El inquietante paisaje invadido por la presunción de inocencia
Dejando aparte la federación española de sistemas de salud, con sus 17 fórmulas de atender a sus pacientes; los 17 reinos taifas con sus partes alícuotas de responsabilidad en la galopante anemia de vivienda; el desmadre de los diferentes sistemas educativos que, en los Informes PISA, consagran la desigualdad entre españolas y españoles en función del lugar donde han nacido, y todo eso que no depende de las ideologías que van accediendo a los mini-olimpos autonómicos, ni siquiera de los sucesivos Zeus de turno que van tomando posesión de La Moncloa, la democracia española, el Estado de derechos y libertades que creíamos haber dejado atado y bien atado, se nos deshiela al ritmo de los Polos.
Estamos tan pendientes, y con razón, de los cambios climáticos, de las danas, de los incendios, del crecimiento de los ríos, del cáncer metastásico de la madre naturaleza, que ya no nos inquietan las víctimas de la pobreza, los ¡vuelva usted mañana! de las administraciones, los atracos a mano armada de una Hacienda que, ¡éramos todos!, ¿recuerdas?, y, sin prisa pero sin pausa, se nos fueron instalando de okupas los Boyer, los Solchaga, los Solbes, los Rato, los Montoro, hasta llegar a dejar las aportaciones de todas y de todos en manos de Chus Montero, médica de profesión y ejerciendo la especialidad de aplicar indiscriminadamente el bisturí a la inmensidad de nuestras menguadas y menguantes cuentas corrientes.
Hubo un tiempo en el que la socialdemocracia aspiraba a la hermosa quimera de igualar a todas y todos por arriba, asunto que le costó la vida a aquel malogrado pionero al que llamábamos Olof Palme (que no se hizo precisamente el sueco, oye), pero incluso la socialdemocracia no ha podido resistirse al cambio climático ideológico de igualar a todas y todos por abajo. Un rico, ahora, para Pedro Sánchez, para la Montero y el coro aritmético de voces que aúllan a la luna, puede ser, por ejemplo, un ciudadano que comparte propiedad de una casa a medias entre el sudor de su frente y una hipoteca bancaria; un apestoso privilegiado es una señora o un señor, trabajador por cuenta propia (ahora se les llama autónomos) que, una noche sí y otra también, no sabe si por la mañana tendrá que bajar definitivamente la persiana; la nueva escopeta nacional la esta protagonizando un progresismo de salón, una burguesía disfrazada de Robin Hood, agazapada en ese Bosque de Sherwood al que llamamos la izquierda a la izquierda de no se sabe qué, que comparten como arma letal electoral la envidia, la deshumanizada y deshumanizante envidia cochina que lleva siglos ensuciando la historia de la humanidad.
La derecha a la derecha, por su parte, qué quieren ustedes que les diga, da la sensación permanente de que se han escapado talmente de uno de aquellos NO-DOS en blanco y negro de infausto recuerdo y, convocatoria electoral a convocatoria electoral, van encerrando a la derecha constitucional en campos de concentración. Y todo eso, en medio de un paisaje plagado de presunta malas hierbas, de plagas de presunciones de inocencia, ¡luz, más luz!, de interminables listas de espera en el sistema de salud sociológica de Justicia que, en mi humilde opinión, auguran malos tiempos para la lírica socialdemócrata, demócrata cristiana o liberal, cuyas respectivas músicas ya no amansan a las fieras.
Esto, curiosamente en pleno 23 de febrero, ya no es un tejerazo, sino el cáncer de Decadencia de Occidente que pronosticó Oswald Spengler para l siglo XXI. @mundiario


