EE UU y China reanudan negociaciones en París mientras se prepara una cumbre entre Trump y Xi

Las dos mayores economías del mundo vuelven a negociar para estabilizar una relación marcada por los aranceles, la rivalidad tecnológica y las disputas por los minerales estratégicos.
Xi Jinping, presidente de China; y Donald Trump, presidente electo de EE UU. / RR SS
Xi Jinping, presidente de China; y Donald Trump, presidente electo de EE UU. / RR SS

Estados Unidos y China han iniciado una nueva ronda de consultas económicas y comerciales en Paris, en un intento por contener las tensiones que han marcado su relación durante los últimos años. Las conversaciones, celebradas en la sede de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, representan el sexto encuentro del mecanismo bilateral creado en 2025 para gestionar las disputas comerciales entre ambas potencias.

El diálogo llega en un momento especialmente delicado: la competencia tecnológica se intensifica, la geopolítica energética se vuelve más volátil y Washington y Pekín siguen dependiendo mutuamente en sectores clave. Además, la reunión pretende preparar el terreno para una posible cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín a finales de marzo.

Las conversaciones están encabezadas por el secretario del Tesoro estadounidense Scott Bessent y el viceprimer ministro chino He Lifeng, con la participación del representante comercial de Estados Unidos Jamieson Greer.

El objetivo formal es abordar temas estructurales del comercio bilateral: aranceles, controles a la exportación de tecnología avanzada, inversiones cruzadas y acceso a minerales estratégicos. Sin embargo, el trasfondo político es más amplio: evitar una escalada que podría afectar gravemente al comercio mundial.

Las dos economías más grandes del planeta mantienen una relación compleja que combina rivalidad estratégica con una profunda interdependencia económica.

La disputa por los aranceles y el nuevo contexto legal

Uno de los factores que ha cambiado el escenario de negociación es una reciente decisión del Tribunal Supremo de EE UU, que limitó el uso de la Ley de Poderes Económicos para imponer aranceles.

Durante su estrategia comercial, la Administración de Trump llegó a amenazar con tarifas de hasta el 145 % sobre productos chinos utilizando ese mecanismo. La sentencia judicial no elimina la posibilidad de nuevos aranceles, pero obliga al gobierno estadounidense a recurrir a otras bases legales, que suelen requerir procesos más largos.

Este cambio introduce una nueva dinámica en la relación bilateral, ya que reduce uno de los instrumentos más inmediatos de presión comercial. Más allá de los aranceles, las conversaciones reflejan una disputa estructural por el control de sectores tecnológicos y recursos estratégicos.

Estados Unidos busca limitar el acceso chino a semiconductores avanzados, incluidos los producidos por empresas como Nvidia, mientras intenta asegurar el suministro de minerales críticos utilizados en industrias de alta tecnología, defensa y energía. En este terreno, China mantiene una ventaja significativa. El país domina cerca del 90 % del procesamiento mundial de tierras raras, elementos esenciales para fabricar desde turbinas de aviones hasta baterías o sistemas electrónicos.

Esta dependencia crea un incentivo para que Washington evite una ruptura comercial completa. Entre las ideas discutidas figura la creación de mecanismos permanentes para gestionar la relación económica entre ambos países.

Una de las propuestas es establecer un “Consejo de Comercio” bilateral destinado a identificar sectores donde ambos países puedan aumentar el intercambio sin comprometer la seguridad nacional ni las cadenas de suministro críticas. También se estudia la creación de un “Consejo de Inversión” que permitiría abordar conflictos específicos en materia de capital extranjero.

Estas iniciativas reflejan el intento de institucionalizar el diálogo entre dos economías cuya relación se ha vuelto cada vez más impredecible.

La cumbre Trump-Xi como objetivo político

Las conversaciones de París tienen además una dimensión diplomática clara: preparar la visita de Donald Trump a Pekín, prevista entre el 31 de marzo y el 2 de abril. Si el encuentro se confirma, sería la primera visita de un presidente estadounidense a China desde el propio viaje de Trump durante su primer mandato en 2017, cuando se anunciaron compromisos de inversión por unos 250.000 millones de dólares.

El éxito o fracaso de las conversaciones técnicas actuales será una señal importante sobre el tipo de acuerdos que podrían anunciarse en esa cumbre.

El contexto internacional añade presión a las negociaciones. La volatilidad en los mercados energéticos, agravada por el conflicto con Irán y las tensiones en rutas estratégicas como el estrecho de Ormuz, aumenta la preocupación sobre el impacto económico de una escalada comercial entre Washington y Pekín.

En paralelo, Estados Unidos continúa investigando prácticas comerciales de varios socios, incluida China, bajo la llamada Sección 301, un mecanismo que podría abrir la puerta a nuevos aranceles. Desde Pekín se ha advertido que cualquier medida adicional será respondida para proteger los intereses económicos chinos. @mundiario

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