Acosado por Wanda. Una fama ajena que me persigue

Cada vez que mi bandeja de sugerencias decide emparejarme con su biografía, siento que el algoritmo de turno me está invitando a una fiesta en la que no fui convocado y donde, encima, me dicen que soy una Very Important Person (VIP). Gracias, pero no.
Wanda Nara. /   Instagram: wandanara
Wanda Nara. / Instagram: wandanara

¿Quién es esa tal Wanda Nara y por qué mi nombre aparece en el ranking de quienes “la siguen” sin haberla conocido ni en pintura? Todavía no sé quién narices es. Entre ella y el Icardi ese… la llevo clara.

Antes de que alguien piense que esto es una confesión íntima digna de reality show barato, aclaremos el punto desde el inicio: no conozco a Wanda Nara. Tampoco a sus novios, ni a las novias de sus novios, ni a sus primos, ni a sus sobrinos, ni a ese pariente lejano que aparece en la foto de la boda con cara de haber descubierto la pólvora. No la sigo, no le envío corazones virtuales y, mucho menos, la invito a cenar los domingos. Si mi vida sentimental fuera una serie, sería más bien un documental de fauna silenciosa: contemplativo, sin cameos de famosillos. Y, sin embargo, por alguna razón que los algoritmos consideran divertida, mi nombre —mi inocente perfil— aparece entre los “más leídos” o “seguidores” cuando el mundo digital decide que hoy toca hablar de Wanda. Otra enésima vez.

Podemos reírnos, podemos indignarnos o podemos aplaudir, pero permítanme, por favor, indignarme con estilo. Porque aquello tiene miga: ¿qué aura mágica posee esta muchacha para convertir en seguidores involuntarios a completos desconocidos? ¿Ha descubierto una vacuna universal? ¿Ha descifrado los secretos del clima? ¿Ha inventado la penicilina versión 2.0? O, al menos, no que yo sepa. Y mira que miro cosas: el calendario, las ofertas del súper y la nevera, por si acaso se ha vuelto artesana de milagros.

Me permito el lujo —y la ironía— de pensar que Wanda no necesita de mis elogios. Tiene todo lo necesario: una mezcla perfecta de misterio, titulares y fotos cuidadosamente seleccionadas que parecen decir “soy una persona con vida y, por alguna razón, eso te interesa y no solo porque esté buenísima de la muerte”. Por ello, cada vez que mi bandeja de sugerencias decide emparejarme con su biografía, siento que el algoritmo de turno me está invitando a una fiesta en la que no fui convocado y donde, encima, me dicen que soy una Very Important Person (VIP). Gracias, pero no.

Vayamos a lo importante: ¿por qué la prensa, los portales de chismes y las redes sociales no pueden resistirse a Wanda? Es como si hubiera firmado con cláusula de exclusividad con la gramática del escándalo. Las noticias sobre ella aparecen con la regularidad de un despertador: cuando uno piensa que la calma ha vuelto, ¡zas!, aparece un titular con su nombre, un subtítulo que dice “¿otra vez?”, y una fotografía que exige lentes de sol por considerarse exceso de brillo. Y, por supuesto, los redactores se las ingenian para dar la vuelta a la tortilla y convertir el hecho más nimio en una epopeya. “Wanda almuerza”, “Wanda respira”, “Wanda coloca un mantel y cambia de novio”, y cientos de columnas de opinión que navegan en torno a la misma pregunta existencial: ¿cómo lo hace?

A veces pienso que el periodismo contemporáneo ha adoptado un método científico propio: observación de estrellas de la farándula, recolección de datos (selfis, looks, fotos en yates) y, finalmente, publicación. El resultado no es una tesis doctoral; es un panfleto elaborado con la máxima dedicación posible por convertir lo irrelevante en tema del momento. Es eficaz. Revolucionario, incluso, si tenemos en cuenta que la palabra “importante” ha cambiado su diccionario: ahora significativo significa “aparece en la columna de algún chirimbolo chismoso”.

No niego que el fenómeno tenga su atractivo sociológico. Es interesante ver cómo la humanidad colectiva se une para comentar lo que alguien con más estilismo que patente de invención decide hacer. Pero entre la curiosidad y la devoción hay una línea delgada que, defiendo con uñas y dientes, no he cruzado. Ese “seguir sin seguir” se siente a veces como estar en una fila para entrar a un evento que no sabía que existía y donde, además, te colocan de pie al lado de la barra tomando un refresco invisible.

