Trump, China y una guerra comercial que EE UU puede perder

Pekín estableció controles a la exportación de tierras raras, minerales esenciales para la producción de tecnología, baterías y equipamiento militar. ¿Bastó con ese movimiento? 
Un contenedor de carga con la bandera de EE UU chocando contra contenedores de China, la UE y otros países afectados, representando la tensión comercial. / Mundiario.
Un contenedor de carga con la bandera de EE UU chocando contra contenedores de China, la UE y otros países afectados, representando la tensión comercial. / Mundiario.

La guerra comercial lanzada por Donald Trump en su segundo mandato, y su intento de convertirla en un símbolo de fuerza económica y hegemonía global, está revelando más bien las grietas internas de Estados Unidos y las limitaciones estratégicas de su política exterior. Así lo advierte el economista Barry Eichengreen, profesor en la Universidad de California en Berkeley, en un artículo publicado en El País, donde disecciona los efectos colaterales de las últimas decisiones de la Casa Blanca en materia de aranceles, relaciones exteriores y manejo económico interno.

Todo comenzó el pasado 2 de abril, el bautizado por Trump como Día de la Liberación, cuando impuso nuevos aranceles recíprocos a decenas de países, con especial dureza hacia China. La narrativa oficial era clara: EE UU tenía más cartas en la mano y más capacidad de resistencia que su rival asiático. Washington exporta menos a Pekín de lo que importa, y su economía arrancó 2025 con fuerza, mientras que la economía china arrastraba importantes desequilibrios, especialmente en el mercado inmobiliario.

Sin embargo, la respuesta china fue rápida y efectiva: Pekín estableció controles a la exportación de tierras raras, minerales esenciales para la producción de tecnología, baterías y equipamiento militar. Y con ese solo movimiento, el equilibrio se inclinó. Estados Unidos, que depende en gran medida de estos materiales —y en algunos casos no tiene proveedores alternativos viables— se dio de bruces con una realidad incómoda: no puede ganar una guerra comercial en la que el rival domina insumos críticos. Según el profesor Eichengreen, los comentaristas que en un primer momento respaldaban la posición de fuerza de EE UU tuvieron que bajar de la nube en cuestión de semanas.

Mientras tanto, China no solo resistía el golpe, sino que avanzaba en su estrategia de autosuficiencia tecnológica. Huawei, por ejemplo, presentó recientemente dispositivos que funcionan con chips de fabricación nacional y software propio, desafiando el veto de EE UU a componentes de alta gama. A esto se suma un ambicioso paquete fiscal del Gobierno chino y una depreciación controlada del renminbi que favorece sus exportaciones. El renminbi es la moneda oficial de China, que significa moneda del pueblo y su unidad básica es el yuan. El panorama, pues, no es el de una China acorralada, sino el de una superpotencia que aprende a jugar en un mundo hostil, reforzando sus vínculos en Asia y acercándose incluso a Europa, como demuestra la reciente visita de Pedro Sánchez a Pekín. Y algo más inquietante para Trump: China y la UE se proponen eliminar las sanciones mutuas para impulsar la relación bilateral en medio de la guerra comercial de EE UU. Es más, Pekín ya invitó a los presidentes del Consejo Europeo, António Costa, y de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, a una ronda de reuniones.

Gestión “caótica y contradictoria”, según Eichengreen

En contraste, la gestión económica de Trump es, en palabras de Barry Eichengreen, “caótica y contradictoria”. Las señales que emite la Casa Blanca cambian de un día para otro: lo mismo se defiende un dólar fuerte que se aboga por una devaluación; los aranceles se anuncian y se suspenden sin explicación; y, con un déficit público superior al 6 % del PIB, el Congreso insiste en aprobar bajadas de impuestos mientras promete recortes del gasto que no tienen ninguna credibilidad. Como colofón, Trump ha vuelto a amenazar con despedir al presidente de la Reserva Federal, aumentando aún más la desconfianza de los mercados. En este clima de incertidumbre, la inversión empresarial se frena y el consumo se resiente.

Lo más paradójico de este escenario es que, al contrario de lo que pretendía Trump, la ofensiva estadounidense ha acabado reforzando el liderazgo político de Xi Jinping, quien, libre de oposición interna, ha conseguido cerrar filas en torno a su figura. En EE UU, en cambio, la conflictividad interna crece. Las manifestaciones contra Trump se suceden, y su popularidad económica se erosiona al compás del encarecimiento de la vida y del aumento del desempleo, afectando incluso a sus bases más fieles.

Eichengreen concluye con una ironía cargada de sentido: lo más probable es que Trump acabe retirándose de esta guerra comercial como Estados Unidos acabó saliendo de Vietnam, siguiendo el consejo apócrifo del senador George Aiken en 1966: “Declarar la victoria y retirarse”.

El análisis del economista no solo pone en duda la eficacia del aislacionismo comercial de Trump, sino que lanza un mensaje de fondo más importante: en un mundo interdependiente, el unilateralismo agresivo puede debilitar más al agresor que al objetivo. Y mientras EE UU se enreda en sus contradicciones, China aprovecha para consolidar su influencia global. @mundiario

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