Gedeón, orgulloso de sus dotes de convicción, atormentaba a todo el mundo
Con su ausencia se produjo un gran vacío en el pueblo. Parecía como si la mitad de la población hubiera emigrado. Su lugar en un banco lo ocupaban ahora tres beatas.
El niño Gedeón fue como un gran regalo caído del cielo. Se hizo esperar. Mucho. Demasiado. Llevaban sus padres veinte años intentándolo, cuando una noche después de una jornada de varear aceitunas, prendió la llama. Pasaron los meses. Fortunata, la madre, estaba muy preocupada. Sus comadres le decían que podría medir el vigor del chiquejo según fueran las patadas que le propinara. Ella les respondía que muchas y muy fuertes, pero no era cierto. No llegaban a patadas porque eran como aleteos de mariposa que, como mucho, le hacían cosquillas.
Diez meses largos pasaron desde la noche de la aceituna hasta que Gedeón dio muestras de querer salir. Tardó dos días enteros y su madre estaba tan exhausta y aburrida que se quedó sorprendida cuando, por fin, se encontró con un bulto sonrosado entre las piernas. La partera lo agarró con esfuerzo. Calculó que pesaría sus buenos seis kilos: como un gorrino pequeño y pensó que estaba muerto, porque no lloraba. Se dio la vuelta dispuesta a ocultárselo a la infortunada Fortunata, cuando el gorrinillo abrió la boca en un bostezo descomunal y se acomodó mejor, dispuesto a seguir durmiendo.
Gedeón se convirtió en la alegría de aquellos padres-abuelos que, dentro de sus posibles, le daban todo lo que pedía. Claro que no les habría quedado otro remedio, porque el angelote era tan terco como una mula. Desde que nació fue lento de movimientos –que no de cabeza- y los bocadillos de panceta –su obsesión- no ayudaron a incrementar la ligereza. En los partidos de fútbol de la escuela siempre le pedían que hiciese de balón. En la clase de gimnasia –que odiaba- atormentó de tal forma al maestro con su lentitud que finalmente consiguió su propósito: quedar arrinconado y olvidado de todos mientras saboreaba sus deliciosos bocadillos.
Pasaron los años y el gorrinillo se fue convirtiendo en un cerdo, de brazos y piernas como jamones y dedos como morcillas, tan terco como una mula y tan pesado como el plomo. Y se empleó tan bien y tan a fondo que consiguió lo impensable: que le pagasen por no hacer nada. Hartos de sus visitas, en el ayuntamiento acabaron por darle la concejalía de mantenimiento y buena forma física para perderle de vista.
Las mozas le interesaban poco. Si acaso alguna de muslos poderosos y pechuga rebosante, pero como el cortejo requería mucho paseo calle arriba, calle abajo decidió que no merecía la pena tanto esfuerzo. Y así, llegó soltero a los cuarenta. El de la aceituna había pasado a mejor vida, pero quedaba Fortunata que, aunque ya muy anciana le atendía estupendamente. El día en que la buena mujer sufrió un infarto comprendió su equivocación con los bocadillos de panceta, porque Gedeón no llegó a tiempo de avisar al médico y ya no lo pudo contar.
Y Gedeón se quedó solo en la casa vacía. Cuando todos los platos de la despensa estuvieron sucios y amontonados en el fregadero, y no lo quedó ni una muda limpia que ponerse, empezó a plantearse cuál sería su próximo paso. Como aquello le apremiaba, no tardó en decidirse. La señorita Luisa, la hija solterona del cacique del pueblo se situó en su punto de mira. Era enteca y estaba un tanto pasada de años, pero a él aquello le daba igual. Y como la señorita Luisa no quería quedarse para vestir santos no se fijó demasiado en la abundancia de Gedeón. Y como el cacique estaba harto de ver aquella sombra bisbiseante recorrer como un fantasma los pasillos de su casa, miró hacia otro lado y no reparó en todo lo que adornaba a Gdeón.
Y se casaron. Aunque no hubiera podido decirse que fueran felices, porque ninguno de los dos tenía demasiada capacidad para serlo. La señora Luisa continuó con sus bisbiseos y Gedeón, orgulloso de sus dotes de convicción, siguió atormentando a todo el mundo.
Un día, mientras daba uno de sus escasísimos paseos, se encontró junto al paso a nivel sin barreras que había en el pueblo. Oyó a lo lejos el pitido de la locomotora que se acercaba, pero no se arredró y siguió con su paso cansino y bamboleante: estaba convencido de que tendría tiempo de atravesar la vía. Y si no, el tren se detendría. Seguro.
Nadie lo vio. La gente que más tarde pasó por allí pensó que alguno de los cerdos de la pocilga vecina se habría escapado. ¡pobre animal, qué destrozo! Exclamaron. Solo cuando doña Luisa denunció en el cuartelillo la desaparición de Gedeón, alguien cayó en la cuenta de que junto a aquella chacinería había algún trozo de tela, que la señora reconoció como la camisa de Gedeón.
Con su ausencia se produjo un gran vacío en el pueblo. Parecía como si la mitad de la población hubiera emigrado. Su lugar en el banco de la iglesia lo ocupaban ahora tres beatas. Y el alcalde, satisfecho por poder embolsarse los dineros de la concejalía de mantenimiento y buena forma física, hizo que colocaran una placa en la casa natal de Gedeón, que decía: “Aquí nació Gedeón, el hijo más grande de Taleguilla de la Sierra. Una locomotora nos lo arrebató por no querer escucharle. Descanse en paz y San Pedro también (si puede)”.
Y todo el pueblo aplaudíó muchísimo, aunque a la señora Luisa el texto no le agradó demasiado.