Anecdotario de un geólogo (XXIV). ¡Qué peligro tienen algunos!
Aunque la práctica totalidad de las anécdotas hasta aquí narradas procede, tal y como indiqué en la introducción a esta serie, de algunas de las vivencias acontecidas durante mis trabajos de campo, no debo ni quiero olvidar, por último, una que, aunque también relacionada con aquellos, tuvo lugar más tarde y en distinto escenario…
A mediados del año 1986, el Instituto Geológico y Minero de España (IGME) tuvo a bien encargar a mi gabinete EGA, en régimen de Adjudicación Directa, la realización del “Mapa Geotécnico y de Riesgos Geológicos de la ciudad de Vigo”. Dicho trabajo se inscribía en el Programa Nacional de Investigación Geotécnica, que, una vez superada su fase de escala 1/200.000, para grandes áreas y, consecuentemente, adecuada a la planificación regional, pretendía centrarse en zonas más reducidas, pasando a las escalas 1/25.000 e, incluso, 1/5.000.
El documento
El nuevo enfoque se consideraba más útil para la planificación de áreas metropolitanas en expansión, entre las que se encontraba —en dicha época— la ciudad de Vigo; una urbe extendida sobre un soporte físico de marcados rasgos morfológicos y contrastada problemática geotécnica.
Se relacionaba fundamentalmente ésta última con el profuso isleo de depósitos modernos (cuaternarios) dispersos por su dominio y afectados por niveles freáticos muy superficiales, localmente agresivos y, en general, asociados a capacidades portantes muy reducidas.
Dicho conjunto de condicionantes contribuyó al interés de la Administración por establecer una zonación geotécnica local y un marco geológico que constituirían el meollo del documento que se nos había encargado. Este permitiría, por tanto, simplificar las prospecciones a efectuar por los particulares a la hora de afrontar nuevas obras.
El Ayuntamiento de Vigo se mostró, desde el principio, muy interesado en el proyecto y, además, indicó al IGME la conveniencia de estudiar en detalle el área de desembocadura del río Lagares. Dicha sugerencia fue aceptada por el Instituto que decidió, al respecto y para dicho entorno, una cartografía específica a escala 1/5.000.
Así pues, durante unos meses, me entregué de lleno a dicho trabajo, “pateando” el extenso término municipal de la ciudad, disfrutando de los bellos paisajes de aquella ría y posicionando y controlando las obras de investigación —sondeos mecánicos y penetraciones dinámicas— que complementaban mis labores.
Tras un prolongado periodo de tiempo en campo y gabinete —el necesario para elaborar las cartografías geotécnica y de riesgos, y redactar la memoria—, entregué el documento en el IGME; y dicho organismo, que le proporcionó una buena acogida, tomó la decisión de enviarlo a la imprenta, para su publicación.
Ya en 1987, el trabajo, bien editado en una carpeta de doble solapa —la Memoria en una y los Mapas en otra—, vio la luz y, es evidente (por lo que a continuación se cuenta) que fue enviado al consistorio vigués.
Una proposición interesante
Debido a ello, a los pocos días…
—Soy el delegado del IGME en Galicia —me comunicó una voz por teléfono—. ¿Cómo andas de trabajo esta temporada?
—Bien —le contesté. Siempre es positivo comenzar por dicho aserto—. Pero, ¿por qué lo preguntas?... porque si es necesario hacer un hueco… ¡Ya sabes!
—Verás, en Vigo gustó mucho tu trabajo —me aclaró—, y querían hacer, para la prensa, una presentación oficial del mismo. ¿Podrías perder una tarde y exponer sus conclusiones en un salón del Ayuntamiento?
A pesar de que por aquella época aún residía en Madrid, acepté la propuesta y, sin dudarlo, contesté afirmativamente.
─¡Sin problema! —le aseguré (tener presencia en los medios de difusión siempre sería de interés para mi gabinete)—. Así que fijé con él el día y la hora para la aludida presentación.
—Por cierto —me complementó su información el delegado—, va a asistir el Director Xeral de Industria de la Xunta, o sea que… ¡prepara bien tu intervención!
El aviso, comunicado en cierto tono de alerta, supuso para mí, muy al contrario, una gran satisfacción, ya que dicho cargo lo ocupaba —por aquellos años— mi buen amigo y compañero de muchas fatigas y anécdotas profesionales —algunas ya relatadas en este anecdotario—, Pancho del Moral.
O sea que, además de un acto promocional de interés para mi gabinete, el asunto iba a facilitarme la oportunidad de charlar un buen rato —y supuse que a compartir algunos comunes recuerdos— con un colega, excompañero de empresa y, sobre todo, buen amigo.
Así pues, el día señalado llegué a Vigo después de comer, tomé alojamiento en el hotel Ciudad de Vigo y, tal y como había acordado, me acerqué al Ayuntamiento para reconocer la sala en la que se llevaría a cabo el acto. La verdad, no había mucho que ver: una mesa muy amplia, que me permitiría extender la documentación cartográfica del volumen a presentar; un proyector por si se hacía necesario; y poco más que los asientos con que estaba dotado aquel espacio. El público se reduciría a algunos redactores de la prensa local —y creo recordar que regional— con sus correspondientes fotógrafos, y los representantes de la Xunta de Galicia y del IGME.
“Xuntanza”
Después del breve reconocimiento — tan discreto escenario no requería mayor atención—, me reuní con mi amigo el Director Xeral, un acompañante de la Xunta que con él venía, y el delegado del IGME.
