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  <title><![CDATA[MUNDIARIO :: RSS de «Yolanda Maurelo Escudero»]]></title>

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    <description><![CDATA[MUNDIARIO | Primer periódico global de análisis y opinión]]></description>
    <lastBuildDate>Thu, 04 Jun 2026 01:14:19 +0200</lastBuildDate>
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      <title><![CDATA[MUNDIARIO :: RSS de «Yolanda Maurelo Escudero»]]></title>
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  <title><![CDATA[Hasta que no haya nada que me recuerde aquel maldito último carnaval...]]></title>
      <category><![CDATA[SOCIEDAD]]></category>
    <link>https://www.mundiario.com/articulo/sociedad/viejo-carnaval-vermut-blanco-y-mascaras/20140326221138016637.html</link>
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  <pubDate>Wed, 23 Apr 2014 01:49:43 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Yolanda Maurelo Escudero]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[<p>Mientras contempla unas&nbsp; m&aacute;scaras, una anciana recuerda con nostalgia y despecho otro Carnaval que cambi&oacute; su vida para siempre m&aacute;s de medio siglo atr&aacute;s...</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><em>Mientras contempla unas&nbsp; m&aacute;scaras, una anciana recuerda con nostalgia y despecho otro Carnaval que cambi&oacute; su vida para siempre m&aacute;s de medio siglo atr&aacute;s...</em></p>

<p>&nbsp;</p>

<p><u style="font-size: 13px; line-height: 1.6;">Absurdos siempre</u></p>

<p>Apur&eacute; mi vaso y te mir&eacute;. Estabas sentado frente a m&iacute;, tu rostro impasible como una m&aacute;scara y me rehu&iacute;as la mirada. No quer&iacute;as decirme lo que te quemaba en la lengua: Que ya estaba bien. Que iba por el tercer vermut blanco en menos de una hora. Pero, &iexcl;qu&eacute; quieres!, el vermut ayudaba. Ayudaba a que aquella multitud absurda y gesticulante me dejara indiferente. T&uacute; les contemplabas a trav&eacute;s de la ventana del mirador, mientras que yo, con toda intenci&oacute;n, hab&iacute;a girado la butaca y fijaba la vista en el hielo que se derret&iacute;a lentamente en el vaso acompa&ntilde;ando a una aceituna solitaria.</p>

<p>El mirador&hellip;&iexcl;cu&aacute;ntos recuerdos! y cuantas veces nos escondimos de ni&ntilde;os pensando que aquella era nuestra fortaleza , donde nadie ser&iacute;a capaz de descubrirnos. Donde nos descubrimos en aquel maldito &uacute;ltimo carnaval.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><u>Ocultos tras caretas</u></p>

<p>Era el d&iacute;a grande de las Carnestolendas. El ba&uacute;l del desv&aacute;n me hab&iacute;a prestado mil maravillas y me sent&iacute;a una reina porque sab&iacute;a que me encontrar&iacute;a contigo en la calle, en el lugar convenido. Dos m&aacute;scaras m&aacute;s entre la multitud y nos perder&iacute;amos y huir&iacute;amos a alguna parte donde fuera posible que estuvi&eacute;ramos juntos. Donde nadie sospechara que yo era hija de amo y t&uacute; de criada.</p>

<p>Llov&iacute;a. Llov&iacute;a a raudales sobre mi vestido de reina y las l&aacute;grimas se me deslizaban por las mejillas. Lloraba la m&aacute;scara y sus l&aacute;grimas rojas dejaban una huella sangrienta en mi vestido de reina.</p>

<p>&iquest;Fue cobard&iacute;a? Me juraste que no, pero eso fue mucho m&aacute;s tarde, casi al otro lado de la vida.</p>

<p>&nbsp;</p>

<p><u>Mundo ajeno</u></p>

<p>A&ntilde;os vac&iacute;os, yermos. Los emple&eacute; en cumplir con lo que se esperaba de m&iacute;: cas&eacute; con el hombre adecuado, par&iacute; los hijos necesarios para perpetuar apellidos y negocios de familia. Serv&iacute; de adorno en reuniones y festejos. Fui la anfitriona perfecta. A&ntilde;os vac&iacute;os en un mundo ajeno.</p>

<p>Y luego un d&iacute;a, por fin, regres&eacute; a la casa. Y all&iacute;, desde el mirador, como en una atalaya, volv&iacute; a contemplar las calles de mi ni&ntilde;ez. Y cre&iacute;a verte corriendo con otros chavales mientras tocabas los timbres de los portales y sal&iacute;as huyendo. Hasta que un d&iacute;a te hall&eacute;. Ya no eras el muchacho erguido que yo recordaba. La juventud te hab&iacute;a abandonado, lo mismo que a m&iacute;.</p>

