La gran farsa parlamentaria. Clowns con escaño y el teatro del esperpento
Hubo un tiempo en que creer en la política era —si no noble— al menos tolerable: la promesa de cambios, la retórica de la regeneración, la convicción de que quienes se sentaban en los escaños de Congreso y Senado podían, con esfuerzo y cordura, mejorar la vida de la gente. Hoy esa idea suena a broma antigua, a anécdota que se cuenta en bares con una sonrisa amarga. Porque la política española se ha convertido en un vodevil de máscaras, en una comedia grotesca en la que los protagonistas repiten los mismos sketches hasta la náusea y, de paso, nos piden aplausos y confianza.
Empecemos por el guion: una trama reciclada donde los actos de fe y las promesas grandilocuentes conviven con la habilidad increíble de transformarlas en nada. Cada legislatura estrena una temporada nueva del mismo espectáculo: titulares ruidosos, postureo moral, decretos-panfleto y, al final, resultados que encogen los hombros de muchos ciudadanos.
Lo sorprendente no es solo la falta de resultados: es la imaginación con que se vende la inanidad. Si algo domina en los plenos, además del ruido, es la capacidad de maquillar el fracaso como víctima de “circunstancias” y de convertir la incompetencia en épica retórica.
Yolanda Díaz, que un día despertó admiración en quienes buscaban una alternativa con discurso progresista y verosimilitud sindical, es hoy una de las mejores actrices de ese teatro de sombras. No hablo de su pasado ni de sus logros puntuales: hablo de la metamorfosis pública, de esa habilidad de posar con gesto compungido mientras sus discursos se deshacen en generalidades. Admirar a alguien y terminar sintiendo repulsión no es un caso aislado: es la metáfora perfecta de la decepción política. La figura que supo encender esperanzas ahora parece acomodada en la lógica del marketing político: titulares que suenan a algo y vacíos que lo confirman. Lo mismo puede decirse de la ministra de Sanidad, Mónica García: la que gritaba reivindicaciones médicas con ardor en la Asamblea de Madrid hoy parece haber cambiado el estruendo por la inacción, y provoca un desprecio absoluto en quienes esperaban que esa pasión se tradujera en medidas reales.
Pero el fenómeno trasciende individuos. El Congreso y el Senado han dejado de ser foros de deliberación seria y se han convertido en platós de televisión. La teatralidad prima sobre la argumentación, el espectáculo venció a la razón. Los debates se dirimen en eslóganes y en la guerra de gestos, como si la política fuera un concurso de looks e hilaridad más que un ejercicio de responsabilidad pública. Los ciudadanos, mientras tanto, no somos espectadores neutros: somos el público que paga por un abono que jamás pidió y cuya butaca se va llenando de escombros.
La comedia tiene reglas, y aquí se cumplen todas: personajes estereotipados (el populista airado, la tecnócrata indiferente, el purista moral, el oportunista camaleónico), tramas previsibles (escándalo — promesa — olvido… y vuelta a empezar), y giros forzados que buscan la sorpresa, pero que solo provocan cansancio. Los escándalos son la sal del menú: cada semana un escándalo nuevo para sustituir al anterior, hasta que la indignación se amortigua y la alarma social se convierte en zapeo. Así, la memoria colectiva se convierte en un álbum de prensa con fotos vistosas y sin consecuencias duraderas.
Para colmo, la conversación política se ha externalizado al universo mediático. Las redes sociales y los platós dictan las prioridades, y los representantes electos se comportan como influencers con acta. Importa más el mensaje viral que la medida eficaz, la anécdota que arrase en Twitter que la ley que mejore sanidad, educación, transportes o empleo.
La política se ha profesionalizado en la apariencia: formación de imagen, asesorías de comunicación, atuendos pensados para el “impacto”. El resultado es una élite que habla de la clase trabajadora con tablas de PowerPoint, pero que rara vez se ensucia las manos en la realidad. Mónica García —médico especialista en anestesia, creo—, que tantas veces dio lecciones de lucha por la sanidad pública desde la oposición, hoy forma parte de esa élite que prefiere la foto cómoda a la confrontación útil, y por eso su falta de acción resulta doblemente insultante para el personal sanitario que la aplaudió. Casi que la detesto. O mejor, sin casi.
No faltan ejemplos: promesas de reformas que quedan en borradores eternos, medidas de impacto simbólico que no cambian la vida de nadie, y una incapacidad sistemática para afrontar problemas estructurales. Vivienda, empleo precario, dependencia, desindustrialización, infraestructuras olvidadas: la lista es larga y se enfrenta a una gestión corta. Pero creen salir airosos y ufanos al comparar cifras con otros países europeos. Y los otros a describir y afirmar taxativamente que el síndrome postaborto es totalmente cierto, puesto que el señor Tellado dice que en los últimos tres piojos hembras embarazadas que pudo aislar de una congresista que le picaba la cabeza, pudo demostrar que, al hacerlas abortar, la tristeza se imbuía en todo su comportamiento. O algo parecido que me acabo de inventar, pero con un rigor científico que envidiaría el propio Einstein y Oppenheimer juntos.
