Anecdotario de un geólogo (XXI). Por el Campo de Calatrava

Trabajos de muy diferente condición (cartográfica y geotécnica), aunque pertenecientes a la rama de mi formación geológica, me llevaron en un par de ocasiones al Campo de Calatrava.
Toro de lidia disfrutando tranquilamente de la dehesa. Su pacífico aspecto fotográfico nada tiene que ver con la impresión de poderío y amenaza que, en vivo, su presencia transmite. / Foto de Pixabay.
Toro de lidia disfrutando tranquilamente de la dehesa. Su pacífico aspecto fotográfico nada tiene que ver con la impresión de poderío y amenaza que, en vivo, su presencia transmite. / Foto de Pixabay.

El Campo de Calatrava —que ocupa los dominios central y sur de la provincia de Ciudad Real—, tiene, entre algunas otras, la singularidad geológica de incorporar un vulcanismo fósil, de edad paleozoica, capaz de suministrar —como aquí se anota— una serie de materiales (rocas industriales) interesados por la actividad constructiva humana.

Dicha característica ha sido una de las espoletas condicionantes de mi profesional intervención —que yo recuerde, limitada a un par de ocasiones—, en aquellos pagos.

En la primera ─el trabajo precisaba de una cartografía geológica convencional─, hube de echar mano, por única vez en toda mi vida, ¡y por eso lo cuento!, de mis modestos y ya casi perdidos en el tiempo conocimientos paleontológicos.

Recordando lo aprendido

En efecto, el hallazgo de un graptolites monograptus en un afloramiento cuarcítico que suponía ordovícico, me alertó de que ya me había pasado a la serie silúrica —se conoce que el día que se estudiaban los graptolites había asistido a clase—, y me permitió salir del problema cartográfico estructural en el que me hallaba enredado.

No sé bien por qué, pero, mientras reflexionaba sobre la ayuda prestada por el providencial hallazgo fósil, me acordé de la frase del profesor-doctor Heinz Beckmann, el catedrático de la alemana Universidad de Clausthal, con el que —como ya he contado— pasé dos veranos haciendo prácticas de Geología Marina. Él siempre me aseguraba: «Me admira la magnífica formación generalista que tienen ustedes —se refería a los geólogos españoles—. De todo saben un poco».

Yo, en alguna ocasión, me he llegado a maliciar si Beckmann se refería en realidad —al menos, por lo que a mí respecta— a la ayuda que, como traductor, le prestaba en bares y restaurantes. En dichos establecimientos —era muy aficionado al marisco—, solía indicarme, aludiéndolos por sus nombres latinos, que pidiera «mytilus, pecten, maja…», (mejillones, vieiras, una centolla…) o, incluso (si la jornada se había dado bien), unos «pollicipes cornucopia», (unos percebes). ¡A saber! Pero mi favorable opinión sobre el señorío y respeto de aquel buen profesor —un auténtico caballero—, siempre acababa por descartar dicho tipo de sospecha.

Mas…, volvamos al Campo de Calatrava.

De nuevo en Ciudad Real

La segunda vez que me correspondió trabajar en aquella tierra, lo hice a instancias de mi buen amigo Miguel Castell; un importante cargo de FOCSA (Fomento de Obras y Construcciones) que, en aquella época, tenía la responsabilidad de controlar el tramo Ciudad Real-Brazatortas del corredor del AVE Madrid-Sevilla.

Deseaba Miguel que me asegurase, en primer lugar, de la idoneidad —calidad y reservas— del material de una cantera de basalto que debería suministrar el balasto a disponer en el tramo aludido, y, además, que inspeccionase los condicionantes geotécnicos de algunas zonas problemáticas del mismo.

El trabajo sobre la cantera, en el que tuve el apoyo de un técnico de FOCSA, se despachó con relativa rapidez y positivos resultados.

El segundo objetivo, de alcance más difuso, exigía ya largas caminatas por el corredor; algunas de ellas de más de una jornada y, por ello, decidí buscar alojamiento en Almagro, localidad, por un lado, más o menos equidistante de las zonas a inspeccionar y, por otro, suficientemente alejada del ajetreo y presencia del mucho personal técnico que, las obras del AVE, habían llevado a la zona. En resumen, que allí podía estar más tranquilo en mis escasos ratos de descanso y asueto.

Como tenía por costumbre, me levantaba temprano, desayunaba y pedía que me preparasen un buen bocadillo, así como que me suministrasen una botella grande de agua bien fría. Organizaba mi mochila con tan discreto almuerzo y los utensilios profesionales necesarios, tomaba el coche y me trasladaba a la zona a inspeccionar.

