La UE se blinda ante el peor caso de una guerra comercial con Trump: entre la defensa y la disuasión

El endurecimiento de las amenazas por parte de Washington y el creciente escepticismo dentro del bloque comunitario hacen que Bruselas contemple responder a los aranceles de EE UU con sus cartas bajo la manga.
Maroš Šefčovič, comisario europeo de Comercio y Seguridad Económica. / Consejo Europeo
Maroš Šefčovič, comisario europeo de Comercio y Seguridad Económica. / Consejo Europeo

La Unión Europea ha pasado de la expectativa a la prevención. A medida que se acerca el 1 de agosto —fecha límite impuesta unilateralmente por el presidente de EE UU, Donald Trump—, los Estados miembros constatan que la posibilidad de un acuerdo comercial con Washington se desvanece. La frustración ante unas negociaciones que no avanzan, las amenazas cada vez más explícitas de represalias y la dureza del lenguaje diplomático por parte de la Casa Blanca han activado en Bruselas un cambio de tono: ya no se trata solo de negociar, sino de prepararse para resistir.

Fuentes diplomáticas europeas admiten que “la situación no es satisfactoria”, y que ha llegado el momento de activar todos los mecanismos previstos ante un eventual fracaso. En términos prácticos, esto significa tener a punto la batería de represalias comerciales que la UE ha diseñado en los últimos meses, con aranceles por valor de 92.000 millones de euros a productos estadounidenses. Pero también implica considerar nuevas medidas que irían más allá del comercio de bienes, como sanciones al intercambio de servicios, restricciones a inversiones o incluso a la contratación pública, a través del llamado mecanismo anticoerción.

Este cambio de enfoque responde directamente a la última oferta estadounidense: aranceles generales entre el 15 % y el 20 % para todas las importaciones procedentes de la UE, con solo algunas excepciones para medicamentos, dispositivos médicos o determinados bienes industriales. Una propuesta que Bruselas considera inaceptable y que ha sido recibida con frialdad por los embajadores europeos en la última reunión convocada por el comisario de Comercio, Maros Sefcovic. El pesimismo cunde entre las capitales, y el margen para una salida diplomática se estrecha.

Sefcovic ha mantenido una agenda intensa de contactos con Washington, donde la figura dominante en las negociaciones es el nuevo secretario del Tesoro, Scott Bessent. Sin embargo, las declaraciones públicas de Bessent —quien afirma que se anunciarán “una oleada de acuerdos comerciales” en los próximos días, sin aclarar si incluirán a la UE— no han contribuido a calmar los ánimos. Tampoco lo ha hecho la carta enviada por Trump a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en la que amenaza con aranceles del 30 % si no se alcanza un pacto antes del 1 de agosto, acompañados de represalias si la UE responde con medidas propias.

El mecanismo anticoerción de la UE

Ese lenguaje ha sido interpretado por Bruselas como un elemento clave para que pueda activarse legalmente el mecanismo anticoerción. Este instrumento, aprobado por la UE para hacer frente a amenazas externas, abre la puerta a un abanico de sanciones mucho más amplio que los simples aranceles. Y su posible activación marca un punto de inflexión en la relación transatlántica.

El giro de Berlín ilustra hasta qué punto ha cambiado el clima político. Alemania, tradicional defensora de una relación comercial fluida con EE UU y especialmente interesada en proteger su industria automovilística, ha comenzado a endurecer su postura. Aunque el Ministerio de Economía alemán insiste en la necesidad de llegar a un acuerdo que beneficie a ambas partes, fuentes comunitarias indican que la falta de avances tangibles está llevando a una mayor alineación con las posiciones más firmes, como la que representa el presidente francés, Emmanuel Macron, que apuesta por la línea dura en una guerra comercial.

La visita de Macron al canciller alemán, Friedrich Merz, puede ser clave para visualizar el nuevo eje de resistencia frente a las amenazas de Washington. En este contexto, la UE parece decidida a enviar el mensaje de que está dispuesta a negociar, pero no a ceder bajo presión. Y si se abre la puerta a una guerra comercial, no será por falta de preparación.

La posibilidad de una guerra comercial con EE UU ya no es una hipótesis lejana para la Unión Europea, sino un escenario que toma forma ante la falta de avances y la escalada de amenazas. Bruselas, lejos de mostrarse pasiva, activa sus defensas con un enfoque estratégico: responder con firmeza y cohesión para preservar su soberanía económica. La cuenta atrás hacia el 1 de agosto no solo pone a prueba la diplomacia europea, sino su capacidad para actuar como un bloque unido ante la presión de la primera potencia mundial. @mundiario

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