Domingo de Andrade: la invención del barroco

Homenaje de la Real Academia Galega de Belas Artes a Domingo de Andrade. / Mundiario
Homenaje de la Real Academia Galega de Belas Artes a Domingo de Andrade. / Mundiario
Presentación del libro Domingo de Andrade. La invención del barroco, que reúne el trabajo de trece autores, arquitectos e historiadores del arte.
Domingo de Andrade: la invención del barroco

Personalmente creo que ha sido un gran acierto que la Real Academia Galega de Belas Artes haya dedicado al arquitecto Domingo de Andrade el Día das Artes Galegas 2020-2022. Lo creo porque fue Andrade un artífice de gran relevancia, capaz de crear una arquitectura única que tuvo voluntad de ser original e identitaria y fue asimismo el fundador de una escuela de arquitectura que habría de durar un siglo y que se identifica con nuestro barroco. Pero además yo añadiría que también se lo merece porque Andrade fue, de hecho, el primer arquitecto de gran fama que nació con toda seguridad en Galicia, lo que le añade un plus muy especial.

Piensen que Bernardo el Viejo, responsable de la catedral románica compostelana, era extranjero, un francés venido muy probablemente de las tierras de Borgoña. El propio Maestro Mateo no es seguro que hubiera nacido aquí, aunque merezca a todas luces el título de Hijo Adoptivo de Galicia. Luego, a partir del siglo XIII, sobre Galicia se cierne una nebulosa y no será hasta el siglo XVI cuando vuelvan a aparecer en nuestro país arquitectos de renombre que van de Enrique Egas a José Peña de Toro. Todos son, sin embargo, artistas venidos de fuera: de Toledo, de Granada, de Jaén, Salamanca, Ávila, País Vasco, Cantabria, Madrid e incluso de Portugal. De ahí que haya que destacar la figura de Andrade por ser el primero nacido aquí y ser, además, un grande de la arquitectura de su tiempo. Por eso merece el libro que hoy se presenta.

Celestino García Braña, que me ha precedido, ya ha comentado muchos de sus pormenores y los textos que han elaborado destacados académicos. A mí me toca, pues, hablar del otro grupo de investigadores que han enriquecido con sus escritos esta publicación, formados todos ellos al calor de la Universidad Compostelana. Sin embargo, como Celestino no ha hablado de su participación y si lo ha hecho, en cambio, de la mía, procede que yo haga referencia a su trabajo, que creo es sinceramente muy interesante además de original.

Fue directo a la Torre del Reloj; al símbolo tectónico de la arquitectura andradina, aún a sabiendas de que era una construcción que tenía ya mucha literatura artística. Pero hizo bien, pues poniéndose en su papel de arquitecto y tratando de tú a tú a Domingo de Andrade, se diría que hablase con él de esta construcción y Andrade le revelase a Celestino todos sus misterios que, por otra parte, ha sabido plasmar su colaborador, el joven arquitecto Adrián Alonso Lorenzo, en unos dibujos excepcionales de gran calidad. Y de ahí salió un estudio que aborda el diseño de la Torre a través de sus distintas plantas que ascienden hasta la cúpula, de sus armónicas proporciones verticales, de su sistema constructivo, de sus espacios internos que rematan en una brillante escalera de caracol de las llamadas de “Mallorca”, para poner fin al estudio en su bello caparazón figurativo que se engalana de ricos adornos que dicen mucho de la sabiduría de Andrade. Sin duda se trata de un capítulo que todos ustedes debieran leer con fruición pues descubre planteamientos muy curiosos e inéditos de esta torre que todos conocemos y se convierte en tótem religioso de toda Galicia.

Dicho esto, sí es hora de que comente la aportación del resto de los colaboradores. Así Miguel Taín Guzmán, experto en Andrade donde los haya, analiza con precisión sus obras en la catedral, más allá de la Torre, centrándose sobre todo en esa pieza maestra que es la Capilla del Pilar, nacida para sacristía y que fue, en su día, algo nunca visto. Además de centrase en su conjunto, muestra a Andrade como ojeador de todos los materiales que necesitaba para vestirla con ricos jaspes y mármoles que vinieron de muchas partes. Y sin olvidar que la obra de la capilla fue determinante para el aspecto final que habría de tomar la Puerta Real de la Quintana que fue removida y transformada en el entorno de 1700 cuando se celebraban a la vez los años santos jubilares de Roma y Compostela.

Arturo Iglesias Ortega, por su parte, buen conocedor de todos los entresijos del archivo catedralicio, ha sido quien ha analizado la figura de Andrade desde que puso los pies en la catedral hasta su muerte,  y nos va secuenciando con rigor toda su promoción interna, hasta alcanzar el cargo de maestro mayor de las obras de la basílica, aunque sin dejar por ello  de hacernos ver cuáles fueron sus salarios, reclamaciones y otras labores del cargo que muchas veces suelen pasar desapercibidas para un ciudadano de a pie.

Paula Pita Galán, joven investigadora volcada ya desde hace tiempo en descubrir los valores del barroco, es la que se ha encargado de analizar la producción de Andrade en la ciudad de Santiago, en un momento que quería manifestar una vocación de ciudad monumental llena de maravillas. Por eso, desde el caserío, a escaleras y fuentes de la autoridad de Domingo de Andrade, va la autora desgranando sus aportaciones hasta concluir en la pieza maestra que sigue siendo el convento de Santo Domingo de Bonaval, promovido por el arzobispo Antonio Monroy, y en donde se encuentra esa joya que es la triple escalera de caracol, pieza maestra de nuestro barroco.

Javier Gómez Darriba es otro joven investigador de nuestra Universidad, que se ha centrado en analizar la producción de Andrade en el sur de Galicia, desde Ourense a la entonces provincia de Tui, para hacernos ver que Andrade llegó hasta los confines del viejo Reino gallego y tocó allí piezas capitales; entre ellas el convento de clarisas de la Concepción en Tui y, más aún, el gran tabernáculo que Andrade proyectó para la Capilla del Cristo, acaso el espacio más venerable y sacro de la ciudad de las Burgas.

Finalmente, Juan David Díaz López nos sorprende con una lectura andradina de interés; ver cómo su obra, y especialmente su torre simbólica de la catedral, fue descubriéndose y valorándose como pieza maestra de la arquitectura a medida que avanzaba la Edad Contemporánea y el Barroco, de ser despreciado en principio, va ganando terreno y valoración y convirtiéndose en una cima de nuestra creatividad gallega que coincide, a su vez, con los albores del turismo. Una visión, pues, sin duda muy novedosa.

Fragmento de la portada del libro dedicado a Domingo de Andrade. / Mundiario
Fragmento de la portada del libro dedicado a Domingo de Andrade. / Mundiario

Y dicho esto, sólo me resta felicitar a la Real Academia Galega de Belas Artes por impulsar el libro, a la Consellería de Cultura por creer en él y financiarlo, al Consorcio de Santiago por apostar por su edición en un formato impecable y a Ediciones Teófilo por hacer, del resultado final, una obra de una plasticidad admirable como siempre nos acostumbra. Un placer y muchísimas gracias. @mundiario

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