El trabajo lo llevaba a cabo siempre con la misma sistemática. Tras dejar el vehículo, me echaba a andar por el corredor del AVE, tratando de detectar cualquier aspecto que, en el mismo, pudiese delatar la presencia de un condicionante geotécnico negativo (mala estabilidad, elodamiento del terreno, baja capacidad portante, deficiencias de drenaje…) y señalando en la cartografía su localización. Una vez rebasado el mediodía solía darme la vuelta, descansar un poco y aprovechar para almorzar. Después, regresaba hasta el coche, tomando, por el camino, todas las notas y datos necesarios de los puntos de interés que hubiese inventariado a la ida.

Como puede imaginarse, cuando llegaba al hotel finalizaba ya la tarde, por lo que, tras tumbarme un poco sobre la cama —lo que agradecía—, me limitaba a darme una buena ducha, cambiarme de ropa, bajar al comedor y obsequiarme una cena decente; ¡que para condumio austero ya llegaba el del mediodía!

El toro

Una de las jornadas en que seguía el plan descrito, con mucho calor y ya cerca de Brazatortas, el horario de regreso —sobre la una de la tarde— me coincidió junto a una señorial dehesa. Su amplio dominio parecía invitarme a realizar el almuerzo y, aprovechando la generosa sombra de alguna de las desperdigadas encinas que en ella había, a descansar. Así que, sin pensarlo dos veces, me deslicé con cuidado bajo el alambre de espinos inferior de los que, entre postes, cercaban la finca, y me fui a acomodar bajo el árbol más próximo. Allí, a su sombra, tomé mi bocadillo tranquilamente, me bebí casi toda la botella de agua y, tumbándome en un adecuado decúbito supino —la cabeza reposando en la mochila—, prácticamente sin enterarme, pasé del soporcillo que comenzaba a invadirme al sueño profundo.

No sé cuánto tiempo después —probablemente una hora, calculada por el desplazamiento de la sombra—, ese sexto sentido que, al parecer, todos poseemos, me devolvió al mundo de la realidad. Desperté, abrí los ojos y… ¡allí estaba! Al amparo de la encina más próxima a la mía (a unos doce o quince metros de distancia), un morlaco muy serio, como de media tonelada de peso —¡sabe Dios!, a mí me pareció de ese orden—, que, muy quieto y erguido, se defendía de la solanera que, en aquellos momentos, pegaba de firme.

Su disposición, en línea con el astro rey y el tronco del árbol (similar a la mía), me dejaba totalmente al descubierto de su visión lateral y, aunque aparentaba una total indiferencia, el bicho me miraba… ¡vaya si me miraba!

Así las cosas, con más miedo que vergüenza y procurando no hacer ningún ruido, me incorporé sobre los codos y —a pesar del estado de tensión en que me hallaba— conseguí analizar la situación. Desde luego, si echaba a correr, aunque el cierre de la finca estaba cercano (a una distancia similar a la que se encontraba mi “vigilante”), era muy fácil que éste me alcanzara al tratar de superar la valla. Así que me pareció más prudente situarme primero tras el tronco de mi vegetal refugio y después, siguiendo la línea que me ocultaba —más o menos— de la visual del toro, arrastrarme hasta la cerca y pasarla por debajo, al igual que había hecho al entrar.

Así lo decidí y así lo hice, y puedo asegurar que aquel recorrido de poco más de una quincena de metros, en tendido prono, ayudándome de codos y rodillas, medio gateando y arrastrando la mochila, fue posiblemente el más difícil de mi vida. Al llegar al cerramiento —era el punto clave, donde el toro, si hacía por mí, me podía pillar—, ya muy nervioso, quise acelerar mis movimientos y en el alambre de espino dejé un jirón de mi camisa y sufrí un buen arañazo en la espalda.

Sin saberlo me había metido en una dehesa de ganado bravo y, no me lo podía creer…, ¡estaba ya fuera!, ¡a salvo!

Mientras, el morlaco, absolutamente ajeno al mal rato que su presencia me había deparado, seguía mirándome indiferente, muy quieto y sin mayores síntomas vitales que un periódico abaniqueo con las orejas y algún displicente movimiento pendular del rabo, para espantar a las moscas.

Ya más tranquilo y, naturalmente, con la valla de por medio, me entretuve en catalogar —el mundo taurino me entusiasma— el fenotipo de mi “amigo”: corniveleto, enmorrillado, ligeramente ensillado y, de capa, negro zaino y calcetero. Un ejemplar de “cara” muy seria, bien armada; vamos, de esos que, apoderado y peón de confianza de un diestro, si les sale adjudicado en el mañanero sorteo de una corrida, suelen quejarse: «Nos ha tocado el peor del lote».

Pero, por lo que a mí respecta, aquel toro sólo había puesto de manifiesto una gran nobleza…, lo que, ¿cómo no?, agradecí de veras. ¡No se me olvida! @mundiario

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