Europa desafía a Israel y abre un pulso diplomático en plena devastación de Gaza
La Asamblea General de la ONU arranca con un mensaje inequívoco: la paciencia internacional con Israel empieza a agotarse. El reconocimiento del Estado palestino por parte de Reino Unido, Portugal, Canadá y Australia —al que podrían sumarse en breve Francia, Bélgica, Malta, Andorra, Luxemburgo y San Marino— no es un gesto meramente simbólico. Es una advertencia clara a Tel Aviv de que el consenso que durante décadas protegió a su política de hechos consumados comienza a resquebrajarse.
Tanto la ministra británica de Exteriores, Yvette Cooper, como su homólogo francés, Jean-Noel Barrot, han levantado la voz para advertir al Gobierno de Netanyahu contra represalias como la anexión de más territorio en Cisjordania. Se trata de un lenguaje poco habitual en la diplomacia europea, históricamente cauta y complaciente con los intereses israelíes. Esta vez, el tono fue de advertencia, incluso de desafío, lo que refleja hasta qué punto el reconocimiento del Estado palestino se percibe como irreversible en un momento en que la guerra amenaza con dinamitar la credibilidad del orden internacional.
Pero mientras los ministros pronunciaban sus discursos en Nueva York, la realidad en Gaza escribía otra página de horror. En las últimas horas, más de veinte personas han perdido la vida en una nueva oleada de bombardeos israelíes sobre Ciudad de Gaza. Tres hospitales han quedado fuera de servicio: el pediátrico Al Rantisi, especializado en los pacientes más vulnerables; un hospital de oftalmología, único en su campo; y un centro médico de socorro destruido por completo. La ofensiva se dirige no solo contra infraestructuras militares de Hamás, sino contra los pilares de la vida civil. La acusación de que Israel “ataca sistemáticamente” el sistema de salud gazatí no es ya un lema propagandístico, sino una evidencia constatada sobre el terreno.
La paradoja es brutal. Mientras en Nueva York se habla de “dos Estados” y de la urgencia de retomar un horizonte político, en Gaza se borra la posibilidad de futuro a golpe de misil. El colapso de hospitales significa mucho más que la pérdida de edificios: implica la imposibilidad de atender a miles de heridos, de mantener vivos a neonatos en incubadoras, de ofrecer una mínima esperanza a una población exhausta.
Europa, en este contexto, parece haber comprendido que limitarse a gestos diplomáticos ya no basta. El reconocimiento de Palestina se lee como un intento de equilibrar la balanza, de lanzar un mensaje a Israel y, de paso, a Estados Unidos, cuyo apoyo incondicional al Gobierno de Netanyahu empieza a incomodar incluso a socios cercanos. La advertencia de Francia de responder con “extrema firmeza” a posibles represalias israelíes es un síntoma de esa incomodidad.
Ahora bien, cabe preguntarse hasta dónde llegará realmente esa firmeza. ¿Habrá sanciones económicas si Israel decide acelerar la colonización en Cisjordania? ¿Se suspenderán acuerdos de cooperación militar o tecnológica? ¿O todo quedará reducido a nuevas declaraciones solemnes que pronto se perderán en la rutina diplomática? La experiencia histórica invita al escepticismo, pero no puede ignorarse que el movimiento actual es inédito por su alcance y por la implicación de potencias con peso real en la escena global.
Lo cierto es que Israel ya ha convertido en rutina lo que debería ser excepcional: ataques sobre zonas densamente pobladas, destrucción de infraestructuras sanitarias, asedio prolongado y bloqueo total. Esa dinámica erosiona cualquier narrativa defensiva y deja al descubierto la fragilidad del argumento de la “seguridad nacional”. Si el precio de la seguridad es la destrucción sistemática de la vida palestina, la comunidad internacional se enfrenta a un dilema moral ineludible.
La Asamblea General de la ONU no resolverá el conflicto de Oriente Próximo, pero sí está fijando las coordenadas del debate futuro. El reconocimiento de Palestina abre un pulso diplomático que, de consolidarse, podría aislar a Israel como nunca antes. La tragedia es que, mientras tanto, Gaza sigue ardiendo y sus habitantes siguen muriendo, recordando que detrás de cada declaración solemne hay una brecha inmensa entre las palabras y la realidad. @mundiario


