Bruselas opta por el mal menor: ¿el acuerdo desigual con EE UU era la mejor opción?
El reciente anuncio de un acuerdo comercial entre la Unión Europea y EE UU ha generado más incomodidad que entusiasmo entre los líderes europeos. A pesar de que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo calificó como “el mayor acuerdo comercial de la historia”, lo cierto es que lo pactado con la Administración del presidente Donald Trump ha sido recibido, incluso por sus defensores, con relativa frialdad y resignación.
Con aranceles del 15% y compromisos de compra e inversión valorados en más de un billón de dólares, el pacto se presenta como una concesión significativa de Bruselas, cuyo objetivo principal ha sido evitar una guerra comercial de consecuencias impredecibles.
Lo que ha guiado a la Comisión Europea no ha sido tanto el contenido del acuerdo, claramente más favorable a Washington, sino la búsqueda de “predictibilidad”, una palabra que se ha repetido con insistencia en las declaraciones de funcionarios comunitarios. La lógica parece haber sido clara: un mal acuerdo es preferible al caos arancelario que se avecinaba.
Desde abril, la amenaza de Trump de imponer aranceles del 30% o hasta un 50% sobre productos europeos había sacudido los cimientos del comercio transatlántico. Frente a esa montaña rusa de anuncios, desmentidos y nuevas amenazas, Bruselas optó por el mal menor: firmar un acuerdo que al menos dé a las empresas europeas un marco de estabilidad sobre el que planificar.
En ese sentido, la decisión responde más a una necesidad de orden que a una apuesta estratégica. La posibilidad de una escalada arancelaria a partir del 1 de agosto aceleró el giro en Bruselas, que abandonó la vía más confrontativa, respaldada en un primer momento por figuras como la directora general de Comercio, Sabine Weyand. Sin embargo, el acuerdo resultante, sin embargo, ha dejado numerosas incógnitas: desde la falta de detalles técnicos sobre el supuesto pacto de “cero por cero” aranceles en ciertos sectores, hasta las implicaciones reales de los compromisos energéticos, agrícolas y tecnológicos.
A cambio de evitar el conflicto, la UE ha accedido a comprar 750.000 millones de dólares en productos energéticos estadounidenses —principalmente gas natural licuado— durante los próximos tres años, e invertir otros 600.000 millones en territorio estadounidense. Todo esto, sin que Washington ofreciera concesiones proporcionales. Las únicas cesiones estadounidenses tangibles han sido aplicar también el 15% de aranceles a sectores clave para algunos Estados miembros, como el automotriz (clave para Alemania), los semiconductores (para Países Bajos) y los productos farmacéuticos (para Irlanda).
Las críticas no han tardado en llegar. En Francia, la reacción ha sido particularmente dura. El primer ministro François Bayrou calificó el acuerdo de representar un “día sombrío” para Europa, mientras que otros miembros del Gobierno, como el delegado europeo Benjamín Haddad o el ministro de Comercio Exterior Laurent Saint-Martin, lo han descrito como “desequilibrado” y fruto de una “coerción económica”. La oposición, tanto de izquierda como de derecha, ha cargado aún con más fuerza, describiendo el pacto como una capitulación ante la presión estadounidense.
Hungría, por su parte, ha hecho de la crítica una oportunidad política. El primer ministro Viktor Orbán ridiculizó a Von der Leyen al afirmar que Trump “se la comió para desayunar”. Su postura, más alineada con el expresidente estadounidense que con sus colegas europeos, confirma su papel habitual como voz discordante en el bloque.
Incluso los países que han respaldado el pacto, como Alemania e Italia, han mostrado reservas. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, valoró positivamente la estabilización, pero insistió en que Europa debe “compensar las pérdidas” que el acuerdo podría provocar. El canciller alemán, Friedrich Merz, celebró el entendimiento, pero lamentó que no se hubieran introducido más facilidades para el comercio transatlántico. En todos los casos, los apoyos al pacto han llegado acompañados de advertencias o matices.
Uno de los elementos más evidentes del desenlace es la habilidad con la que Donald Trump ha leído el tablero europeo. Consciente de las divisiones internas, supo explotar los temores específicos de cada país: los alemanes, preocupados por sus exportaciones de automóviles; los irlandeses, por su industria farmacéutica; los franceses, por los productos agroalimentarios; y los países del Este, por las posibles repercusiones geopolíticas ante una reducción del apoyo por parte de Washington.
En definitiva, el acuerdo entre la UE y EE. UU. pone de relieve un hecho ineludible: en un mundo marcado por la incertidumbre, Bruselas ha preferido sacrificar posiciones económicas a corto plazo a cambio de una relativa estabilidad. Mientras tanto, Trump ha impuesto nuevamente sus términos a Europa. @mundiario


