacto subliminal que dejan los desmentidos (lo sabe hasta el semiólogo más desengañado), el descolocado receptor de "Operación..." se ve abocado a este doble imperativo sin salida:  "Si usted sigue pensando que no hay transparencia en la concesión de los Oscar, usted es un paranoico", y "si usted sigue pensando que el Rey (y por extensión o sinécdoque, el conjunto de la Familia Real) no actúa con transparencia, usted es un paranoico"... Meros efectos colaterales, en cualquier caso, si se compara con el bochorno de la exhibición de consagrados periodistas y políticos de cualquier signo -lo mejor de todo es el casting- reconociéndonos obscenamente lo facilísimo que resulta mentir... Son justo los dos gremios que más incredulidad producen, hoy en día, a millones de ciudadanos que se sienten atribulados e indefensos en su legítimo reclamo de transparencia informativa...

Si el fin exclusivo de esta ópera-bufa ha sido, como me temo, la multiplicación de la audiencia, ¿dónde y con qué criterio cabe situar el límite? ¿Por qué tratar "Operación Palace" como una "broma" puntual o pasajera y no como la apertura de un nuevo estilo de periodismo infalible (¡en ventas!)? Si, para garantizar la impunidad basta con la astuta coartada del desmentido final -que, además, revela que la culpa es del receptor, por dejarse (auto)engañar-, el listón esta abierto... Imaginemos, por ejemplo, en un canal televisivo de derechas, un documental de semejante factura en el que varios políticos de plurales signos, con Aznar y Acebes de protagonistas, declarasen que el 11-M fue efectivamente un atentado de ETA, pero que, a causa de delicadas negociaciones, no tuvieron más remedio que conchabarse para que pareciera un acto de terrorismo islamista... O, más fuerte aún, una bien urdida demostración ficticia de que el accidente del vuelo de Spanair del verano de 2008 fue provocado... ¿Dónde está el límite? ¿En ser más o menos ético o estético? Eso no tiene la menor validez jurídica, bajo el formidable amparo, además, del juego dialéctico del autoengaño y el desmentido.

 Évole acaba de innovar un chollo
 Para el menguante periodismo impreso, Évole acaba de innovar un chollo. Piensen cuántas ventas y consultas multiplicaría cualquier diario si abriese a cinco columnas con una falsa noticia de impacto. Con más honradez que en otros medios, pues la letra impresa permite la recepción sincronizada de los mensajes, la información se desmiente luego, en letra chica, al término de las varias páginas interiores, y Santas Pascuas... Lo cierto es que "Operación Palace" (una emisión inimaginable antes de la hegemonía del colorín y pingajo de Internet) es un síntoma del escepticismo ante el esclarecimiento final de los grandes acontecimientos; y un formidable atajo en el tránsito de la sociedad del 'Blablabá" a la sociedad del 'Jajajá', por donde caminamos. Todavía me queda bocadillo, ¿quieres un cacho?

 

El 23-F y la bola de Jordi Évole, o los límites del periodismo ficción
Comentarios