Sigamos gozando del barroco, pero olvidémonos de lo barroco

Fragmento de la portada del libro dedicado a Domingo de Andrade. / Mundiario
Fragmento de la portada del libro dedicado a Domingo de Andrade. / Mundiario
Texto leído en la presentación del libro Domingo de Andrade. La invención del barroco, que reúne el trabajo de trece autores, arquitectos e historiadores del arte.
Sigamos gozando del barroco, pero olvidémonos de lo barroco

Los libros tienen una biografía que nos habla de los propósitos que motivaron su razón de ser, las circunstancias de su génesis y los afanes de sus autores. Por muy personales que sean siempre acumulan una buena cantidad de decisiones que se superponen antes de rematar en obra acabada y singular. En obra editada.

Pero todos esos avatares, a veces rocambolescos, se concretan en apenas tres tiempos básicos y bien definidos. El primero, aquel en que comienza su gestación y que contiene el   germen de todo lo que luego ocurrirá; después, el tiempo de la redacción que es, sin duda, el más íntimo. Y, por último, aquel que comienza cuando llega a manos de los lectores. 

Y cada tiempo tiene sus protagonistas específicos.

La vida del libro que aquí nos convoca, Domingo de Andrade. La invención del barroco, comienza en una fecha exacta. Ocurrió cuando la junta directiva de la Real Academia Galega de Belas Artes visita al alcalde de Compostela para comunicarle la decisión de dedicar el Año das Artes 2020-21-2 a Domingo de Andrade y  a proponerle que,  en razón a la importancia decisiva que este arquitecto tuvo en la concreción de su imagen urbana, el Concello de Santiago debería tener un protagonismo singular. Su respuesta, concretada en diversos apartados, tenía uno que resultó fundamental: comprometer al Consorcio de Santiago en la edición de un libro dedicado al arquitecto ceénse.

El siguiente paso en aquella incipiente biografía, que justo allí acababa de iniciarse, fue el apoyo del Consorcio y de la Conselleria de Cultura. Belén, Anxo Lorenzo y Juan Conde, el hombre que todo lo resuelve, fueron, a partir de entonces, coautores decisivos como Teófilo el editor que aportaría el cuidado diseño de su materialidad.

Sabiendo ya que la aventura era posible, en la Academia comprendimos que para que mereciera verdaderamente la pena debería contar con los mejores colaboradores. De ahí que me dirigiera a Alfredo Vigo Trasancos, catedrático de la Facultad de Historia del Arte para, conjuntamente, articular un equipo de especialistas que acometiera la tarea de interpretar la poliédrica figura de Andrade. A partir de este momento el, aun, no nato libro tuvo una ilustre paternidad que guió experimentadamente todos los momentos posteriores.

En una primera reunión con Miguel Taín y Carlos Valle, sentados los cuatro bajo el retrato de Andrade, pintado por el ilustre académico Felipe Criado, que está en la sala de profesores de la Facultad, el libro quedo pergeñado, concretados los doce autores, seis por cada institución, así como los temas a desarrollar. La encomienda era clara:  redactar textos que avanzaran sobre el conocimiento que en cada materia especifica se tuviera de Andrade. 

Aquí remataba la primera de las edades del libro.

Del segundo de sus tiempos no puedo contar demasiado, pertenece a la intimidad de los autores que son los protagonistas intelectuales. Lo que puedo decir es que admiro y envidio sus conocimientos, he aprendido de sus argumentos y disfrutado con su lectura.

Glosaré brevemente los trabajos de los autores académicos al igual que Alfredo Vigo hará con los ilustres profesores de la Facultad. Para evitar la situación embarazosa de referirnos a nosotros mismos yo presentaré el trabajo de D. Alfredo, él hará lo propio con el mío.

Comenzaré con una afirmación: su trabajo cumple a la perfección el cometido de texto introductorio, al situar la personalidad artística de Andrade en el panorama cultural, y más específicamente arquitectónico, en el que hubo de cultivarse. 

