Domingo de Andrade. Continuidad y transformación de un enclave compostelano
Pasé algo más de seis años gozando de la envidiable circunstancia que supuso tener despacho en la Casa de la Conga. Dos ventanas daban a Platerías, una a la Quintana, ambas me dieron la oportunidad de pasar muchas horas admirando este enclave arquitectónico y preguntándome cómo fue posible que sucesivas sociedades compostelanas acertaran a cristalizar en él sus aspiraciones, según dictaron las condiciones de cada tiempo.
Allí estaba la Torre del Reloj que fue la primera obra de Domingo de Andrade y también la Casa de la Conga, que fue la última, frente a frente y de concepción tan diferente. Habían pasado entre ellas cuarenta años y en ese tiempo ¿Qué había ocurrido aquí?
La respuesta ha dado como resultado este libro que, por tanto, no deriva de un conocimiento previo sino de aquel inicial asombro, al que siguió la paciente indagación sobre este lugar que surgió de siete intervenciones ligadas por el hilo conductor con el que, Andrade, tejió un granítico encaje de Camariñas. Un encaje en el que cada punto enlaza con el anterior y condiciona al siguiente, justo como trabajan aquellas pacientes palilleras.
¿Por qué he dicho esto? Recordemos y juzguen ustedes.
Las nuevas urgencias
En lo inmediato, todo había comenzado con la envoltura de la fachada románica de la catedral, según la inspiración barroca del canónigo José Vega y Verdugo y la construcción del Pórtico Real, obra de su arquitecto José Peña de Toro.
Continuó con la Torre del Reloj que Andrade construye sobre un viejo torreón que doscientos años antes, el arzobispo Lope de Mendoza había mandado edificar para servir de apoyo al transepto de la catedral que amenazaba caerse, imponiendo su contundente presencia sobre la catedral, en las Plazas de Platerías y la Quintana. No lo vemos y no todos los compostelanos lo saben, pero ahí está, debajo de la obra de nuestro protagonista, con sus aproximados diez metros de lado y algo más de cuarenta de altura.
La vida continuaba y surgieron nuevas urgencias, ahora derivadas de frecuentes robos en las dependencias del Tesoro que causaron la correspondiente alarma. Andrade debió pasar muchas noches sin dormir pues él era el encargado de resolver, arquitectónicamente, aquel problema y de ahí surgió el pequeño volumen que conocemos como Tránsito del Tesoro y que se incrusta decididamente, otra vez, sobre la fachada de la Catedral románica ¿Falta de respeto, preguntaríamos hoy?
Y para no perder el espacio para la tienda de platero, que el cabildo alquilaría con pingues beneficios, se las ingenia para formalizarlo como un pliegue de la Logia de Gil de Hontañón, sobre una trompa volada que desde entonces es asombro, como se suele decir, de propios y extraños. ¡Qué puntos de partida tan poco heroicos!
Pero el cabildo no paraba de pedir y para elevar el prestigio de la Catedral y emularse con las del resto de las Españas, los canónigos resuelven construir una nueva sacristía mayor, tema arquitectónico que a consecuencia de Trento estuvo de moda. El problema era dónde, pues la catedral románica hacia cuatrocientos años que estaba acabada. Se decide, Andrade de por medio, suprimir dos capillas románicas y desplazar el Pórtico Real que su maestro Peña había construido apenas veinticinco años antes, adentrándolo en la Plaza de la Quintana algo más de tres metros. ¿Audacia y confianza en sí mismo, hoy inimaginables? Así la ciudad consiguió el espacio necesario para construir la que conocemos como Capilla del Pilar. Además, como de paso, levantó un volumen de dos plantas para uso de la Guardia Catedralicia afirmando su rotunda presencia en la Quintana.
Monumentales escaleras en Platerías
Al tiempo, incorpora monumentales escaleras en Platerías y, finalmente, para dar singular cobijo a ilustres canónigos construye un elocuente palacio, la citada Casa de la Conga.
Con estos hechos aparentemente tan crudos, ¿por qué seguimos hablando de obra maestra?
El libro que ahora presentamos trata de explicarlo recorriéndola en todos sus pormenores, siguiendo la paciente labor de Andrade que buscaba no solo resolver aquellos problemas inmediatos sino, con mirada profunda dotar de atractivo a este lugar y, en consecuencia, a toda la ciudad.
Ahora bien, este libro no hubiera sido posible sin una convicción determinante: La arquitectura se construye con argumentos lógicos dictados como respuesta a tres órdenes de valores: las funciones que en ella han de desarrollarse, asegurar la más adecuada permanencia en el tiempo que se consigue por su adecuada constructibilidad y aquella otra aspiración a lograr la belleza. Los dos primeros son plenamente abarcables en su explicación, pero el último o sea la búsqueda de la belleza encierra un mayor grado de indeterminación.