Pasamos un buen rato charlando del documento que se iba a presentar, dando un repaso a la actualidad que, por aquellos días, vivía nuestro país, arreglando un poco el mundo y haciendo unas risas sobre anécdotas vividas en común. Algo antes de la hora de la presentación decidimos levantar el campo y subir al Ayuntamiento.
En el camino…
—Jorge, lo siento —se disculpó mi amigo—; nos acaban de avisar de que en cuanto termine esto, tenemos que regresar a Santiago, por lo que no te podremos acompañar a cenar. ¡Ah!, y, eso sí ─me previno─; no les des mucha caña… piensa que no son gente del ramo y, para ellos, esto es un rollazo que se ven obligados a soportar por su trabajo…
Sentí no poder charlar algo más con Pancho… ¡qué se le va a hacer! Respecto a la advertencia sobre mi exposición, era algo que yo ya había previsto… Pensaba solucionar la aridez de la misma —y su inevitable tono científico— con una hoja-resumen de conclusiones que entregaría, al terminar el acto, a cada uno de los periodistas asistentes. De tal forma, las facilitaría el trabajo, e incluso, si así lo deseaban, podrían “fusilar” algunas de mis anotaciones en sus reseñas.
La presentación
Antes de comenzar, sobre la mesa de la sala que se me había facilitado, extendí, cuidadosamente, los cinco mapas temáticos que acompañaban al documento a presentar. Pues bien, sobre ellos y a medida que fueron entrando, los periodistas, con gran desparpajo y sin el menor apuro (ni cuidado alguno), depositaron sus grabadoras. Después me rodearon y, mirándome, se dispusieron a escuchar mi intervención. Yo, lo recuerdo bien, algo “mosca”, aproveché el impasse para lanzarles un irónico ruego.
—Si son ustedes tan amables, ¿podrían retirar las grabadoras de encima de los mapas?... Así, como comprenderán, no puedo ver la información gráfica para transmitírsela a ustedes.
—Pero es que entonces —me argumentaron, con mucho aplomo— nos podemos perder parte de lo que diga.
—No se preocupen —traté de tranquilizarlos—. Al terminar, a cada uno de ustedes, le entregaré una hoja-resumen con las conclusiones de todo lo que aquí se diga; vamos, una especie de memorándum con lo fundamental de mi exposición. Además —los animé—, no tengan el más mínimo problema en interrumpirme y preguntarme aquello que no entiendan o les parezca que queda poco claro.
Solventados aquellos mutuos recelos afronté mi exposición, utilizando un tono que yo consideraba inteligible para cualquier persona, aunque fuese ajena a la geología, en general, y a la geotecnia, en particular.
La exposición duró lo que tenía que durar, o eso consideré yo, ya que las impasibles caras de los presentes no me aclaraban nada al respecto. Al terminar me dirigí al grupo de oyentes.
—Si les queda alguna duda o precisan cualquier tipo de explicación complementaria —les invité—, plantéenla aquí y trataremos de darle solución.
Me respondieron (los pocos que decidieron hacerlo) con gestos negativos muy ostensibles, amén de decididos movimientos de recogida de sus bártulos personales; tenían la evidente intención de marcharse ya. No obstante, realicé un último intento.
—Entonces… ¿queda todo claro? —inquirí, para, sin esperar contestación, añadir—: en cualquier caso, no olviden la hoja-resumen que les acabo de entregar…
Me despedí entonces de los representantes de la administración que me habían acompañado y que —como ya me habían anticipado— regresaban a Santiago. Lo mismo hice con el cargo municipal que, amablemente, asistió al acto. Comprobé después mi reloj… ¡las nueve y media! «Buena hora ─me dije─, para darse un paseíllo hasta el Berbés y, en una terracita, cenar unos pimentiños de Padrón (están en época) y un buen pulpo; todo ello empujado con ribeiro». Así lo hice y tras el apacible y agradable refrigerio, repasando mentalmente los sucesos del día, me retiré a descansar a mi hotel.
La prensa
Dormí plácidamente y me desperté tarde, con el tiempo justo para asearme y bajar a desayunar en el salón dispuesto al efecto. Allí, tras servirme el condumio, cogí los periódicos del día y me puse a hojearlos…
En uno de ellos —no recuerdo bien en cual y… ¡prefiero no acordarme!— figuraba una nota informativa de la presentación del “Mapa Geotécnico y de Riesgos Geológicos de la ciudad de Vigo”. En ella se me atribuían un cúmulo de auténticas barbaridades; entre otras la de asegurar que la mejor zona de Vigo para la edificación era la de la desembocadura del río Lagares… precisamente una de las peores, pero… ¡con diferencia!
No podía creerlo. «Pero si les facilité una hoja-resumen —me decía asombrado— asegurando lo contrario». Y seguía dándole vueltas al asunto…, «ese plumilla ni se ha molestado en leerla».
Llamé por teléfono a Santiago, para informar del asunto al delegado del IGME, quien me comentó que ya había leído la reseña y prefirió quitar hierro al asunto.
—¡Olvídalo, Jorge! —me tranquilizó—. Lo que vale es lo que dices en la Memoria del documento. Eso es lo correcto.
El domingo, 7 de junio, apareció en el Faro de Vigo la noticia de la dichosa presentación, con foto y un texto —aunque algo enrevesado— más cercano a lo por mí expuesto, lo que me tranquilizó ligeramente. Aun así, no pude dejar de pensar:
«¡Qué peligro tienen algunos!..., sobre todo si les das una grabadora o una pluma y les facilitas una tribuna donde publicar lo que escriben». @mundiario