Describe Alfredo Vigo, como nos encontramos ante una personalidad inédita entre los arquitectos gallegos que, desde un principio, tuvo a gala alcanzar una formación integral que le ayudase a entender su profesión como un todo cargado de muy diversos conocimientos. Esta notable aspiración, asimilada desde sus primeras lecturas de Vitrubio y cultivada a partir de su conocimiento del latín, le impulso a acceder a sofisticados textos de su tiempo que le acercaron a los debates que entonces estaban de actualidad. Por ejemplo al de Claude- Francois Millet de Clales  “Cursus su mundus mathematicus (1674) en el que, su autor, tratando de comprender la relación entre la arquitectura de los clásicos y la del siglo XVII, cuestión decisiva, distinguía entre cosas esenciales y cosas accidentales, escribiendo “en las primeras mandan los antiguos en las segundas, deba aprovecharse los márgenes de libertad y se introduzcan ideas hermosas”. Algo que Andrade expreso en sus obras, poniendo de manifiesto una determinante confianza en el orden geométrico, en el rigor constructivo que indicaban los clásicos al mismo tiempo que, apostando por la creatividad, se tomaba licencias y arbitrariedades compositivas alejadas de los preceptos antiguos y que explican, en su obra, el permanente debate en la creación artística entre la permanencia y la innovación.  

Por su texto desfilan múltiples referencias desde Roland Freart de Chambray, Giovanni Pietro Belloni, Juan Caramuel Lobrowich o A. Kircher y cada uno de ellos merecería un comentario. Vigo Trasancos nos propone una lectura de Andrade como crisol arquitectónico, plenamente consciente de estar dándole forma a la casa del Apóstol, Compostela misma. Y transcribe un texto de Andrade muy oportuno: “cuando vemos una Ciudad sin la magnificencia de la Arquitectura en sus edificios, decimos que no hay nada que alabar, ni que ver en ellas”. Toda una lección de la honda transcendencia de la arquitectura. 

Afortunadamente, J. R. Soraluce Blond, que se ocupó de analizar las dos obras de Andrade en A Coruña, tiene presente su condición de arquitecto y, desde ella, propone una original interpretación del colegio-residencia e Iglesia de la Compañía de Jesús, relacionándola con la evolución de la ciudad y sus estructuras militares.  Leemos: “La historia del colegio coruñés de la Compañía de Jesús está asociada al desarrollo urbano de la ciudad a sus fortificaciones y a las obras de unificación de dos núcleos Ciudad alta Pescadería”. 

Aporta un plano inédito de cimentaciones del templo trazado por Andrade, lo que es singularmente importante en el contexto de su escasísima documentación gráfica conservada. El análisis arquitectónico le conduce a relacionar esta iglesia con las de su tiempo, precisando la estrecha similitud que tiene con la Iglesia del Sacramento, en Madrid, obra del ilustre arquitecto de la Villa y Corte Juan Gómez de Mora. 

Entra, después, en el análisis de la otra obra de Andrade, el Convento de la Capuchinas para reconsiderar la autoría que durante mucho tiempo vino atribuyéndose a su discípulo Fernando de Casas Novoa, concluyendo que lo ejecutado hasta 1707 es obra de Andrade no siendo hasta 1719 cuando, con la aportación de nuevos planos, Fernando de Casas asuma la responsabilidad de aquellas.

Carlos Valle, retornando un lugar tan querido para él, el monasterio de Santa María de Sobrado nos recuerda la rica historia arquitectónica de este complejo eclesial desde sus inicios, en los años centrales del siglo XII para concluir, muy argumentadamente, atribuyendo la autoría de las trazas de la capilla del Rosario a Domingo de Andrade, cuyas obras de edificación ejecutaría Pedro de Monteagudo. Más tarde, a la muerte de este en 1700, Andrade, volverá a ocuparse plenamente de las obras de la iglesia hasta 1707. Texto apasionado, y muy razonado, a favor de unas autorías que no siempre han sido plenamente reconocidas dejando encajado el puzle entre autores, colaboradores y fechas. 

