Trump intensifica la presión en Irán mientras Europa se desmarca y Ormuz sacude la economía global
El presidente de EE UU, Donald Trump, ha redoblado su ofensiva sobre Irán y presiona a aliados y potencias globales para formar una coalición naval para despejar el estrecho de Ormuz. Sin embargo, la negativa de Europa y la cautela de actores interpelados por la crisis como China o Japón evidencian una fractura internacional en plena crisis energética, mientras el bloqueo parcial de la ruta dispara la volatilidad económica mundial. La política de la Casa Blanca implica mantener el cerco diplomático y unilateralismo militar. Por un lado, exige a sus aliados que participen en una operación para reabrir una de las vías energéticas por mar más importantes del mundo, pero también insiste en que EE UU no necesita apoyo externo.
Esta posición no es baladí, ya que refleja una estrategia basada en medir la lealtad de los socios internacionales, mantener la iniciativa militar sin depender de coaliciones o aliados en el marco de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y reforzar la posición negociadora de Washington. El problema es que esta lógica choca con una realidad geopolítica distinta: la mayoría de aliados tradicionales no comparten ni el diagnóstico ni el método.
La respuesta europea ha sido clara. Potencias clave y organismos como la OTAN o la Unión Europea han rechazado implicarse militarmente en el conflicto. Líderes como el primer ministro británico Keir Starmer han dejado abierta la defensa de intereses estratégicos de sus países, pero no una participación directa en la guerra.
La posición dominante en Europa pasa porque la escalada tiene riesgos imprevisibles que pueden afectar gravemente a sus países. Tampoco existe un mandato internacional claro reconocido por los socios comunitarios, y para la mayoría de las capitales la prioridad debe ser la contención y la estabilidad en Oriente Próximo, según lo han dado a entender en sus comunicados y comparecencias de prensa, como las que han ofrecido el presidente francés Emmanuel Macron o el canciller alemán Friedrich Merz. Este distanciamiento revela una brecha creciente en el bloque occidental, enmarcada en la gestión de conflictos fuera del marco tradicional de seguridad colectiva.
Ormuz: el epicentro de la crisis global
El estrecho de Ormuz se ha convertido en el principal punto de tensión. Por esta vía transita cerca del 20 % del petróleo mundial y aproximadamente una cuarta parte del gas natural licuado. El bloqueo parcial impuesto por Irán ha tenido efectos inmediatos en la reducción del tráfico marítimo, el incremento de los precios del crudo por encima de los 100 dólares y la volatilidad en los mercados energéticos. La novedad es que el tránsito ya no responde solo a criterios comerciales, sino a negociaciones bilaterales con Teherán, lo que introduce un componente político directo en el suministro energético global.
Mientras Washington apuesta por una coalición naval, otros actores exploran vías alternativas. Países como la India han optado por la negociación directa con Irán para garantizar el paso de sus buques. China, altamente dependiente del crudo del Golfo, también mantiene canales abiertos. Este contraste evidencia dos enfoques, Estados Unidos esgrime la presión militar y disuasión, mientras que las potencias emergentes recurren a la diplomacia pragmática y acuerdos puntuales con el régimen de los ayatolás.
La coexistencia de ambos modelos complica la construcción de una respuesta internacional coordinada.
La crisis en Ormuz ya está teniendo consecuencias tangibles como el aumento del precio de los combustibles, especialmente en economías dependientes del transporte. También se teme un riesgo de repunte inflacionario global y de incertidumbre para industrias intensivas en energía. Aunque algunos precios han retrocedido parcialmente ante señales de aperturas selectivas, la situación sigue marcada por la volatilidad. El factor clave es la incertidumbre porque los mercados no solo reaccionan a la oferta, sino al riesgo geopolítico. @mundiario


