Virus tropicales en expansión: el precio de ignorar el cambio climático
El verano ya no solo trae calor, turismo y festivales. También abre la puerta a virus tropicales que, impulsados por el cambio climático y la globalización, se abren paso hacia el norte. Chikungunya, dengue, virus del Nilo o fiebre hemorrágica de Crimea-Congo ya no son nombres exóticos de enfermedades lejanas: son una amenaza real para la salud pública española. Lo dicen los científicos, lo muestran los datos y, sin embargo, las autoridades miran hacia otro lado.
El aviso es rotundo y viene de quien más sabe: la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (SEIMC), que ha aprovechado su congreso nacional en Málaga para lanzar una advertencia clara y urgente. España no está preparada para los brotes de enfermedades tropicales que ya se están instalando en el territorio. Y esto, más que una predicción, es una certeza. No se trata de alarmismo, sino de prevención. Pero prevenir exige ver venir, y España parece decidida a no mirar.
En 2024 se registraron más de 300 casos autóctonos de dengue en Europa —ocho en España—. No son turistas infectados en el extranjero: son ciudadanos que han contraído el virus en casa. El mosquito tigre, que transmite no solo dengue, sino también chikungunya y zika, está ya asentado en la cuenca mediterránea. Y no viene solo: el virus del Nilo avanza gracias a un viejo conocido, el mosquito común, que encuentra en nuestros inviernos suaves y veranos extremos un hábitat ideal. El cambio climático no es una teoría: es un caldo de cultivo.
Ante este escenario, cabría esperar una respuesta coordinada, inversión en sanidad, formación específica y vigilancia epidemiológica. Pero lo que se tiene es otra cosa: servicios de microbiología cerrados por las noches en el 40% de los hospitales grandes, una especialidad de enfermedades infecciosas que sigue sin ser reconocida oficialmente en España —el único país europeo en esta situación— y un sistema sanitario que responde a brotes con lentitud desesperante. Los especialistas, literalmente, no tienen papeles, así lo denuncian.
Se multiplica la vulnerabilidad
No se trata solo de dotar a los hospitales de más recursos, sino de comprender que estas enfermedades han llegado para quedarse. La fiebre del Nilo mató a 20 personas el pasado año en España. Y eso solo entre quienes desarrollaron los síntomas más graves. El 80% de los casos pasa desapercibido, lo que multiplica la vulnerabilidad. La fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, traída por garrapatas infectadas a través de aves migratorias, dejó tres muertos en 2023. Y el chikungunya, que arrasó América Latina tras su llegada en 2013, ya es endémico allí. En España, solo es cuestión de tiempo.
Esta es una batalla de salud pública que no se puede ganar sin planificación, ciencia y voluntad política. Porque aunque no podemos frenar el cambio climático a corto plazo, sí podemos desacelerar su impacto sanitario. Vigilancia de mosquitos, control de aguas estancadas, protección frente a picaduras, formación médica y respuesta diagnóstica rápida no son lujos: son escudos.
Es hora de dejar de tratar estas enfermedades como rarezas exóticas. Son parte de nuestra realidad, una consecuencia directa de nuestras acciones globales. Ignorarlas es tan peligroso como abrir las puertas al enemigo y esperar que no entre. Y ya ha entrado.
Mientras el mosquito tigre se instala en las ciudades, la sanidad pública necesita algo más que buenas intenciones. Necesita conciencia, inversión y preparación. Porque el próximo brote no es una posibilidad: es una fecha aún por concretar. @mundiario



