Las altas temperaturas pueden aumentar las probabilidades de mordidas de perros

Un estudio asegura que la incidencia de ataques de perros aumenta un 4 % en días calurosos y hasta un 11 % cuando hay mayores niveles de radiación ultravioleta.

Un hombre paseando a un perro. / Mundiario
Un hombre paseando a un perro. / Mundiario

El perro, considerado desde siempre como el mejor amigo del hombre, es la mascota más común y ha estado a nuestro lado a partir del inicio de su domesticación, probablemente hace unos 16.000 años. Sin embargo, todavía hay mucho que desconocemos acerca de nuestros compañeros caninos, e incluso cómo nuestro comportamiento (inconscientemente o no) los afecta, pero también cómo el ambiente tiene algo que decir en ello.

La revista Scientific Reports ha publicado una investigación que sostiene que, en los días con temperaturas más altas y las jornadas más soleadas, aumentan las posibilidades de que un perro termine mordiendo a una persona. Estudios anteriores ya habían documentado que en tiempos más calurosos y ambientes con niveles más altos de contaminación atmosférica podían asociarse con un aumento en la agresividad en humanos, macacos Rhesus, ratones y ratas; pero ahora el foco está puesto sobre el mayor animal de compañía. Las personas incluso tienen una tendencia a cometer crímenes violentos en esos días, según apuntan los autores.

En el estudio se han analizado los datos de mordeduras de perro en ocho grandes ciudades estadounidenses entre 2009 y 2018, con casi 70.000 casos reportados que se consiguieron a través de repositorios de acceso público registrados por las autoridades de control animal en: Dallas, Houston, Baltimore, Baton Rouge, Chicago, Louisville, Los Ángeles y Nueva York. Los resultados demuestran que la incidencia de mordeduras aumentó un 4 % en los días más calurosos, un 11 % cuando la radiación ultravioleta (UV) era más alta y hasta un 3 % cuando suben los niveles de ozono.  

La investigación concluyó que se registraron en promedio tres mordeduras de perro cada día, y que la incidencia de casos disminuía ligeramente (apenas 1 %) en los días lluviosos. El autor principal de este estudio, Clas Linnman, sostiene en que la explicación de que los animales sean más propensos en días de calor tendría que ver en que las altas temperaturas provocan más estrés en los caninos, aunque también apunta al comportamiento que tendrían los humanos con los perros cuando están estresados.

Las mordidas de perro se disparan con mayor radiación ultravioleta

Según El País, que cita a la etóloga y profesora de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), Stefania Pineda, concuerda con los autores de la investigación y añade que en los días calurosos hay más personas en la calle, por lo que solemos interactuar más con los animales, lo que puede estresarlos aún más y derivar en un ataque. “El estrés calórico les causa ansiedad y se traduce en agresividad”, sostiene la especialista en comportamiento animal.

La investigación también toma en cuenta que los días en que la radiación ultravioleta se dispara, ocurre lo mismo con las mordidas de perro. Linman no establece una causa concreta, pero junto a su equipo citan varias investigaciones que apuntan a que los rayos ultravioletas influyen en el volumen de dopamina que produce el cuerpo estriado, una región del cerebro involucrada en las funciones cognitivas y en la regulación del movimiento. “Puede haber un vínculo con la sensibilidad de los sistemas de recompensa a las acciones a corto plazo”, explica el investigador.

Los autores también destacan cómo en los fines de semana se produjeron en promedio menos mordeduras que en el resto de los días. Linman asevera que podría deberse a que tanto los perros como las personas pasan más tiempo juntos que en los días laborales, cuando los humanos se estresan por tareas cotidianas y los canes por permanecer usualmente un buen tiempo solos. Dado que en los fines de semana se acostumbra a pasar más tiempo juntos, todos pasan el rato en actividades placenteras, emocionantes, recreativas o más tranquilas que ayudan a la relajación.

Uno de los límites de la investigación que destacan los propios autores es que los datos consultados no había datos del perro como la raza, la edad, género, estado de castración o de estilización; así como tampoco había información de la persona atacada, por lo que también se desconoce la gravedad del ataque, la edad y género del ser humano, la familiaridad que tienen con el perro o las interacciones previas a la mordedura. Sin embargo, destacan que la raza del can no influye en su comportamiento. @mundiario

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