Vamos a jugar a imaginar escenarios: si Wanda hubiera inventado la penicilina, yo abriría esta columna con una reverencia. Si hubiera resuelto la ecuación de la unificación, tendría mi nombre en la lista de gente fascinada con pleno derecho. Pero no. Lo que hizo fue meterse en noticias, posar, bailar y —oh sí— casarse o divorciarse con la gracia de alguien que sabe que la cámara está obligada a mirarla. Y ahí es donde reside la magia moderna: los noticieros de sociedad no necesitan inventos; necesitan drama, pares de zapatos y el tipo de sonrisa que se exporta en stories.

No se me malinterprete: no critico a Wanda como persona. Crítico a la maquinaria que transforma cualquier gesto en clima mediático. Si la fama fuese un deporte olímpico, Wanda estaría en el podio; yo, en cambio, estaría en el público preguntándome a qué hora entregaron los boletos gratuitos. Y si alguien dice que es envidia, les aseguro que no: yo no vivo pendiente del reflejo del peinado de nadie. Vivo pendiente del reflejo del microondas y de sí la tostada se ha quemado. Eso sí, es drama digno de portada doméstica.

Entiendo que hay un grupo de la población que ve en estas figuras un espejo o una aspiración. No me preocupa: cada quien con su espejo y su inspiración. Lo que me importa —irónicamente, claro está— es que tras las fotos perfectas y las historias de amor y desamor siempre hay humanos ocupando roles en un teatro global donde cualquier gesto se instrumentaliza para generar clics. Los periodistas lo saben. Los community managers lo saben. Y nosotros, los espectadores, nos dejamos llevar por la suave corriente de la novedad. Es divertido, pero también terriblemente eficiente: ¿quién necesita contenidos profundos cuando hay encuestas sobre el color del esmalte?

Otro punto curioso: a pesar de mi total desconocimiento —y presunta inmunidad—mi—, mi perfil sale en las listas de “los más leídos”. Es como si el algoritmo fuera un cupido cibernético decididamente mal informado: en lugar de emparejar intereses reales, simplemente tira el dardo a la multitud y mira cómo sangran las estadísticas. Yo, por supuesto, aparezco en ese mapa de consumo como si tuviera un sexto sentido por los escándalos. La verdad es que mi sexto sentido no existe; tengo un séptimo sentido para la siesta. Pero eso no vende titulares.

Y, sin embargo, admito que hay algo deliciosamente entretenido en todo esto: la idea de que pueda estar incluido en el gran teatro de la farándula sin pestañear. Piénsenlo: tal vez, en algún universo paralelo, yo sí la conozco. Tal vez en ese universo asistimos juntos a una conferencia para inventores, donde ella habla de su pasión por los antibióticos mientras yo muestro mis habilidades para tostar pan. En el universo real, la vida es más modesta, pero el algoritmo se encarga de soñar por todos.

Para cerrar con un gesto de generosidad intelectual: si Wanda ha hecho algo extraordinario, que me lo digan; estaré encantado de rectificar mis desdenes y aplaudir en público. Sí, por el contrario, resulta que lo único que ha inventado es la habilidad de mantener a las audiencias pegadas a pantallas, entonces mis respetos por su eficiencia mediática. Porque reconocer el talento en la gestión de la atención es tan válido como descubrir una cura. Y, si me permiten el remate final —más mordaz que filosófico—: que aparezca mi perfil entre los “más leídos” por su cuenta, no me convierte en su fan; me convierte en una estadística con suerte. Y, amigos, la estadística no devuelve las tostadas quemadas.

Así que no me llamen ignorante por ignorarla: llámenme selectivo, llámenme práctico, o, en el peor de los casos, llámenme un tipo que prefiere titulares sobre economía antes que sobre el color de una laca de uñas. Pero si las noticias insisten en asociarme con Wanda, ¿qué le vamos a hacer? Esperaré pacientemente a que el algoritmo se canse de mi presencia y me deje en paz.

P.S.— Igual es que algún periodista de medio pelo quiere subirla a los altares de audiencia. Para mí, ¿qué es lo más probable? @mundiario

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