Cinco universidades españolas se cuelan entre las 100 mejores de Europa
España vuelve a asomar la cabeza en el mapa universitario europeo. Cinco de sus universidades figuran entre las 100 mejores de Europa según el QS World University Rankings: Europe 2026, uno de los tres grandes índices internacionales que miden el desempeño de la educación superior. El dato, celebrado en los rectorados, es también un espejo incómodo: el sistema universitario español brilla por su capacidad de atraer estudiantes y la empleabilidad de sus graduados, pero avanza con freno de mano en el terreno que más pesa en los rankings globales: la investigación.
En un listado que analiza 958 universidades de 42 países a partir de 12 indicadores —desde la ratio profesor-alumno hasta las citas científicas o la reputación entre empleadores—, España logra situarse como quinta potencia europea, con 62 universidades clasificadas, solo por detrás de Reino Unido, Alemania, Francia e Italia. Un volumen notable que, sin embargo, contrasta con la posición real de sus mejores centros.
La Universidad de Barcelona lidera la representación nacional en el puesto 60, seguida de la Universidad Autónoma de Barcelona (68), la Universidad Autónoma de Madrid (71), la Universidad Complutense de Madrid (78) y la Universidad Pompeu Fabra (99). Cinco nombres que sostienen la bandera española en el top 100 europeo y confirman una realidad: hay talento, hay prestigio y hay demanda internacional. Pero también hay límites.
Aparecer en estos rankings no es solo una cuestión de orgullo académico. Supone atraer estudiantes de máster y doctorado, captar investigadores visitantes, facilitar acuerdos internacionales y, en muchos casos, justificar financiación. Por eso, cuando el vicepresidente senior de QS, Ben Sowter, reconoce que España tiene “una excelente reputación académica y entre los empleadores”, el elogio viene acompañado de una advertencia: ese reconocimiento no se traduce en una investigación competitiva al máximo nivel.
Mucha reputación, poca ciencia de impacto
El problema no es nuevo ni sorprendente. La universidad española arrastra una infrafinanciación estructural que se refleja de forma directa en los indicadores que más penalizan en los rankings: artículos por profesor, citas por publicación e impacto científico. En la última edición del ranking de Shanghái, considerado el más exigente en investigación, solo la Universidad de Barcelona logró entrar entre las 200 primeras del mundo.
Los datos son claros: ninguna universidad española está entre las 50 primeras de Europa en impacto investigador, medido por citas por artículo. Solo la Universitat Ramon Llull se cuela entre las 100 mejores en este indicador, en el puesto 83. En volumen de producción científica, el panorama no mejora sustancialmente.
Los especialistas coinciden en el diagnóstico. “Los rankings miden sobre todo cantidad y calidad de investigación”, explica el catedrático Julio del Corral, que subraya además las enormes diferencias entre disciplinas. No se publica igual en Medicina que en Ciencias Sociales, pero el sistema de evaluación rara vez hace matices.
La financiación como frontera invisible
La raíz del problema está en el dinero. España destina en torno al 0,7% de su PIB a la universidad, lejos del 1,2% de media de la Unión Europea. La Ley Orgánica del Sistema Universitario (LOSU) fijó el objetivo del 1% para 2030, pero su cumplimiento depende de las comunidades autónomas y avanza con lentitud desigual.
“Hay universidades que se dedican a sobrevivir, y cuando uno sobrevive no puede mejorar”, resume Del Corral al diario EL PAÍS. Faltan becas competitivas, falta relevo generacional y falta estabilidad para que la investigación no sea un lujo, sino una función central.
Un imán para estudiantes, no tanto para investigadores
Paradójicamente, donde España sí destaca es en internacionalización. Diez universidades españolas están entre las 50 mejores de Europa en intercambio de estudiantes, más que cualquier otro país. IE y Comillas brillan especialmente en movilidad entrante, y la reputación entre empleadores sitúa a seis universidades españolas entre las 50 primeras del continente.
Sin embargo, el atractivo no se reproduce en el profesorado internacional. Solo IE aparece entre las 100 primeras en este indicador. El mensaje es claro: España seduce como destino académico, pero no termina de consolidarse como potencia científica global.
Mientras tanto, el liderazgo europeo sigue en manos ajenas. Oxford recupera el trono continental, por delante de ETH Zurich y las grandes londinenses. Francia empuja con fuerza en producción científica y Reino Unido domina el impacto investigador. España observa desde la grada alta: cerca, visible, pero aún lejos de jugar el partido decisivo. @mundiario



