La obstrucción de Eslovaquia: exenciones para importar gas ruso a cambio del paquete de sanciones
El primer ministro eslovaco Robert Fico ha puesto en pausa el impulso europeo para aumentar la presión sobre el Kremlin. Su veto al 18º paquete de sanciones propuesto por la Comisión Europea ha dejado en suspenso la aprobación de medidas clave contra Rusia, incluyendo restricciones energéticas, sanciones bancarias y nuevas limitaciones a la industria militar rusa que nutren su maquinaria para continuar con la guerra en Ucrania.
Lejos de enfocarse en el rechazo ideológico a las sanciones como había hecho en anteriores paquetes, el Gobierno eslovaco se enfoca en una demanda concreta: que Bruselas permita al país mantener su contrato de suministro de gas con la rusa Gazprom hasta 2034. La Comisión Europea, sin embargo, se niega a conceder esta exención al argumentar que debilitaría la coherencia y efectividad del régimen sancionador. El resultado es un bloqueo prolongado que, a pesar de los esfuerzos diplomáticos, sigue sin resolverse.
Eslovaquia, una nación sin acceso directo al mar, depende en gran medida de las importaciones de energía, y su estructura energética está estrechamente vinculada al gas ruso. El contrato a largo plazo con Gazprom no solo proporciona estabilidad de suministro, sino también precios relativamente controlados para hogares e industria. Por eso, desde Bratislava se alega que cortar ese vínculo de manera unilateral no solo podría disparar los costes energéticos, sino poner en riesgo la seguridad energética del país.
Fico ha advertido de que incluso que una ruptura anticipada del contrato podría acarrear una demanda multimillonaria por parte de la compañía rusa, de entre 16.000 y 20.000 millones de euros. Aunque Bruselas responde que el marco legal de las sanciones actuaría como “fuerza mayor” y blindaría jurídicamente a los Estados miembros, el Gobierno eslovaco afirma no sentirse suficientemente respaldado.
El uso del veto: una herramienta estratégica
La clave del conflicto radica en que, mientras la eliminación del gas ruso forma parte de una hoja de ruta sujeta a mayoría cualificada en el Consejo, las sanciones requieren unanimidad. Esto significa que un solo país puede bloquearlas. Fico, al igual que la Hungría de Viktor Orbán en situaciones similares, ha sabido utilizar esta prerrogativa como herramienta de presión para obligar a la Comisión a atender las necesidades energéticas de Eslovaquia.
En su última misiva a la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, que el mandatario izquierdista publicó en sus redes sociales, Fico calificó de “insuficientes” las garantías ofrecidas por Bruselas, que incluían ayudas estatales, fondos europeos y la posibilidad de activar una “cláusula de emergencia” si los precios del gas aumentan de forma desmedida. Sin embargo, el líder eslovaco considera que estas medidas son vagas, y sus socios de coalición las calificaron incluso como “nulas”.
La situación ha generado frustración entre líderes europeos. Tanto el canciller alemán como el primer ministro polaco han intervenido para intentar resolver el impasse, mientras la alta representante para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, expresó abiertamente su decepción: estoy muy triste porque no hemos llegado a este acuerdo. Debo decir que estuvimos realmente cerca de tranquilizar a Eslovaquia. La Comisión ha cumplido con lo que pidieron. Ahora la pelota está sobre el tejado de Eslovaquia y debemos lograr este acuerdo”.
Desde Bruselas se insiste en que el plan de salida del gas ruso será gradual y coordinado, y que no se dejará a ningún país atrás. Pero esa visión choca con la postura inamovible de Fico, quien insiste en que su país no aceptará restricciones que contradigan sus compromisos contractuales ni que pongan en peligro su competitividad energética.
Tensiones que agravan las fracturas dentro de la UE
Lo que está en juego no es solo un paquete de sanciones más, sino también una oportunidad estratégica para la Unión Europea de aprovechar la creciente disposición de EE UU a imponer sanciones a Moscú. El bloqueo impuesto por Eslovaquia, además de entorpecer los intentos de coordinar un marco estratégico con Washington, también choca con los atisbos de cambio en la nueva política exterior del presidente estadounidense Donald Trump, quien ha amenazado con imponer "aranceles severos" a Rusia y sus socios comerciales si no se logran avances hacia la paz en 50 días.
Bruselas se enfrenta ahora al dilema de mantener la firmeza del régimen sancionador sin fragmentar el consenso político que lo sostiene. Por su parte, Eslovaquia ha dejado claro que no dará su brazo a torcer sin una excepción clara, legal y personalizada que le permita seguir comprando gas ruso hasta 2034. @mundiario


