El crecimiento de la zona euro, víctima directa de la guerra comercial

La economía de la eurozona apenas creció un 0,1% en el segundo trimestre. La guerra arancelaria y un euro fuerte pasan factura.
Un trabajador industrial. / Jannoni Vergall en Pixabay.
Un trabajador industrial. / Jannoni Vergall en Pixabay.

La economía europea está pagando el precio de un conflicto que no empezó en casa. El crecimiento del 0,1% registrado entre abril y junio en la zona euro no es solo un dato técnico: es el reflejo de un continente atrapado entre la incertidumbre global y la pérdida de impulso interno. Medio año después del estallido de la guerra comercial promovida por Donald Trump, Europa confirma que su recuperación post-pandemia se ha enfriado y que el espejismo de comienzos de 2025 ha dado paso a la realidad: una desaceleración tan silenciosa como preocupante.

El segundo trimestre ha servido para evidenciar que el repunte del PIB en los tres primeros meses del año fue más una distorsión provocada por compras adelantadas desde Estados Unidos que un signo sólido de recuperación estructural. Muchos importadores estadounidenses, anticipando la entrada en vigor de aranceles del 15%, se apresuraron a adquirir productos europeos, impulsando temporalmente las exportaciones. Pero esa ola se ha deshecho en la orilla. Con los aranceles ya en vigor y una moneda europea en ascenso, los productos europeos se han vuelto más caros y menos competitivos. Resultado: la actividad se estanca o directamente cae.

Alemania, el pulmón económico de la eurozona, es quizá el ejemplo más paradigmático de esta caída del ritmo. Su modelo exportador, tan eficaz en tiempos de apertura global, ahora sufre por cada barrera que se levanta. Lo que en enero-marzo fue un tímido despegue del 0,3% ha dado paso a una contracción del 0,1% entre abril y junio. El diagnóstico es claro: el adelanto de las ventas se ha agotado, y la realidad de los aranceles ha empezado a hacer mella. Carsten Brzeski del banco ING, señala al diario El País, que la tendencia se mantendrá: la incertidumbre comercial persiste y los efectos de las medidas proteccionistas ya se sienten en el PIB.

El embate del proteccionismo estadounidense

Italia también ha recibido el golpe. Tras un arranque del año con un crecimiento similar al alemán (0,3%), ha entrado en números rojos en primavera. El patrón se repite: países con fuerte dependencia de las exportaciones a EE. UU. están sufriendo directamente el embate del proteccionismo estadounidense. El impacto es desigual, pero el mensaje es común: Europa no es inmune al fuego cruzado de las grandes potencias.

Mientras tanto, España y Portugal parecen avanzar en otra dirección. Son economías menos expuestas a Estados Unidos y más volcadas en la demanda interna, el turismo y el impulso de los fondos europeos. España crece un 0,7% y marca el ritmo más alto del bloque, con un mercado laboral en máximos históricos y una inversión sostenida. Portugal, con un 0,6%, también resiste. La moraleja es clara: diversificación, resiliencia interna y políticas públicas activas pueden amortiguar incluso las tormentas internacionales más severas.

Una tormenta de fondo que amenaza con instalarse

La guerra comercial que hoy lastra la economía europea no es un episodio aislado. Es, más bien, el síntoma de un nuevo orden económico global donde el multilateralismo pierde terreno y el America First se convierte en doctrina. Europa, construida en buena parte sobre los pilares de la apertura comercial y la cooperación internacional, tiene ante sí un desafío de calado: adaptarse a un mundo más hostil para su modelo de crecimiento.

La dependencia estructural de las exportaciones, sobre todo en países como Alemania, plantea un dilema estratégico. ¿Puede Europa seguir apostando por un modelo tan expuesto a las tensiones externas? ¿O ha llegado el momento de mirar más hacia dentro, de fortalecer su mercado interior, diversificar sus socios comerciales y reducir su vulnerabilidad ante decisiones unilaterales?

Irlanda ofrece otra dimensión del problema. Su economía, marcada por la presencia masiva de multinacionales —especialmente estadounidenses— es tan volátil como su PIB, que se dispara un 7,4% un trimestre y cae un 1% al siguiente. Aunque en términos anuales crece un 16,2%, sus datos reflejan más el comportamiento de grandes farmacéuticas que el pulso real del país. Y, como los productos fabricados allí están directamente afectados por los aranceles de EE. UU., el modelo irlandés también queda en entredicho.

La eurozona necesita algo más que buenos datos aislados. Necesita una estrategia común ante un mundo más incierto, más competitivo y menos cooperativo. El crecimiento del 0,1% en el segundo trimestre no es solo un bache coyuntural. Es una advertencia. @mundiario

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