España y la obsesión de olvidar su pasado

Vamos con esa percepción, esa tendencia que parece estar en auge: borrar la historia. ¡Y qué mejor excusa que la sensibilidad, que la dignidad de los muertos!
Una bandera de España ondeando. / Pexels.
Una bandera de España ondeando. / Pexels.

¡La historia de España! Esa enorme, vibrante y, a veces, bastante confusa tela de araña de hechos, leyendas, batallas, reyes, insurgentes y dictadores que han marcado el rumbo de repúblicas de peninsulares y peninsulares en sus propias ocasiones. Pero, claro, ¿para qué querríamos recordar todo eso, verdad? Mejor borramos, eliminamos y arrinconamos todo lo que pueda parecer incómodo o que simplemente no encaje con la idea de un relato que haga a todos felices. La mitad de los españoles, al parecer, sueña con una especie de máquina del tiempo que borre la historia, especialmente esa parte que no les gusta demasiado, como la dictadura franquista, los asesinatos de la guerra civil, o las ideas de un pasado que no siempre fue «progresista» ni «dorado».

Vamos con esa percepción, esa tendencia que parece estar en auge: borrar la historia. ¡Y qué mejor excusa que la sensibilidad, que la dignidad de los muertos! La historia, señores, a veces puede ser incómoda, y ahí está la chispa, ¿no?

La historia no siempre es un cuento de hadas. Tiene sus sombras, sus errores, sus capítulos oscuros. Pero, ay, qué difícil es aceptar que una nación, en realidad, se forja en contradicciones, en victorias y derrotas, en momentos gloriosos y en otros menos inspiradores. Y aquí estamos en España, esa tierra que a veces parece una tarta de cumpleaños con un montón de velas encendidas, algunas representando glorias, otras, quemadas y llenas de humo.

Pero, ¿qué pasa si, en lugar de borrar, simplemente miramos y aprendemos un poco? La idea de recuperar los cuerpos de víctimas en la Guerra Civil, por ejemplo, se ha convertido en una especie de cruzada nacional. Como si devolverles sus restos fuera un acto de justicia, de reconocimiento, de sanación. Y sinceramente, todos – o casi – aplaudimos esa iniciativa. Pero, ¿por qué solo con las víctimas de ese conflicto? ¿Qué hay de los cadáveres de Navas de Tolosa, esos héroes medievales, o de las tropas del Cid, que lucharon en tierras de Valencia? ¿O de los judíos expulsados por los reyes católicos? Esos capítulos forman parte de un relato que, de vez en cuando, parece demasiado molesto para el gusto actual.

Ahora, no voy a decir que no haya un poco de lógica en querer limpiar la historia de los que nos duelen. La historia puede doler, y un país que se asusta por las sombras del pasado puede preferir simplemente esconder esos fantasmas debajo de la alfombra. Pero, en realidad, ¿es esa la solución? ¿Borrar los capítulos que no nos gustan? Vayamos con franqueza, por favor: esa tendencia a eliminar lo incómodo puede ser más un signo de miedo que de sensatez.

Hablemos claro: hay cosas más importantes. En lugar de gastar todos esos millones en exhumaciones, en remodelaciones o en discursos políticos sobre cómo «hay que mirar hacia el futuro y no hacia atrás», quizás sería más sensato dedicar esos recursos a la educación, a la sanidad, a la justicia social.

Pero no, señores, mejor gastar en lo que da votos, en lo que hace que la gente se sienta bien porque «hemos borrado la historia». Y así, cómodamente, podemos seguir viviendo en una especie de realidad alterna en la que, si no recordamos, no existió.

Pero, ¡ay, la historia! Esa vieja y resbaladiza amiga que siempre vuelve a sorprendernos. Si hay una cosa que la historia nos muestra, es que los países que pretenden borrar su pasado terminan condenados a repetirlo, para bien o para mal. Como ese niño que insiste en no limpiar su habitación y termina abrumado por el desorden.

La historia de España está llena de capítulos que algunos preferirían olvidar, sí. Pero esos capítulos son los que nos definen. Son los que nos explican cómo hemos llegado hasta aquí, con nuestras luces y nuestras sombras.

