El petróleo vuelve a dictar la geopolítica: la guerra con Irán reaviva la batalla energética mundial

La escalada militar en torno al estrecho de Ormuz ha puesto de manifiesto hasta qué punto la economía global sigue dependiendo del crudo y el gas, mientras Donald Trump intenta convertir la supremacía energética de Estados Unidos en una herramienta estratégica que influye desde Oriente Próximo hasta América Latina.
Un petrolero tailandés es atacado por Irán en el estrecho de Ormuz. / RR. SS.
Un petrolero tailandés es atacado por Irán en el estrecho de Ormuz. / RR.SS

A pesar de décadas de discursos sobre transición energética, el petróleo continúa siendo uno de los motores fundamentales del poder global. La guerra que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán ha recordado con crudeza que el llamado “oro negro” sigue condicionando decisiones militares, diplomáticas y económicas en todo el planeta.

El conflicto ha tenido un impacto inmediato en los mercados energéticos. La tensión en torno al estrecho de Ormuz, paso marítimo por el que circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercia en el mundo, ha provocado fuertes sacudidas en el precio del crudo. Desde el inicio de la guerra, el barril de referencia europeo Brent ha llegado a superar los 100 dólares, un incremento cercano al 40%, mientras el precio del gas también se ha disparado en los mercados mayoristas.

El efecto se traslada rápidamente a la economía cotidiana. El encarecimiento del combustible eleva los costes del transporte, la producción agrícola y la industria, lo que termina repercutiendo en los precios que pagan los consumidores. Gobiernos de distintos países ya preparan planes de contingencia para amortiguar una crisis energética que amenaza con prolongarse.

El peso del petróleo en la economía global explica la magnitud de estas reacciones. Actualmente el mundo consume unos 105 millones de barriles diarios, aproximadamente el doble que en la década de 1970. Aunque el crudo representa hoy un porcentaje menor dentro del conjunto de la energía mundial —alrededor del 30%—, el crecimiento económico y demográfico ha mantenido su demanda en niveles récord.

En este escenario, Estados Unidos ocupa una posición privilegiada. Gracias a la expansión del fracking en la última década, el país se ha convertido en el mayor productor de petróleo y gas del planeta. Esta transformación energética ha permitido a Washington exportar millones de barriles diarios y convertirse también en el principal proveedor mundial de gas natural licuado.

Para la Administración Trump, ese liderazgo energético tiene una dimensión estratégica. El presidente ha defendido abiertamente que los altos precios del petróleo benefician a la industria estadounidense, aunque también generan presión política interna debido al impacto en el coste de la gasolina. En un país profundamente dependiente del automóvil, cualquier subida del combustible se convierte rápidamente en un problema electoral.

La política energética de Washington también se extiende a otros escenarios. La presión sobre Venezuela o las sanciones contra Cuba forman parte de una estrategia que combina intereses geopolíticos y control de recursos energéticos. El petróleo, en este sentido, continúa siendo una pieza clave en la diplomacia global.

Mientras tanto, Europa sigue enfrentándose a su propia vulnerabilidad. Tras reducir drásticamente sus importaciones de gas ruso después de la guerra de Ucrania, la Unión Europea depende cada vez más de proveedores externos, incluido Estados Unidos. Este cambio ha diversificado el suministro, pero no ha eliminado la dependencia de los combustibles fósiles.

Diversos estudios advierten de que la seguridad energética europea sigue condicionada por factores geopolíticos que escapan a su control. La mayoría de los países del bloque continúan importando una parte significativa de la energía que consumen, lo que los expone a las turbulencias del mercado global.

La historia demuestra que el petróleo ha sido un elemento recurrente en los grandes conflictos internacionales. Desde las dos guerras mundiales hasta la crisis del petróleo de 1973 o la guerra del Golfo en 1990, el control de los recursos energéticos ha influido en decisiones políticas y militares de enorme alcance.

La actual crisis en Oriente Próximo confirma que esa lógica sigue vigente. El bloqueo parcial del estrecho de Ormuz, las tensiones con Irán y la volatilidad de los precios recuerdan que, pese al avance de las energías renovables, el sistema energético mundial continúa profundamente ligado al petróleo.

La transición hacia fuentes más limpias avanza, pero sectores como el transporte aéreo, la industria química o la producción de cemento siguen dependiendo en gran medida de los combustibles fósiles. Cambiar esa estructura requiere inversiones masivas y políticas sostenidas durante décadas.

Por ahora, la guerra en Oriente Próximo ha dejado claro que el petróleo mantiene su capacidad para alterar el equilibrio internacional. En un mundo que aspira a abandonar el crudo, el combustible que impulsó el siglo XX continúa marcando el ritmo del siglo XXI. @mundiario

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