La tragedia de Gaza reconfigura el discurso político en España

La matanza en Gaza no solo ha cambiado la agenda internacional: también ha alterado el tablero político en España.
Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel; y Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España. / RR SS
Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel; y Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España. / RR SS

La política, tantas veces encerrada en debates domésticos, ha encontrado en Gaza un catalizador inesperado. El horror retransmitido a diario —niños bajo los escombros, hospitales bombardeados, familias enteras aniquiladas— ha traspasado la frontera de lo “lejano” para instalarse en el imaginario colectivo europeo y español. Y, en ese escenario, Pedro Sánchez ha olfateado una oportunidad: colocarse en el lado “correcto de la historia”, con un discurso que mezcla diplomacia, humanitarismo y estrategia política.

El presidente del Gobierno no ha dudado en tensar la cuerda con Israel, aun a costa de generar roces diplomáticos. Su decisión de reconocer a Palestina antes que la mayoría de países europeos, y su empeño en arrastrar a Francia, Portugal, Reino Unido o Canadá hacia esa misma posición, le ha permitido presentarse como un referente de una Europa moralmente activa y no resignada al silencio cómplice. Para muchos, Sánchez ha encontrado en Gaza un terreno de juego donde exhibir aquello que siempre le ha dado ventaja: la política exterior y su capacidad para leer los vientos internacionales.

Frente a él, el Partido Popular aparece dividido y errático. Alberto Núñez Feijóo ha oscilado entre una tibieza calculada y un reconocimiento a medias de la masacre, evitando conscientemente el término “genocidio”. La ambigüedad le permite sostener una posición intermedia entre un Vox alineado con Netanyahu y un electorado moderado cada vez más indignado con las imágenes que llegan de la Franja. Sin embargo, esa indefinición también le convierte en presa fácil de un relato donde el Gobierno exhibe convicción y coherencia moral, mientras la oposición parece atrapada en el “no a Sánchez” como única brújula política.

El caso de Isabel Díaz Ayuso ilustra el callejón sin salida al que puede llevar la radicalización discursiva. Su alineamiento con Netanyahu y su retórica de acusar cualquier crítica de antisemitismo se están revelando como un error de cálculo: incluso dentro de su propio electorado, el rechazo a la matanza es evidente. La política del “nunca frenar en las curvas” puede haber encontrado aquí su límite.

Más allá de las tácticas partidistas, lo que está en juego es la capacidad de España para situarse en un lugar relevante dentro de la escena internacional. La ofensiva diplomática de Sánchez en la ONU y en foros académicos de prestigio como la Universidad de Columbia no solo busca consolidar el reconocimiento de Palestina, sino también proyectar la imagen de un liderazgo progresista que se opone a figuras como Netanyahu o Trump. Es, en esencia, un intento de elevar a España desde el seguidismo habitual a la categoría de actor con voz propia en cuestiones globales.

La pregunta clave es si este capital político internacional tendrá traducción interna. El Gobierno está convencido de que sí: que la ciudadanía premia la coherencia y la defensa de valores universales cuando la tragedia se hace insoportable. Que, igual que sucedió con la guerra de Irak, nadie puede permanecer indiferente ante el exterminio de civiles inocentes. En ese sentido, Gaza se ha convertido en un espejo incómodo: refleja la moral de los líderes, la fortaleza o fragilidad de sus convicciones y, en último término, la capacidad de la política para estar a la altura de la humanidad.

Porque más allá de partidos, urnas o cálculos electorales, la cuestión es sencilla: ¿qué posición ocupa España —y cada uno de sus líderes— cuando la historia juzgue la matanza de Gaza? Sánchez parece tener clara su respuesta. El PP, de momento, no tanto. @mundiario

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