Santiago de Compostela y el buen turismo

Actuación de la Tuna compostelana en los soportales del Pazo de Raxoi.  / Matías Membiela-Pollán
Actuación de la Tuna compostelana en los soportales del Pazo de Raxoi. / Matías Membiela-Pollán
Más allá de la repercusión económica, la actividad turística exhibe impactos ambientales y socioculturales, y efectos en el bienestar de los residentes del lugar.
Santiago de Compostela y el buen turismo

Hace escasos días visité la que para mí y para tantos es una ciudad hermosa, y también mágica y evocadora. Hablamos de Santiago de Compostela. El tiempo era apacible, más si lloviese la belleza no desvanecería.

Caminé sus rúas, plazas y fuentes acompañado de una amiga isleña con residencia en Ibiza. Fue ella la que exclamó una observación que me hizo recordar un estudio sobre turismo sostenible en el que tuve la suerte de participar como profesor e investigador de la Universidade da Coruña. Margarita, que así se llama, expresó que en Compostela se respira(ba) un ambiente pacífico que le era en extremo agradable. Lo paradójico es que las calles del casco antiguo ya cuentan estos días con una notable presencia de turistas y peregrinos. Pero este hecho sirvió para que ella misma contrapusiese el turismo cultural y religioso con aquel que en cierto modo acaece y experimenta en su lugar de origen; no siendo en cualquier caso nuestra intención la de generalizar.

Dejando a un lado el impacto de la pandemia de la Covid-19, cabe indicar que en España y en 2019 el turismo representó el 12,9% del PIB y el 12,4% del empleo. Sin embargo, y más allá de esta repercusión económica, la actividad turística exhibe también impactos ambientales y socioculturales, y efectos en el bienestar y la felicidad de los residentes del lugar. Por todo ello, el desarrollo turístico lleva implícito la necesidad de implantar procesos sostenibles y abogar por el crecimiento de nuevas formas de turismo consciente y responsable (Rodríguez-Vázquez et al., 2018).

Ya fuese sentados en un café-restaurante próximo a la plaza de Fonseca y degustando una copa fría de vino blanco; ya fuese transitando la plaza del Obradoiro con una resplandeciente Catedral, y con los soportales del Pazo de Raxoi animados por la actuación de la Tuna al anochecer: la atmósfera percibida era más “relacional y amable” que “posicional y competitiva”. El sentir era de cohesión, de identidad compartida y de paz.

Una paz que no se altera, salvo rara excepción, para el nativo de la ciudad, porque el turismo cultural y religioso del que hablamos, tal y como por otra parte establece la literatura académica, es preferido a otras tipologías específicas que las veces son agresivas para con la atmósfera social y medioambiental del emplazamiento en cuestión. @mundiario

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