La ausencia republicana

El 14 de abril de 1931 se abrió un camino modernizador de la sociedad española, del que todavía quedan tramos por recorrer.

Acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede de 1979
Acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede de 1979. / RR SS

Los aprendizajes de los niños y niñas de la posguerra tuvieron ausencias a las que se añadirían otras después de 1978; las limitaciones educativas que vivió la mayoría eran contrarias a lo que el sistema democrático de la República había empezado. Comprometido a modificar desigualdades, había iniciado los primeros pasos para que la educación llegara a todos los ciudadanos. En 1977, los Pactos de la Moncloa mostraron que aquellas carencias habían proseguido durante treinta y ocho años, los mismos que rondaban muchos de aquellas generaciones cuando votaron el referéndum de la CE78, aquellas generaciones.

La Enseñanza en la República

En 1975, Mariano Pérez Galán había reconstruido aquella gran ausencia en La Enseñanza en la Segunda República (Madrid: Cuadernos para el Diálogo). En esta aportación, principal para el contraste de la educación escolar que tuvieron las generaciones de la posguerra, aludía a la Natacha de Casona, pieza teatral en que la protagonista,  liderando un grupo de docentes, simbolizaba buena parte de los ideales de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y de la burguesía democrática de la República. En las líneas pedagógicas de aquella maestra estaba el trabajo colaborativo, la afable sencillez, el excursionismo, el trabajo como reflexión, la coeducación, el teatro, la capacidad crítica, el cosmopolitismo, la tolerancia y el aprecio al patrimonio cultural.

Tras esta Natacha –símbolo de la avanzada modernidad cultural que se preconizaba- el dramaturgo asturiano simbolizaba la apertura de la Universidad a las mujeres, el papel de la Escuela Superior de Magisterio desde 1909, acompañada desde 1932 con la Sección de Pedagogía en Filosofía y Letras o el Decreto de septiembre de 1931, que urgía “dotar a la escuela de medios para que cumpliera su función social… de ser jardín y taller, convivencia de todas las clases y confesiones”, razón por la que apostaba por maestros con “una rica formación”. La personalidad de Manuel Bartolomé Cossío, catedrático del doctorado de Pedagogía desde 1904, está representada en esta pieza por el tío Santiago, siempre pendiente de la evolución del trabajo de Natacha. El contrapunto lo ponían en la obra la protectora del centro y otra profesora, estereotipos que hacían del memorismo, la disciplina, la obediencia y la jerarquización autoritaria del qué y cómo enseñar, una pedagogía antagónica.

La pieza teatral, estrenada en Barcelona en diciembre de 1935, se hacía eco de la tensión política existente; su autor, muy activo en las Misiones Pedagógicas, pronto habría de exiliarse. La oposición de los conservadores a las Misiones, y de paso a la ILE,  que mostró, entre otros, José Ibáñez Martín (futuro ministro de Educación Nacional), hizo que en 1935 se redujera el presupuesto; las veían como un instrumento “para que se diviertan unos cuantos señores privilegiados de la Junta de Ampliación de Estudios (JAE)”. Nuestra Natacha representa un espejo de la educación que pudieron haber tenido los nacidos en la posguerra, es un testigo mudo de lo que pudo ser y no fue.

Otro asturiano que le prestó atención a lo que su generación había perdido fue Paco Taibo I, en unos recuerdos entrecruzados con los de amigos como Ángel Álvarez, Carlos Bousoño o Manuel Lombardero. Igualmente exiliado, hizo una irónica semblanza de aquel tránsito de la libertad republicana a la represión franquista detallando cómo “las ausencias han dejado tan enorme hueco que los recuerdos levantan ecos aún”. De la supervivencia de aquellos vencidos destaca la curiosidad por nuevas lecturas en la librería Cervantes de Oviedo, convertida en epicentro vital; en Para parar las aguas del olvido (2017), libros y escritores son compañeros de aventuras y fatigas de los protagonistas, y los que piden o no piden unos u otros maestros señalan las imposiciones de los triunfadores en medio del pavor y la rutina; los tiempos no estaban “para tener ideas”, podían “llevar por mal camino al mejor educador”, incluso a la muerte, aunque fuera “buena persona”.

La ausencia de Natacha

Taibo no olvida cómo de orgullosos andaban quienes “repartían el cielo y el infierno de acuerdo con las ideas políticas”. La ausencia del mundo de Natacha se haría crecientemente presente para todos. Durante años, “la realidad” de lo sucedido la tapó el empeño de los vencedores en que la población viviera en una vigilada Cruzada permanente; tras palabras muy repetidas como “depuración”, “victoria” o “reforma”, se procuró la simbiosis de la obediencia con el orden establecido. Se retardó entretanto la conciencia de  haber sufrido una política educativa carencial, causada por lo que, según muchos, había sido una guerra entre curas y maestros; la voz narrativa de Ángel, protagonista de Luna de lobos, de Julio Llamazares en 1985, ya era la de un maestro evadido a la montaña después de la guerra con otros guerrilleros en que se advierte esta perspectiva. Luego, se repetiría mucho que la Guerra Civil la perdieron los maestros y la ganaron los curas, como ha interpretado Secundino Serrano  en: Maquis, historia de la guerrilla antifranquista (2001), y en: Las heridas de la memoria (2016); Nieves Concostrina lo repite en Cualquier tiempo pasado fue anterior (2021).

El articulado laico de la CE31 y las medidas que siguieron sobre culto y clero, cementerios y matrimonio civil habían expresado una ruptura con el Concordato de 1851, pero habían armado un componente relevante en la pelea cultural, ideológica y política, que, junto con la cuestión agraria, inclinó a los oligarcas tradicionales a ver en las reformas republicanas de la escuela un atentado contra su control de la población, sobre todo en las áreas rurales. Para dar un tinte de legitimidad al relato posterior a la Guerra y a las depuraciones de docentes que trajo consigo, la “nueva” educación silenció, entre otras muchas cosas, que, cuando solamente estaba escolarizado el 58,1% de los niños comprendidos entre los seis y los doce años, la República había adoptado entre sus primeras decisiones, desde 1931, un plan de construcciones escolares a razón de 5.000 anuales durante el quinquenio siguiente; y del mismo modo silenciaron otros logros en cuestión de derechos civiles y políticos. El sueño del artc. 3 de la CE31: “El Estado español no tiene religión oficial”, con la prohibición consiguiente de su presencia institucional en el sistema escolar (arts. 48, 49 y 50) y en otros aspectos de la vida civil, quedó arrumbado con la Guerra. Han pasado desde entonces 83 años y lo significativo, de todos modos, es que tras los Acuerdos de 1979, como acaba de escribir Paco Delgado, múltiples ejemplos cotidianos de ahora  mismo –incluida la LOMLOE, novena ley orgánica del sistema escolar después de la CE78-, muestran que todavía es imposible la laicidad del Estado. @mundiario

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