<p>Entonces fue cuando me lo juraste. Y escog&iacute; creerte. Y regresamos a nuestra fortaleza, a nuestro mirador donde nadie ser&iacute;a capaz de descubrirnos.</p>

<p>T&uacute; y yo y nuestro vermut blanco. S&iacute;, no digas nada y s&iacute;rveme otro m&aacute;s. Hasta que todo est&eacute; en calma. Hasta que no haya nada que me recuerde aquel maldito &uacute;ltimo carnaval.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Hasta que no haya nada que me recuerde aquel maldito último carnaval...]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Máscaras de Carnaval. / Facebook]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Máscaras de Carnaval. / Facebook]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Gedeón, orgulloso de sus dotes de convicción, atormentaba a todo el mundo]]></title>
      <category><![CDATA[SOCIEDAD]]></category>
    <link>https://www.mundiario.com/articulo/sociedad/gedeon-orgulloso-dotes-conviccion-atormentaba-todo-mundo/20140301220930015712.html</link>
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  <pubDate>Sat, 1 Mar 2014 22:19:04 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Yolanda Maurelo Escudero]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[<p>Con su ausencia se produjo un gran vac&iacute;o en el pueblo. Parec&iacute;a como si la mitad de la poblaci&oacute;n hubiera emigrado. Su lugar en un banco&nbsp;lo ocupaban ahora tres beatas.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-size: 13px; line-height: 1.6em;">E</span><span style="font-size: 13px; line-height: 1.6em;">l ni&ntilde;o G</span><span style="font-size: 13px; line-height: 1.6em;">ede&oacute;n fue como un gran regalo ca&iacute;do del cielo. Se hizo esperar. Mucho. Demasiado. Llevaban sus padres veinte a&ntilde;os intent&aacute;ndolo, cuando una noche despu&eacute;s de una jornada de varear aceitunas, prendi&oacute; la llama. Pasaron los meses. Fortunata, la madre, estaba muy preocupada. Sus comadres le dec&iacute;an que podr&iacute;a medir el vigor del chiquejo seg&uacute;n fueran las patadas que le propinara. Ella les respond&iacute;a que muchas y muy fuertes, pero no era cierto. No llegaban a patadas porque eran como aleteos de mariposa que, como mucho, le hac&iacute;an cosquillas.</span></p>

<p>Diez meses largos pasaron desde la noche de la aceituna hasta que Gede&oacute;n dio muestras de querer salir. Tard&oacute; dos d&iacute;as enteros y su madre estaba tan exhausta y aburrida que se qued&oacute; sorprendida cuando, por fin, se encontr&oacute; con un bulto sonrosado entre las piernas. La partera lo agarr&oacute; con esfuerzo. Calcul&oacute; que pesar&iacute;a sus buenos seis kilos: como un gorrino peque&ntilde;o y pens&oacute; que estaba muerto, porque no lloraba. Se dio la vuelta dispuesta a ocult&aacute;rselo a la infortunada Fortunata, cuando el gorrinillo abri&oacute; la boca en un bostezo descomunal y se acomod&oacute; mejor, dispuesto a seguir durmiendo.</p>

<p>Gede&oacute;n se convirti&oacute; en la alegr&iacute;a de aquellos padres-abuelos que, dentro de sus posibles, le daban todo lo que ped&iacute;a. Claro que no les habr&iacute;a quedado otro remedio, porque el angelote era tan terco como una mula. Desde que naci&oacute; fue lento de movimientos &ndash;que no de cabeza- y los bocadillos de panceta &ndash;su &nbsp;obsesi&oacute;n- no ayudaron a incrementar la ligereza. En los partidos de f&uacute;tbol de la escuela siempre le ped&iacute;an que hiciese de bal&oacute;n. En la clase de gimnasia &ndash;que odiaba- atorment&oacute; de tal forma al maestro con su lentitud que finalmente consigui&oacute; su prop&oacute;sito: quedar arrinconado y olvidado de todos mientras saboreaba sus deliciosos bocadillos.</p>

<p>Pasaron los a&ntilde;os y el gorrinillo se fue convirtiendo en un cerdo, de brazos y piernas como jamones y dedos como morcillas, tan terco como una mula y tan pesado como el plomo. Y se emple&oacute; tan bien y tan a fondo que consigui&oacute; lo impensable: que le pagasen por no hacer nada. Hartos de sus visitas, en el ayuntamiento acabaron por darle la concejal&iacute;a de mantenimiento y buena forma f&iacute;sica para perderle de vista.</p>