Yzquierdo Perrin se hizo cargo de la interpretación de las numerosas obras que, como entallador, realizo nuestro arquitecto. Un minucioso recorrido da cuenta de su evolución y de las importantes aportaciones que propuso, abriendo el camino a sus inmediatos y cualificadísimos discípulos. Comienza describiendo su participación en la envoltura barroca de la Capilla Mayor, el mausoleo del altar mayor del Santo y finalmente en el Tabernáculo catedralicio. 

Recorre todos sus retablos posteriores repartidos en la geografía gallega, comenzando por el Retablo relicario de San Paio de Antealtares y continuando por los de Santa María a Nova en Lugo, Capilla de la Virgen del Rosario en Santo Domingo de A Coruña, San Agustín en Santiago, Santo Domingo de Bonaval, San Lorenzo de Trasouto, Iglesia del Convento de Santa Clara, Iglesia de la Compañía.

Es curioso destacar que Domingo de Andrade, a pesar de su intensa y extensa dedicación a la arquitectura y del creciente reconocimiento del que disfruto, nunca abandono su atención al dibujo de retablos, como si encontrase en ellos ocasión para experimentaciones formales que, lógicamente, no exigían la atención técnica de sus otras obras graníticas.

Ana Goy y Marcos Calles Lombao se adentran en los secretos de la intervención de Andrade en la Catedral de Lugo. Casi al principio hacen una interesante observación “Los responsables de la Fabrica catedralicia de Lugo entendieron que era necesario una actualización del lenguaje artístico y apostaron por un maestro que defendiera una renovación de las formas de acuerdo con el gusto imperante en ese momento en Compostela”. Naturalmente aquella inquietud no surgía de la nada y nos recuerdan las antiguas relaciones que prelados lucenses habían tenido con el primer inspirador de los nuevos aires barrocos José de Vega y Verdugo.

Con precisión describen las tres obras principales que acomete Andrade: La sacristía mayor (1678-1682), La nueva sala capitular y las oficinas del Cabildo (1683-1688) y la reforma de las naves y bóvedas de la Catedral (1695). 

Y para quien desee completar su conocimiento de la obra lucense de Andrade, Ana y Marcos, dirigirán sus pasos por la Iglesia de Santiago de Meilán, los conventos de Santa María A Nova y de las Agustinas Recoletas, también por el claustro de las dominicas.

He dejado, conscientemente, para el final el texto de Daniel Lorenzo Santos, que es la transcripción de su discurso con ocasión del Día das Artes del año pasado, que apenas pudimos celebrar por las conocidas circunstancias y que tuvo como motivo principal descubrir una placa en el lugar del enterramiento de Andrade en la Capilla de la Concepción, en la girola de la Catedral. Debemos agradecer esta iniciativa de la Academia de Bellas Artes y la decisiva actuación de la Mitra Compostelana y de la Fundación Catedral. A partir de entonces, propios y visitantes pueden conocer donde reposan sus restos. Solo hicieron falta algo más de trescientos años lo que, ciertamente, no nos honra demasiado.

Retomando la biografía del libro, quizá, quepa decir que con esta presentación que hoy hacemos termina el segundo tiempo y comienza el tercero y definitivo.

Es el tiempo de los lectores, a los que sugiero su atención a fin de que cuando visiten las obras de Andrade disfruten plenamente de ellas, gocen transitando entre sus espacios y se detengan con fruición es sus aspectos más valiosos reconociendo sus argumentos, la solidez de sus respuestas, la perfección de su construcción y de como atraviesan el tiempo con vocación de eternidad.

Gracias a todos y tan diversos coautores y permítanme, para finalizar, que entone un ruego o, si quieren, un salmo laico: en estos tiempos de urgente sostenibilidad y de venideras austeridades sigamos gozando del barroco, pero olvidémonos de lo barroco. Será señal, al menos, de buena educación. @mundiario

Sigamos gozando del barroco, pero olvidémonos de lo barroco
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