Y cuando se intenta explicarlo, la respuesta institucional es la clásica: falta de recursos, herencias del pasado, oposición obstruccionista. Todo válido en la jerga política, pero insuficiente cuando la gente llega a fin de mes y descubre que las palabras no pagan facturas.
La autocomplacencia añade otra capa de absurdo. Muchos políticos trabajan como si su función principal fuera permanecer en un flujo continuo de autopromoción. Congresos, fotos, actos, discursos que se retroalimentan y crean una burbuja de espejos: se aplauden entre ellos, se reconocen como protagonistas del show y confunden la presencia mediática con la eficacia legislativa. El resultado es un cuerpo político que vive de las apariencias y no del rendimiento. Y esa dinámica resulta aún más nauseabunda cuando quienes enarbolaban la bandera del cambio, como Yolanda Díaz, y quienes defendían a gritos la sanidad pública, como Mónica García, se suman al mismo carrusel de gestos vacíos.
Y la oposición no es más que una variación de la comedia: si un partido está en el gobierno, la oposición se dedica a caricaturizarlo; si la oposición toma el poder, el guion se invierte y la nueva mayoría repite las mismas maniobras que criticaba. Es un vaivén de posiciones que demuestra que el poder no transforma a los actores, solo les cambia la utilería. La culpa, en parte, es de un sistema que premia el conflicto y la polarización: cuanto más ruido, más presencia pública; cuanto más conflicto, más atención. Resultado: la política como negocio del conflicto.
La sensación de traición es comprensible. Muchos votantes entregaron su confianza buscando cambios concretos y se encontraron con la armadura del circo. La política dejó de ser un contrato entre representados y representantes para convertirse en una relación mercantil donde la mercancía es la atención prioritaria. Y cuando la atención falla, se pasan a los gestos más patéticos: promesas grandiosas sin financiación, pactos platónicos, leyes con letra pequeña que anulan lo prometido.
Queda, claro, la responsabilidad ciudadana. No es solo culpa de los políticos: el público también coproduce el espectáculo al consumirlo y celebrarlo. La indignación viral dura un día y luego volvemos a la programación habitual. Votar es la salida más obvia, pero también lo es exigir transparencia real, fiscalización efectiva y demandas concretas: no slogans, no liturgias, políticas con indicadores, plazos y sanciones. Si queremos que el congreso deje de ser teatro tragicómico, es necesario reclamar instrumentos que midan resultados y castiguen – fuertemente, por favor de los favores —la ineficacia y el hurto sistemático.
También cabe la crítica desde la propia izquierda y la propia derecha. La izquierda que se contenta con la gesticulación y la derecha que confunde gobierno con marketing comparten la culpa de esta comedia. Ambos bandos se muestran incapaces de articular respuestas largas y serias a problemas largos y serios. Se prefiere la inmediatez del titular a la paciencia de la política eficaz. Y en el medio hacemos fila los ciudadanos, esperando que alguien reescriba el guion, pero esta vez, mejor escrito.
Es imprescindible recuperar el sentido de la política como oficio de servicio público. Eso implica elegir líderes – que yo no encuentro ni con microscopio a máxima potencia— -que prioricen resultados sobre protagonismo, fortalecer instituciones de control, profesionalizar la gestión pública y, muy especialmente, educar a la ciudadanía para que exija coherencia entre palabra y obra.
La política no es un show, aunque quienes la practican hoy parezcan empeñados en demostrar lo contrario.
Mientras tanto, el espectáculo continúa: cámaras, micrófonos, frases hechas y declaraciones que se agotan antes del siguiente telediario. Los políticos se reparten los papeles con una precisión casi artística: algunos interpretan al salvador, otros al mártir, otros al indignado eterno. Y el país sigue pagando la entrada, que es carísima por cierto. Tal vez el momento de la risita sarcástica ya pasó; tal vez llegue la hora de la exigencia real, de la desmitificación del artista político y de la sustitución de actores por gestores responsables.
Hasta entonces, nos queda el sarcasmo, la ironía y la bilis que producen ver las mismas escenas una y otra vez. Y si alguna vez admiraste a alguien en este elenco y hoy te provoca náuseas, tranquilo: no eres un caso aislado.
Eres parte de un público que ha visto demasiadas veces el mismo truco. Quizá lo que hace falta no es más ilusión teatral, sino menos teatro y más trabajo. @mundiario


