Von der Leyen y el fin del gas ruso: el plan de Europa para no volver atrás

La Comisión Europea sostiene que retomar las importaciones de energía rusa tras la guerra sería un error histórico que consolidaría la vulnerabilidad de Europa al chantaje energético de Moscú.
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. / @Europarl_EN
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. / @Europarl_EN

La advertencia de Ursula von der Leyen en el Parlamento Europeo no deja lugar a ambigüedades: “La era de los combustibles fósiles rusos en Europa está llegando a su fin”. Con estas palabras, la presidenta de la Comisión Europea no solo trazó una línea roja frente a las tentaciones de volver a la dependencia energética de Moscú, sino que también envió un mensaje contundente a quienes dentro y fuera del continente ven en la energía un posible componente de un acuerdo de paz entre Rusia y Ucrania.

Von der Leyen fue tajante al afirmar que “reabrir el grifo del gas y el petróleo rusos” sería un “error de dimensiones históricas”. ¿Por qué? La respuesta está en los antecedentes y en el presente: Rusia ha demostrado ser un proveedor energético profundamente inestable y estratégicamente hostil. Desde 2006, en al menos cinco ocasiones distintas —incluida la guerra en curso—, Moscú ha cortado el suministro energético a Europa como forma de presión geopolítica. La energía rusa no solo es cara en términos financieros: lo es también en términos de seguridad y soberanía.

Durante décadas, la UE fue el principal cliente de Rusia, con una relación comercial que llegó a representar una parte sustancial del presupuesto del Kremlin. Solo en 2024, los Estados miembros destinaron 23.000 millones de euros a la compra de energía rusa —una cifra que supera incluso la ayuda militar enviada a Ucrania—, lo que deja en evidencia las fisuras que aún persisten en la política energética europea.

A pesar de las sanciones, el gas natural licuado (GNL) ruso continúa fluyendo hacia Europa con fuerza. Hungría, Eslovaquia, Francia, España, Alemania y Bélgica son los principales receptores, responsables de casi el 90 % de las importaciones europeas de GNL ruso. Esto genera no solo contradicciones éticas —al seguir financiando indirectamente la maquinaria bélica de Putin—, sino también riesgos estructurales. Cualquier intento de utilizar la energía como moneda de cambio en una negociación con Moscú debilita la posición de Ucrania y perpetúa un modelo de chantaje energético que Europa debería abandonar definitivamente.

La presidenta de la Comisión no ocultó su escepticismo ante los intentos de presionar a Ucrania para que acepte concesiones territoriales a cambio de un alto el fuego, como ha sugerido directamente la Administración del presidente de EE UU, Donald Trump. La posibilidad de que se incluya la reapertura de los gasoductos Nord Stream o el alivio de sanciones energéticas como parte del acuerdo preocupa profundamente en Bruselas. Según Von der Leyen, aceptar esa dinámica implicaría premiar la agresión militar, legitimar la invasión y socavar los principios fundamentales del derecho internacional.

Por eso, la hoja de ruta presentada por la Comisión Europea va más allá de las declaraciones. Se trata de un plan ambicioso para eliminar todas las compras de energía rusa antes de 2027. La estrategia incluye la prohibición de importar GNL ruso y la posibilidad de que las empresas invoquen cláusulas de fuerza mayor para romper contratos de suministro a largo plazo. A diferencia de las sanciones, que requieren unanimidad, estas medidas se basan en la política energética común, lo que permitirá sortear el veto de países como Hungría o Eslovaquia, todavía dependientes del gas ruso.

Desde Moscú, el mensaje ha sido interpretado como una señal de firmeza. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, admitió que Washington podría intentar forzar a Europa a relajar su posición, pero subestimó la profundidad del giro estructural que ha emprendido el bloque. Rusia, que aún obtiene el 52 % de sus ingresos por exportación de GNL del mercado europeo, se enfrenta así a una desconexión económica de consecuencias duraderas.

Von der Leyen no plantea esta transformación solo como una respuesta a la guerra. La define como un paso imprescindible para lograr una “paz justa y duradera”. La lógica es sencilla pero poderosa: no puede haber paz verdadera si quienes la rompen siguen siendo premiados con ingresos millonarios; no puede haber justicia si las víctimas —como Ucrania— deben aceptar condiciones impuestas por el agresor; y no puede haber estabilidad en Europa mientras su infraestructura energética dependa de un régimen que ha demostrado usar el gas como arma.

En este sentido, el debate sobre el futuro energético de Europa no es meramente técnico ni económico. Es un debate profundamente político y moral. Persistir en la desvinculación energética de Rusia no solo protege a Europa, también refuerza la capacidad de Ucrania para negociar desde una posición de fuerza, no de sumisión. @mundiario

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