<p>Las mozas le interesaban poco. Si acaso alguna de muslos poderosos y pechuga rebosante, pero como el cortejo requer&iacute;a mucho paseo calle arriba, calle abajo decidi&oacute; que no merec&iacute;a la pena tanto esfuerzo. Y as&iacute;, lleg&oacute; soltero a los cuarenta. El de la aceituna hab&iacute;a pasado a mejor vida, pero quedaba &nbsp;Fortunata que, aunque ya muy anciana &nbsp;le atend&iacute;a estupendamente. El d&iacute;a en que la buena mujer sufri&oacute; un infarto comprendi&oacute; su equivocaci&oacute;n con los bocadillos de panceta, porque Gede&oacute;n no lleg&oacute; a tiempo de avisar al m&eacute;dico y ya no lo pudo contar.</p>

<p>Y Gede&oacute;n se qued&oacute; &nbsp;solo en la casa vac&iacute;a. Cuando todos los platos de la despensa estuvieron sucios y amontonados en el fregadero, y no lo qued&oacute; ni una muda limpia que ponerse, empez&oacute; a plantearse cu&aacute;l ser&iacute;a su pr&oacute;ximo paso. Como aquello le apremiaba, no tard&oacute; en decidirse. La se&ntilde;orita Luisa, la hija solterona del cacique del pueblo se situ&oacute; en su punto de mira. Era enteca y estaba un tanto pasada de a&ntilde;os, pero a &eacute;l aquello le daba igual. Y como la se&ntilde;orita Luisa no quer&iacute;a quedarse para vestir santos no se fij&oacute; demasiado en la abundancia de Gede&oacute;n. &nbsp;Y como el &nbsp;cacique estaba harto de ver aquella sombra bisbiseante recorrer como un fantasma los pasillos de su casa, mir&oacute; hacia otro lado y no repar&oacute; en todo lo que adornaba a Gde&oacute;n.</p>

<p>Y se casaron. Aunque no hubiera podido decirse que fueran felices, porque ninguno de los dos ten&iacute;a demasiada capacidad para serlo. La se&ntilde;ora Luisa continu&oacute; con sus bisbiseos &nbsp;y Gede&oacute;n, orgulloso de sus dotes de convicci&oacute;n, sigui&oacute; atormentando a todo el mundo.</p>

<p>Un d&iacute;a, mientras daba uno de sus escas&iacute;simos paseos, se encontr&oacute; junto al paso a nivel sin barreras que hab&iacute;a en el pueblo. Oy&oacute; a lo lejos el pitido de la locomotora que se acercaba, pero no se arredr&oacute; y sigui&oacute; con su paso cansino y bamboleante: estaba convencido de que tendr&iacute;a tiempo de atravesar la v&iacute;a. Y si no, el tren se detendr&iacute;a. Seguro.</p>

<p>Nadie lo vio. La gente que m&aacute;s tarde pas&oacute; por all&iacute; pens&oacute; que alguno de los cerdos de la pocilga vecina se habr&iacute;a escapado. &iexcl;pobre animal, qu&eacute; destrozo! Exclamaron. Solo cuando do&ntilde;a Luisa denunci&oacute; en el cuartelillo la desaparici&oacute;n de Gede&oacute;n, alguien cay&oacute; en la cuenta de que junto a aquella chaciner&iacute;a hab&iacute;a alg&uacute;n trozo de tela, que la se&ntilde;ora reconoci&oacute; como la camisa de Gede&oacute;n.</p>

<p>Con su ausencia se produjo un gran vac&iacute;o en el pueblo. Parec&iacute;a como si la mitad de la poblaci&oacute;n hubiera emigrado. Su lugar en el banco de la iglesia lo ocupaban ahora tres beatas. Y el alcalde, satisfecho por poder embolsarse los dineros de la concejal&iacute;a de mantenimiento y buena forma f&iacute;sica, hizo que colocaran una placa en la casa natal de Gede&oacute;n, que dec&iacute;a: &ldquo;Aqu&iacute; naci&oacute; Gede&oacute;n, el hijo m&aacute;s grande de Taleguilla de la Sierra. Una locomotora nos lo arrebat&oacute; por no querer escucharle. Descanse en paz y San Pedro tambi&eacute;n (si puede)&rdquo;.</p>

<p>Y todo el pueblo aplaud&iacute;&oacute; much&iacute;simo, aunque a la se&ntilde;ora Luisa el texto no le agrad&oacute; demasiado.</p>

<p>&nbsp;</p>
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        <media:title><![CDATA[Gedeón, orgulloso de sus dotes de convicción, atormentaba a todo el mundo]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Un tren.]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Un tren.]]></media:description>
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