La arquitectura y el entorno
A diferencia de lo que suele ser habitual en otras artes, la arquitectura solo alcanza plena comprensión si se tiene en cuenta el entorno en el que se realiza. Los edificios no son separables del lugar en que se construyeron y por ello, en su análisis, incluir esta condición es determinante ya que en ella residen muchas de las razones de lo que hoy podemos contemplar.
Por otra parte, en la definición de lo que ha de ser un edificio, no solo interviene su autor inmediato, sino muchos otros agentes activos que, de diferentes maneras, van acotando alguna de sus características finales. Por eso no debe extrañarnos aquella consideración de la arquitectura como «arte colectivo», en la que el arquitecto siendo artífice fundamental no es, ni mucho menos, único. Esto exigió analizar las circunstancias y, sobre todo, las ideas y las personas que, de diferentes modos más o menos directos, estuvieron detrás de cada decisión.
Pero al final de aquel complejo proceso, Andrade como arquitecto, se encontró frente a su problema fundamental y más determinante: construir dando forma. Tratar de penetrar en los objetivos que su mente consideró, comprender sus métodos de trabajo y los argumentos y estrategias que le permitieron concretar las ideas que lo impulsaban, fue la tarea principal.
Por ejemplo, Andrade organizo su Torre a partir del cuadrado y sus descomposiciones sucesivas, como la que da lugar a definir los cuatro grandes soportes, que no vemos, sobre el viejo Torreón dos Ourives y que, al tiempo, le ayudan a ordenar las plantas superiores en todos sus niveles. Naturalmente, aquella confianza en la geometría le facilita asignar y organizar armoniosamente los espacios que posibiliten su funcionamiento, como el gran balcón sobre la Quintana o el volumen que aloja la Berenguela, continuando encima con el cuerpo ochavado, los deambulatorios que abren perspectivas sobre el extenso paisaje, para rematar con la cúpula y la linterna, todos articulados según sucesivas transformaciones geométricas plenamente legibles.
No es necesario recordar que la cuestión clave consistía en comprender cuál ha sido su aportación especifica a la cultura arquitectónica de su tiempo, teniendo en cuenta que los pórticos de entrada a las iglesias, las torres- campanario, las sacristías mayores y los palacios urbanos hacia mucho tiempo que se habían inventado.
Convino abordarla con ilusión, pero también con una cierta dosis de escepticismo, sabiendo de antemano que, aunque es posible acercarse razonablemente a responderlas, por su propia naturaleza, dejarán amplios márgenes a sucesivas interpretaciones ya que esta indagación sobre el pasado se hace desde un presente determinado. Y la vida es una continua sucesión de presentes que siempre entintarán cada nuevo comentario.
Los secretos de la arquitectura
Y, finalmente, una cuestión de método que tiene que ver con la organización del libro y pienso que es una de sus aportaciones. La arquitectura, entre otras cosas, es forma, lo que parece sugerir que todo lector de un trabajo sobre un edificio o sobre un conjunto de ellos, como es el caso, debe tener fácilmente a su alcance imágenes acerca de aquello sobre lo que el texto le informa. En consecuencia, dibujos, planos y fotografías son, por tanto, imprescindibles para una adecuada comprensión de lo que sobre arquitectura se lea y, en este caso, facilitando al lector entrar en los espacios más recónditos, donde solo algunos especialistas han podido hacerlo, recrearse con detalladas fotografías de las máscaras y grutescos de la Torre o recorrer sus deambulatorios y bajar por sus estrechas escaleras de caracol de Mallorca.
En cierto modo podría afirmarse que, en estos trabajos, casi todo lo que la imagen no pueda testificar será, sino inútil, muy incompleto. De modo que, si el libro de arquitectura busca acercarse lo más posible al lector, el autor debe procurarle la máxima ayuda para que lo que se escriba sea plenamente comprendido, que no quiere decir "plenamente compartido" ni, mucho menos, plenamente certero.
Por ello, y obrando en consecuencia, quien abra estas páginas percibirá una presentación paralela de texto e imágenes, lo que planteo obligaciones de cantidad, tamaño o de composición de páginas que fue preciso aceptar. Todo sea en aras del intento de lograr una claridad expositiva que cumpla aquella regla orteguiana que reclamaba cortesía hacia el lector. Si aquí no se ha logrado —discúlpenme los lectores— solo habrán sido las carencias de este autor, pero, a pesar de ello, no pierdan el interés por penetrar en los secretos de la arquitectura porque les aportara indecibles satisfacciones. @mundiario

