Galicia, la puerta de la cocaína: el ocaso del narco gallego ante su relevo por extranjeros
Hace ya más de cuatro décadas que Galicia fue señalada como uno de los epicentros del narcotráfico en Europa. Sus casi 1.500 kilómetros de costa abrupta, plagada de calas recónditas, y una tradición de contrabando muy arraigada, convirtieron a esta esquina del noroeste peninsular en una autopista marítima para el tráfico de drogas.
Hoy, aquella estructura casi artesanal liderada por clanes locales está siendo arrinconada por organizaciones más globalizadas y profesionales como ciertas mafias albanesas, cárteles sudamericanos y grupos criminales del norte de África y del Este de Europa que no solo han tomado el control de la cocaína, sino que han desplazado al narco gallego a un papel secundario.
La historia parece repetirse, de otra manera, mientras todavía quedan gallegos en el banquillo.
Del tabaco al polvo blanco
Antes de que la cocaína surcara las rías gallegas, lo hacía el tabaco de contrabando. Durante los años 70 y principios de los 80 del siglo paado, la economía sumergida del litoral gallego se sostenía en buena parte gracias al desembarco de fardos de tabaco rubio procedente de EE UU y de contrabando desde Portugal.
De aquella, no era delito y era rentable: ofrecía beneficios rápidos sin apenas riesgos. Fue un fenómeno tolerado –e incluso legitimado socialmente– en un contexto de crisis industrial y ausencia de alternativas laborales. “Casi cualquier pescador, mariscador o transportista acabó participando en aquello”, recuerda Nacho Carretero, autor de Fariña, el libro que popularizó esta historia dentro y fuera de España al hilo de una serie de televisión.
Ese escenario fue el caldo de cultivo ideal para lo que vendría después: la entrada de la cocaína colombiana a finales de los años 70. Los cárteles sudamericanos, en plena expansión internacional, vieron en Galicia una oportunidad. Y encontraron a los intermediarios perfectos: contrabandistas gallegos curtidos, conocedores del terreno y con una infraestructura sólida, dispuestos a cambiar el tabaco por algo más lucrativo. Uno de ellos era José Ramón Prado Bugallo, alias Sito Miñanco.
La generación perdida
Sito Miñanco simboliza el salto del contrabando al narcotráfico. Pescador reconvertido en empresario, amasó una fortuna inmensa y se convirtió en una leyenda viva del narcotráfico español. El dinero que generó la cocaína transformó los pequeños pueblos de la impresionante ría de Arousa. Vilagarcía, Vilanova, Ribadumia, Cambados o a Illa de Arousa vieron crecer urbanizaciones de lujo, negocios sospechosamente prósperos y concesionarios de coches deportivos. El Cambados, equipo local, ascendió meteóricamente de categoría gracias al talonario de su nuevo patrón.
Pero con la bonanza llegó el reverso más oscuro: el aumento de la drogodependencia, la violencia y una juventud atrapada en la espiral del polvo blanco. Fue lo que Carmen Avendaño, madre de toxicómanos y activista, bautizó como una “generación perdida”. La respuesta del Estado tardó en llegar, pero llegó.
La Operación Nécora y el espejismo del fin
El 12 de junio de 1990, la Operación Nécora sacudió los cimientos del narcotráfico gallego. Más de 300 agentes detuvieron a medio centenar de personas, entre ellas varios históricos del negocio, aunque no a Sito Miñanco, que tardó varios meses en ser apresado. Fue el inicio de una ofensiva judicial sin precedentes, dirigida por el juez Baltasar Garzón, que sentó en el banquillo a los principales capos gallegos.
Nécora marcó un antes y un después. Pero no significó el fin del narcotráfico. El negocio se adaptó. Cambiaron los nombres, se sofisticaron los métodos y se hizo más invisible. Lo resumió bien el periodista Nacho Carretero en la BBC: “El narco gallego sigue ahí, pero de forma opaca, discreta, casi indetectable”.
La ofensiva de los Balcanes
Hoy, esa estructura discreta está siendo invadida por organizaciones mucho más eficaces. La llamada “superproducción desbocada” de cocaína en Colombia ha reducido los precios a la mitad, obligando a los traficantes a competir con márgenes más bajos y redes más complejas. Y en esa competición, los grupos gallegos –envejecidos, mermados, sin recambio generacional– llevan las de perder.
Según fuentes policiales, solo quedan operativas en Galicia unas cuatro organizaciones con capacidad real para mover alijos. Lo hacen colaborando con redes internacionales, en particular con las mafias albanesas del llamado Clan de los Balcanes, que han tomado el control del transporte, la distribución y, cada vez más, incluso de la logística costera, pilotando sus propias planeadoras por la ría de Arousa.
Este desembarco extranjero ambiciona la corrupción institucional, en busca de complicidades en puertos, aduanas y cuerpos de seguridad. Nada que no se hubiera visto años antes. Hay dudas sobre si esta corrupción es anecdótica o estructural, con sobornos para los que no falta el dinero.
Sito MIñanco, juzgado de nuevo
Mientras tanto, Sito Miñanco, el gran capo de la vieja guardia, sigue aferrado a su trono. A sus 69 años, y tras múltiples entradas y salidas de prisión, se encuentra en libertad vigilada mientras espera sentencia del macrojuicio de la Operación Mito. La Fiscalía le pidió 31 años y medio de cárcel por introducir casi cuatro toneladas de cocaína y blanquear más de 11 millones de euros.
Este juicio, que concluyó en marzo de 2025 tras cuatro meses de vistas, podría ser el último acto de un protagonista que se resiste a la jubilación, pero que ya opera desde la sombra de su leyenda, con un modelo de negocio ahora ya en declive.
¿Un relevo sin territorio?
La gran pregunta es si Galicia puede perder su papel como puerta atlántica de entrada de la droga. La respuesta es ambivalente. Por un lado, la infraestructura sigue ahí: puertos, rías, lancheros, una orografía favorable y una experiencia acumulada que no se borra de un día para otro. Por otro, los nuevos actores internacionales, mucho más profesionalizados, están ocupando ese espacio. Y lo están haciendo con sus propios métodos, sin necesidad de intermediarios locales.
Lo que parece seguro es que el narcotráfico en Galicia ha dejado de tener rostro gallego. El viejo narco, con sus códigos, su clientelismo local y su aura de patrón protector, es ya un anacronismo. En su lugar emergen redes transnacionales, con tentáculos en medio mundo y sin ninguna nostalgia por las viejas rías ni sus capos de otra época. Obviamente, el gran mercado tampoco está en Galicia, sino en la Europa más rica.
Galicia sigue siendo clave en el mapa del narcotráfico europeo, pero ya no manda. Todo parece indicar que observa, ejecuta tareas secundarias y cede protagonismo ante un nuevo orden global del crimen organizado. La historia que empezó con contrabandistas de tabaco ha entrado en una nueva era, mucho más oscura, en la que los viejos clanes gallegos, aunque aún presentes, ya no dictan las reglas del juego. @mundiario


