Las tentaciones del presente son preocupantes

La geopolítica está cambiando los indicadores de lo que está bien o va mal, y en la vida política de proximidad crecen las ocasiones para el ridículo.
Donald Trump, presidente de EE UU. / @POTUS.
Donald Trump, presidente de EE UU. / @POTUS.

En la prensa de estos días, ha aparecido la mención a las “tentaciones” de modo significativo. A muchos lectores les habrá devuelto a aquellas tentaciones en que el diablo –según dice Mateo, 4, 5-11- muestra a Jesús desde un monte muy alto “todos los reinos del mundo y su gloria”, y le dice: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”, se vienen a la memoria viendo a Trump. Cuantos hayan sido educados en los fervores del nacionalcatolicismo, las tentaciones les asocian las censuras que marcaban las películas y obras de teatro con los calificativos morales del 3, 3R y 4, indicando que si les sobrevenía la muerte sin confesión después de verlas, el Infierno era su futuro. Del pasado, por culpa de Adán y Eva, la humanidad había perdido el paraíso; sibilinas insinuaciones entre la serpiente y Eva sobre una manzana prohibida habían hecho cómplice a Adán de la tentadora desobediencia.

En los relatos mitificadores que han educado a muchas generaciones latían unas cuantas imágenes que, a lo que se ve, tienen tentación de presente. Las tentaciones del diablo acompañan a la imagen del emperador de Washington firmando decretos y emitiendo mensajes que varían según el humor con que se levante. A la par, actualizan tópicos e historias que nos han llegado de Nerón, al que sitúan -pese al magisterio de Séneca- tocando la lira  ante una Roma que ha incendiado por ver si emula a Homero ante la caída de Troya. Los comunicadores del “despacho oval” no cesan de situar la intrepidez neoimperial ante los humanos que se han dejado tentar por la ambición de un mundo más habitable, ese en que Europa es un pecado y ahí está él, enarbolando la cruzada del dólar cual fiero negociante del bienestar recortable. Cuantos presuman de tener alguna inteligencia para vivir sin depender necesariamente del Norte -como llamaban los emigrantes gallegos a cuantos habían emigrado a esa latitud del hemisferio americano- ahí tienen a Trump, tentado por la inmensidad de reinos y tierras que no son el Norte, anhelando que lo sean un poco más cuanto antes.

El diablo es hábil y le ha metido en el cuerpo que el programa plutócrata saldrá adelante si no pone en riesgo el conservadurismo. La documentación histórica abunda en actitudes como esta, y en la historia del siglo XX hay muchos acontecimientos en que la combinación de estos ingredientes es reiterativa, también en España. Asimismo, el aparato conceptual para analizarlo tiene antecedentes. De 1954 es, por ejemplo, el brillante artículo de Hannah Arendt sobre Religión y política en que, entre otras encrucijadas, andaba por medio “la libertad” en plena Guerra fría. En la forma de afrontar la supuesta “seguridad” de futuro, el coste del rearme en el PIB -entre el 2 y el 3% para alcanzar el 5 cuanto antes-, también esconde tras el extraordinario negocio mixtificaciones en que el bien, el mal, los buenos y los malos, los mediocres y los tibios, andan a la gresca para imponer su criterio y que parezcan coincidir la moral, la política, la economía y la buena conciencia (siempre en minúscula).  Tanto europeos como españoles han tenido que aceptar en el pasado las modulaciones de otros y, ahora, parece que los nuevos emperadores de Occidente quieran que nos inclinemos, una vez más, ante sus redefiniciones del bien y del mal (cristiano, blanco y patriarcal). No existe, al menos por ahora, la tentación de no hacer caso a esta reedición del libro de instrucciones. Circula desde hace poco más de un mes la receta del superior/inferior; entre el colonizador y el colonizado se impone de nuevo una ruta prefijada del bien y del mal, atenta a la libertad de decisión de cuantos nunca han sido iguales. No importa la Declaración de Virginia (el 12. 06. 1776), especialmente su artículo 1: “Que todos los hombres son por naturaleza igualmente libres e independientes”. Menos les va la de París en 1789, y la Declaración Universal de Derechos Humanos (de 10.12.1948) no les gusta: 30 derechos reconocidos son demasiados y, además, estas dos últimas fueron proclamadas en Europa.

En los lares hispanos, esta cuestión -central en la CE78- suele zanjarse, por un lado, en un territorio semántico que no tuviera que ver con “la soberanía” o, también, la “libertad de conciencia”. Por otro, las protestas por cuestiones de vivienda, escuela, sanidad, migraciones,  trato a los mayores o el que se dé a las mujeres, señalan dudas reales sobre igualdad, justicia y dignidad, que no disminuyen por más que, ante quejas sobre la preservación de los derechos de las personas, el afán  por salvar las instituciones supuestamente competentes en tales asuntos pretende que no salgan erosionadas. En noticias y debates, esta tendencia al silencio o a la disculpa no salva lo insalvable cuando por acción u omisión, rutina o descuido -más o menos culpable-, salen tocadas. Cuando las agresiones a esos derechos no se logran parar, reducir o minimizar en un tiempo razonable de reflexión y debate democrático, se está mostrando la limitada calidad de la libertad, igualdad y fraternidad ciudadanas. No hace falta un análisis detallado de los casos y cosas ruidosos de cada día. Son imposible signo de salud democrática los incumplimientos, rutinas y descuidos acontecidos en el desastre de la Horta Sur valenciana. Tampoco lo es el guarismo 7291, que hace estremecer a personas –no sólo de Madrid-  en edad avanzada.

Ahora que arrecian los aires del imperio del norte reclamando débitos y prestaciones, servicios y reverencias, veremos la firmeza con que aguantan tantas estructuras que han vivido renqueantes cuando no parasitarias. En este sentido, es preocupante la desinformación que circula cuando el empeño de algunos grupos es transmitir los criterios de bondad de sus propuestas políticas con fórmulas como la que ha circulado en una “Isla de las corrupciones” zafia y falaz. Ese estilo por el que  Miguel Tellado se ha visto en el brete de tener que pedir “disculpas serias a la República Dominicana”, implica altas dosis de estupidez programada. Ni es serio lo que dice, ni la función de un político es  tratar a sus representados como si su listeza consistiera en mostrase tan superior que fuera impune a lo que está diciendo. Entre tanta gracieta, les dice que los dejara tirados en la defensa de sus derechos cívicos, cuyos recortes crecerán con las limitaciones presupuestarias. Si el tiempo es lo que nos queda por vivir, estos tipos son  mala compañía para afrontar las tentaciones a que es adicto Trump, y que pagaremos todos. ¡No confundan! El Evangelio habla de los “fariseos” y “sepulcros blanqueados”; el colonialismo conoció bien a los cipayos y, entre los asalariados del pasado, siempre se supo bien quiénes eran los esquiroles. @mundiario

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