Hungría firma un contrato de gas millonario con Shell, pero no renuncia a la energía rusa
Hungría ha cerrado un contrato de gas natural con el gigante Shell Plc, considerado histórico tanto por su volumen como por su duración. A partir de 2026, el país recibirá 200 millones de metros cúbicos anuales de gas licuado regasificado en Croacia, lo que en total representa 2000 millones de metros cúbicos a lo largo de una década. El ministro de Relaciones Exteriores, Péter Szijjártó, indica que se trata del acuerdo más largo y de mayor volumen jamás alcanzado con un proveedor occidental.
El pacto con Shell constituye un paso hacia la diversificación energética, en un momento en que la Unión Europea presiona para reducir al mínimo la dependencia de los combustibles fósiles rusos antes de 2027. Sin embargo, los datos revelan que la magnitud del contrato es insuficiente frente al peso de Rusia en el mercado húngaro. El país consume unos 8.000 millones de metros cúbicos de gas al año, de los cuales la mayor parte procede aún de Moscú.
El acuerdo vigente con Gazprom, firmado hasta 2036, compromete a Hungría con la compra de 4.500 millones de metros cúbicos anuales, cifra que multiplica por más de veinte el volumen del nuevo suministro occidental. Además, desde 2022 Budapest ha cerrado adquisiciones adicionales con la empresa rusa, profundizando una relación que se mantiene estable pese a la guerra en Ucrania y a las sanciones de Bruselas.
Szijjártó ha defendido que la geografía y las infraestructuras limitan las opciones de Hungría. “¿Con esto vamos a poder vivir sin gas ruso? No, por las condiciones geográficas e infraestructurales”, señaló, subrayando que sin inversiones en interconexiones regionales la dependencia seguirá siendo estructural. El ministro también ha acusado a otros socios europeos de incurrir en “hipocresía”, al comprar crudo ruso a través de intermediarios asiáticos mientras critican a Budapest y Bratislava por sus contratos directos.
La apuesta húngara por Shell no elimina, sino que complementa, su relación con Moscú. Budapest ha recibido este año cerca de 5.000 millones de metros cúbicos adicionales a través del gasoducto Turkstream, según reporta Reuters. A ojos del Gobierno, la seguridad energética exige mantener todos los canales abiertos y expandirlos, incluso si ello supone chocar con la estrategia de reducción de riesgos energéticos defendida en Bruselas.
El contrato con Shell se apoya en una infraestructura ya probada: la terminal de Krk, en Croacia, que permite importar gas licuado y enviarlo a través del gasoducto Hungría-Croacia. Con ello, Budapest logra asegurar un flujo alternativo, pero la cifra contratada apenas cubre una fracción de su demanda total, lo que relativiza el impacto del anuncio en términos de independencia energética.
Paralelamente, Hungría ha fijado su mirada en la energía nuclear como vía de transición. Con dos nuevos reactores planeados en colaboración con Rusia para la próxima década, el Ejecutivo asegura que podrá reducir a la mitad las importaciones de gas y cubrir hasta el 70% de sus necesidades eléctricas con fuentes atómicas. No obstante, este proyecto requiere plazos largos y fuertes inversiones, lo que limita su efecto inmediato sobre la dependencia energética.
La dimensión política es también evidente. Hungría ha sido uno de los Estados miembros más críticos con las sanciones energéticas a Moscú y ha condicionado en varias ocasiones la agenda comunitaria en materia de seguridad energética.
Al mismo tiempo, Hungría mantiene tensiones con Ucrania, especialmente tras los ataques con drones de Kiev en sus intentos por limitar los ingresos del Kremlin. Ante los choques diplomáticos y las acusaciones, el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha insinuado que la continuidad del oleoducto Druzhba dependerá de la posición húngara respecto a la adhesión de Kiev a la Unión Europea, a la que Budapest se opone firmemente.
En ese contexto, Szijjártó respondió acusando a Zelenski de "poner en riesgo la seguridad energética" de Hungría con sus advertencias. Estas fricciones se suman a una relación ya marcada por diferencias en torno al suministro energético y a la reticencia húngara a aislar a Rusia y condenar sus ataques.
El acuerdo con Shell representa para Hungría un paso hacia la diversificación, pero no una ruptura. Budapest busca reforzar un equilibrio ambicioso y complejo: abrir la puerta a proveedores occidentales mientras preserva la estrecha relación con Rusia, que por ahora sigue siendo el eje central de su matriz energética. @mundiario