Pongamos en una balanza, sensatez versus incultura. La sensatez cuesta, claro, requiere un esfuerzo, un reconocimiento de que nadie es perfecto, ni siquiera los países. Pero esa actitud de «borrón y cuenta nueva» solo nos lleva a la amnesia nacional. Y, en el fondo, todos sabemos que la historia no solo sirve para recordar. También sirve para aprender, para entender por qué nos comportamos como lo hacemos, para no repetir los errores de nuestros antepasados. O, al menos, esa sería la idea.

Así que, para no hacer un monólogo eterno, concluyamos diciendo que la verdadera sensatez radica en aceptar que España, como todo país, es una mezcla de luces y sombras. Y, en lugar de gastar todos los recursos en borrar o esconder.

Pero, claro, no podemos negar que en el ADN de cualquier nación siempre hay esa chispa del escapismo, esa tendencia a tapar el sol con un dedo para no tener que confrontar lo que nos incomoda. La historia, en su esencia, es como ese tío-abuelo que todos queremos en las reuniones familiares: a veces divertido, a veces molesto, pero siempre imprescindible para entender quiénes somos y de dónde venimos. Y eso, más allá de los símbolos, más allá de las ignoradas batallas medievales o de los capítulos oscuros de una dictadura que, por mucho que algunos quieran olvidar, sigue siendo un capítulo doloroso y presente en el espíritu colectivo y es historia de España, guste o no.

En realidad, es curioso cómo muchas veces los mismos que claman por borrar la historia también son los que, en secreto, sienten una especie de orgullo oscuro por esas raíces sangrientas, por esos momentos de gloria o de deshonra.

Una especie de masoquismo nacional en el que, sin quererlo, mantenemos vivo cierto deseo de autodestrucción o de autosuperación a través del olvido. Pero la verdadera madurez como pueblo sería aceptar que, en esa maraña de hechos y hechos no tan hechos, reside nuestra complejidad, nuestra esencia: un país con luces y sombras, con aciertos y errores, con héroes y villanos, y todos ellos forman parte de nuestro relato. Como en cualquier otro país, don dos dedos de frente.

Permitámonos una reflexión final: ¿de qué sirve gastar millones en hacer desaparecer los testimonios de las víctimas, en exhumar a los que nadie quiere recordar, si al mismo tiempo seguimos sin aprender las lecciones? La historia, en realidad, no es solo un archivo de páginas pasadas. Es la raíz que alimenta nuestro presente, la base para nuestros futuros. Y si la arrancamos de raíz, si pretendemos hacer como que nunca existió, lo que en realidad estamos haciendo es plantar un escenario donde volveremos a tropezar con los mismos errores, las mismas heridas y las mismas sombras.

Y, en ese sentido, la sensatez no sería otra cosa que abrazar con valentía esa mezcla de luces y sombras. Cabe reconocer que la historia nos duele, sí. Pero también nos enseña que no hay mejor bocado de sabiduría que admitir que todos, en alguna fase de nuestra existencia, hemos cometido errores, injusticias o atrocidades. La verdadera madurez, ya lo hemos mencionado, está en aceptar la complejidad, en no tener miedo a los fantasmas del pasado, sino en aprender a convivir con ellos.

Así que, ante la tentación de borrar, frente a la tendencia de esconder lo que nos incomoda, la respuesta más sensata y valiente es: recordar, aceptar y aprender. Solo así, con honestidad histórica, podremos construir un futuro donde la justicia, la memoria y la dignidad sean los pilares de una España que, en su diversidad y contradicciones, pueda mirarse sin vergüenza en el espejo de su pasado. Y, quizás, alguna vez, dejar atrás las sombras de la amnesia para caminar hacia una verdadera comprensión de sí misma.

Porque, al final, la historia no es un peso para cargar, sino una linterna que ilumina el camino, incluso en los momentos más oscuros.

¿O acaso no merece tanta dignidad como los asesinados en las cunetas, el último soldado muerto en las Filipinas o Cuba? ¿O en las Navas de Tolosa, sin ir más lejos?

Hay otras obras más esenciales donde gastar nuestros dineros. @mundiario

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