La dignidad humana: punto de partida y punto final
La dignidad humana es el principal fundamento del orden jurídico, político, económico, social y cultural. Igualmente, la dignidad es el punto de partida y final del Derecho, del Estado y, también, de las políticas públicas propias de un Estado que se denomina social y democrático de Derecho.
El libre y solidario desarrollo de la personalidad es clave para el crecimiento en dignidad de cada persona. En este sentido, la reflexión sobre esta cuestión debe conducirnos inexorablemente a las condiciones y actuaciones, desde los espacios públicos, sociales y privados, necesarios para que cada persona se realice libre y solidariamente.
En esta tarea, la sociedad y el Estado tienen un papel importante que jugar, especialmente con aquellas personas que no son capaces por sí mismas de ese libre y solidario desarrollo en condiciones de dignidad. En efecto, las instancias públicas y sociales tienen un papel importante que cumplir a través de la correcta ordenación de la sociedad, de la función promocional del Derecho, de la eliminación de barreras y del cumplimiento de prestaciones positivas y negativas.
La persona, el ser humano, tiene, en todo caso, y podrá hacerlo en términos generales, la responsabilidad de realizar su libre y solidario proyecto que le permita un crecimiento sostenido y razonable en su dignidad. Como la libertad se conquista cada día, así también la dignidad debe ser conquistada, ganada día a día por cada persona en un empeño, persona en el que nadie, salvo que no alcance el mínimo vital digno, puede sustituirla.
En esta tarea, propia de cada ser humano, la dignidad se presenta como un punto de partida, pero también como un punto de llegada. De partida, porque de la misma dignidad se pueden derivar racionalmente las prescripciones que han de cumplir personas, sociedad y Estado para diseñar una sociedad justa orientada al pleno desarrollo de las personas. Y de llegada, porque la dignidad no es solo una cualidad humana que genera preceptos y normas, sino un proyecto que debe realizarse y conquistarse: un deber ser que se realiza dinámicamente.
Por eso, la dignidad es, sobre todo, una meta que podrá alcanzarse en la medida e intensidad del empeño de cada ser humano por alcanzarla. Un proyecto difícil, pero posible, al que debemos comprometernos todos: la persona, la sociedad, el Estado, pues su consecución no puede alcanzarse en solitario, requiere de esfuerzos solidarios, firmes, recíprocos y apoyos constantes. @mundiario

