La división europea ante el nuevo acuerdo con EE UU: entre la resignación y el escepticismo
El nuevo acuerdo comercial alcanzado entre la Unión Europea y Estados Unidos, anunciado en Escocia por el mandatario estadounidense Donald Trump y la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, ha desatado una oleada de reacciones encontradas entre los líderes europeos. Lejos de generar un cierre ordenado a meses de tensión transatlántica, el pacto ha dejado una estela de divisiones políticas y críticas de fondo tanto por su contenido como por el simbolismo que arrastra.
La Comisión Europea defiende el acuerdo, que impone un arancel general del 15%, como un mal necesario: una concesión que evita una guerra comercial abierta con la mayor potencia mundial. “Paremos por un momento para pensar en la alternativa”, sostuvo el comisario europeo de Comercio, Maros Sefcovic. “Una guerra comercial traería consecuencias serias. Con un 30% de aranceles, nuestro comercio transatlántico se detendría, poniendo en riesgo millones de empleos”.
Sin embargo, el argumento de la necesidad no ha calmado los ánimos, sobre todo en Francia, donde las críticas han sido contundentes. El primer ministro francés, François Bayrou, resumió la frustración con una frase lapidaria: “Es un día sombrío cuando una alianza de pueblos libres decide someterse”. Su mensaje, replicado en redes sociales, reflejó un sentimiento extendido en la clase política francesa, tanto desde el oficialismo como desde la oposición.
El ministro francés para Asuntos Europeos, Benjamin Haddad, calificó el acuerdo como “desequilibrado” y advirtió de que Europa ha actuado bajo “coerción económica” de Washington. Por su parte, el ministro de Comercio Exterior, Laurent Saint-Martin, fue más allá al describir el pacto como la imposición de una “ley de la selva”.
Si bien se ha destacado que el acuerdo excluye sectores sensibles de la economía francesa —como la aeronáutica, la tecnología sanitaria y las bebidas alcohólicas—, el fondo del malestar es político. Haddad advirtió de que si Europa no reacciona, “los problemas de los demás serán relativos comparados con nuestra desconexión”.
La oposición francesa no ha sido menos crítica. La líder del Reagrupamiento Nacional, Marine Le Pen, lo calificó como “un fiasco político, económico y moral”. Por su parte, el líder de Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon, habló de “insubordinación ante el imperio”.
Orbán: crítica con tono de burla
Como era previsible, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, no perdió la ocasión para cargar contra Bruselas. En su estilo provocador, ridiculizó el rol de Ursula von der Leyen: “Donald Trump se la comió para el desayuno”. Para Orbán, el acuerdo es una prueba más de la debilidad de las instituciones europeas frente a la determinación de Washington.
Sus palabras no solo responden a una crítica sustancial del pacto, sino que también encajan en su narrativa recurrente de cuestionar la autoridad de Bruselas, aun cuando eso lo acerque a los intereses del presidente estadounidense.
Apoyos, sí; pero con reservas
Pese al consenso mínimo logrado para evitar una ruptura comercial con EE UU, muchos de los líderes europeos que han respaldado el acuerdo lo han hecho sin entusiasmo.
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, fue directo en su apoyo a Bruselas, pero no evitó que su inconformidad saliera a flote. “Respaldo este acuerdo comercial, pero lo hago sin ningún entusiasmo”. Sánchez subrayó la necesidad de que Europa diversifique sus alianzas y refuerce su autonomía estratégica: “tenemos que ponernos las pilas… debemos cerrar acuerdos con bloques regionales como Mercosur”, agregó, en referencia al pacto que crearía la zona de libre comercio más grande del mundo, y cuyo mayor obstáculo es la oposición de Francia.
Por su parte, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, también valoró el acuerdo como un mal menor: “Siempre he pensado que una escalada comercial entre Europa y Estados Unidos habría tenido consecuencias imprevisibles”, señaló. No obstante, advirtió de que “todavía hay que estudiar los detalles”.
Desde Alemania, uno de los Estados miembros que más presión han ejercido para aceptar un trato con Washington lo antes posible, el canciller Friedrich Merz reconoció avances, pero no ocultó sus reservas: “Me habría gustado que se introdujeran más facilidades para el comercio transatlántico”, dijo, a la vez que destacó que el pacto al menos evitó una ruptura.
Un acuerdo sin entusiasmo
El núcleo del nuevo marco comercial es la imposición de un arancel general del 15%, un punto intermedio entre el 1,4% que regía antes de las tensiones y el 30% que EE UU amenazaba con imponer. Además, la UE se compromete a importar productos energéticos estadounidenses por un valor de 750.000 millones de dólares, lo que la Comisión ha presentado como parte del esfuerzo por reducir la dependencia energética de Rusia.
Sin embargo, incluso estas justificaciones técnicas han generado escepticismo. Para muchas capitales, el acuerdo refleja más una postura defensiva que una estrategia coherente de integración global o protección de intereses comunes.
Lejos de cerrar filas, el nuevo acuerdo comercial ha abierto una grieta en el seno de la Unión Europea. Mientras algunos gobiernos lo ven como una salida pragmática ante una amenaza mayor, otros lo perciben como una cesión inaceptable de soberanía. La falta de una visión unificada sobre cómo posicionarse frente a EE UU revela las tensiones internas de una Europa que busca equilibrio entre autonomía estratégica y realismo geopolítico. @mundiario


