El currículo oval dará que hablar durante unos años
Nadie duda de que el enfrentamiento verbal entre Trump y Zelenski en el despacho oval (de la Casa Blanca) el viernes pasado, día 28 de febrero de 2025, tiene rasgos de lo que habitualmente se suele decir “histórico”. Cumple los requisitos de lo insólito y, también, los que indican que en adelante –al menos por un tiempo significativo- imprimen ritmo nuevo a otros acontecimientos conexos, de los que sería un exponente valioso. Desde luego, tiene mucho de ambas características de lo que habitualmente suele calificarse como tal si no se entra en pormenores de lo insólito, ni en si la supuesta novedad tiene amplios antecedentes descalificadores de tal. Tratándose, de ordinario, en esta columna de ver cómo lo que pasa tiene que ver con lo que se enseña en el sistema educativo, es buena ocasión para observar cómo lo que nos parece sorpresivo, no lo es si se contempla desde lo que acontece en las aulas escolares y, asimismo, en museos, programas de televisión, enfoques de la prensa y los medios, espacios todos que también condicionan las redes neuronales, a la procura de que exista un pensamiento colectivo previsible.
Llamar a lo acontecido ese viernes “currículo oval” implica apreciaciones previas. El adjetivo, además de calificativo admite connotaciones alusivas a la topografía espacial del acontecimiento, a cuestiones hormonales de los participantes -especialmente visibles en los gestos nada protocolarios de quienes acompañaban al supuesto mandamás de aquella casa- y a tradiciones más lejanas, en que culturas antiguas situaban el origen del mundo. “Currículo”, el núcleo significante, alude directamente al “programa” educativo, término que la jerga pedagógica sustituyó hace más de medio siglo para precisar que el proceso de enseñanza-aprendizaje no sólo abarcaba el qué, sino también el cómo enseñar algo. En este caso, el “currículo oval” no oculta que se deba entender quién manda en este presente o, al menos, quién quiere mandar sin que se le estorbe en sus designios neocolonizadores.
La prueba de que el “currículo oval” es significativo y de que sus promotores quieren que lo sea, es que, de inmediato, ha producido una reacción en cadena. Los supuestos amigos y próximos desde que se iniciara la IIª GM –y más desde la “Guerra fría”, con un “telón de acero” por medio-, han empezado a reunirse nerviosamente en distintos foros y conversaciones, de cuya preocupante intensidad tendremos constancia en bastantes telediarios futuros. En ellos, nos dejarán entrever qué pasa con asuntos que repercutirán en cuanto tiene que ver a diario con el comer, vivir y sobrevivir. Las tierras raras, la energía, los productos industriales, los intercambios comerciales y turísticos, no son ajenos a si hay que incrementar el % del PIB para cuestiones de “defensa”, “fronteras”, “aranceles” y, de paso, amueblar el pensamiento y el afecto de lo que conviene o no conviene, quiénes son los amigos y los enemigos, la “unidad”, la “patria”, la “seguridad” y otros asuntos todavía más abstractos del bien y del mal omnipresentes en cuanto se haga o se deje de hacer.
El Oxímoron vital
Cuenta Borges en “El Zahir”, uno de sus cuentos en El Aleph (edición de 1952), que “la guerra le había dado mucho que pensar” a uno de sus personajes; “ocupado París por los alemanes, ¿cómo iba a seguir la moda?”. Detrás aparecía el afán de tener ante los demás la autoridad que da la combinación de soberbia, dinero, juventud y jerarquía social en medio de grandes limitaciones existenciales, y que la existencia no sea un oxímoron, es decir, una contradicción. Independientemente de lo que cada cual empiece a entender que le corresponde hacer en la presente coyuntura –y al margen de de lo que haga Europa, España, Francia, Inglaterra y la propia Ucrania-, si no se quiere caer en el esnobismo ni en la cursilería en cuantos hechos o dichos personales tengan relación con cuanto está en proceso de cambio –aunque tan sólo sea para cuatro años- , puede ser útil repensar qué nos han enseñado a pensar hasta ahora.
Muchos de los códigos que nos introdujeron en la actividad neuronal de la infancia y adolescencia -esos dos momentos críticos en que se conforma en toda persona el modo de estar y actuar en el mundo que le toque vivir- nos los hicieron aprender en los currículos oficiales de Historia, y no han variado mucho en todas partes desde que existen. En España, todavía en los años cincuenta y sesenta mandaba la “Historia Sagrada”. Lo que de “Historia de España” e “Historia Universal” se estudiaba en Primaria y Enseñanza Media trataba de ajustarse a un diseño unitario, homologado en 1939 en un texto oficial del Instituto de España. Su autoridad venía de una forma de pensar la unidad del mundo intensamente cultivada en el siglo XIX, en que los ortodoxos y los heterodoxos –blancos, cristianos y occidentales casi todos- se distribuían los papeles de buenos y malos. Para evitar incoherencias entre las tres asignaturas y que la primera de ellas no disminuyera su relevancia, la Cruzada -es decir una Guerra a la que se daban atribuciones providenciales en los libros de texto- anduvo siempre por medio. Los currículos posteriores a la CE78 -incluidos los actualmente vigentes-, lejos de estar descolonizados guardan todavía grandes tramos de desmemoria sobre lo acontecido en el pasado. Cuantos tratan de descolonizar las miradas con que vamos a los museos tal vez sepan mejor del enorme peso que todavía tienen en este proceso instancias que condicionaron a muchas generaciones. Ahí siguen condicionando una perspectiva menos “oval” sobre el pasado y el presente; sobre la imagen que hemos construida del mundo y su evolución.
Descolonizarse no es ninguna moda, ni aparentar nada, sino tratar de ver mejor; como operarse de cataratas, es para vivir y convivir en un presente que, a lo que se ve, tiene nuevos inconvenientes para una mirada limpia, indispensable para la racionalidad democrática. La perplejidad ante lo visto y oído el pasado 28 de febrero pone en cuestión que, entre el mero existir y el poder ser, la educación sea un derecho relevante. Lo que Séneca decía de la vida en sus Epístolas morales a Lucilio que “es larga si es plena”, y que sólo lo es si se tiene su “dominio”, cobra sentido en lo que seguía: poco vale vivir mucho si “se ha vivido como viven los árboles” Aspirar a que todos los ciudadanos se desarrollen como personas, implica que puedan tener una escolarización educadora; si va a seguir siendo corta y colonizada, no extrañe el recelo creciente de que hablaba Kavafis en los años treinta: “la ciudad siempre es la misma. Otra no busques, /-no la hay-, /ni caminos ni barco para ti”. @mundiario


