Anecdotario de un geólogo (XXIII). Ir en la procesión y tañer la campana
San Vicente de Leira es una parroquia perteneciente al municipio de Villamartín de Valdeorras. Está situada en un acusado relieve tallado por la confluencia del río Leira y el arroyo Perianes, que le rinde aguas. Su reducida población, de menos de doscientos habitantes —y en claro descenso—, se agrupa en tres pequeños núcleos de viviendas, perdidos en un paraje muy anfractuoso y parcialmente tapizado por una densa cubierta arbórea, fruto de la repoblación.
Posee la parroquia dos accesos alternativos: uno principal, la carretera OU-0807 —propiedad de la Diputación de Orense—, que, en las inmediaciones de Villamartín, parte de la nacional N-525 y muere en San Vicente; y otro, al oeste del anterior, que podríamos considerar secundario, puesto que tiene peor trazado, perfila pendientes muy fuertes, es más estrecho y, en épocas invernales, a causa del hielo, puede volverse impracticable.
La cantera San Vicente
En el eje de la vaguada del arroyo Perianes, el vial OU-0807 traza una cerrada curva, para cambiar de ladera y acceder al caserío de San Vicente. En dicho punto, desde hace años, laborea la firma ROBEMA S.L., beneficiando las pizarras, allí yacentes, de la base del Odovícico. La explotación —como la mayor parte de las que de dicho material existen en Galicia— se practica a cielo abierto, mientras que el exfoliado y corte de sus “rachones” (para obtener piezas comercializables) se lleva a cabo en una nave cercana, en la que trabajan buena parte de los lugareños de la parroquia.
Dicha actividad extractiva ha rebajado, de forma perceptible, la cota del cauce del citado arroyo, por lo que la empresa minera se ha visto obligada a captarlo aguas arriba de la explotación, entubarlo en el tramo de beneficio y liberarlo —prácticamente en cascada— una vez superado el mismo. La afección con ello provocada no sólo ha tenido efecto medioambiental —habría que entrar en consideraciones sobre por qué se permitió tal “hazaña”—, sino que ha desestabilizado las laderas que conforman la vaguada, llevándolas a un estado de equilibrio límite. En consecuencia, cuando, en la zona, se pone en marcha algún agente dinámico —sobrecargas de tráfico o, sobre todo, lluvias intensas y prolongadas— se provoca (en mayor o menor medida) la movilización de las mismas y, con ella, la de la carretera OU-0807, que sufre comprensibles desperfectos. Es decir que, a lo largo de más de tres lustros, se ha estado permitiendo que unos intereses particulares, de capital privado, deterioren —prácticamente destruyan— un bien de uso y titularidad pública; en este caso, de la Diputación de Orense.
Pues bien, fue precisamente dicho organismo el que, desde el año 2000 y en repetidas ocasiones, precisó y solicitó mis servicios; concretamente cada vez que algún problema del tipo que se acaba de apuntar afectaba a su vial, provocándole daños.
Ya no recuerdo exactamente cuantas veces hube de intervenir, ni el número de informes que emití tratando de cooperar a la solución de tan enmarañada madeja de intereses y responsabilidades. Y así la califico porque en ella estaban concernidos: organismos administrativos (la Dirección Xeral de Industria de la Xunta, la Jefatura Provincial de Minas y la Diputación de Orense, ésta última como perjudicada); empresas privadas (CAVIMA, titular de la concesión administrativa, PIZARRAS ROBEMA, explotadora de la cantera, y los mineros de aguas arriba, que usaban como vía de saca de sus productos la OU-0807); amén de los lugareños que trabajaban en la nave y, de forma indirecta (comprensiblemente), el alcalde de Villamartín de Valdeorras.
El regidor municipal
Este singular personaje —ya fallecido—, simpático y dicharachero, que ejerció durante unos treinta años el cargo, me hizo pasar, en una de mis visitas, un angustioso rato que aún recuerdo. Se empeñó en invitarnos, a mí y a mi acompañante, a tomar un aperitivo en una de las bodegas artesanales que, en la margen izquierda del Sil, se dispersan junto al río.
—Ya veréis que buenos “caldos” y que embutido vamos a probar —nos aseguró volviéndose hacia el asiento trasero, en el que yo viajaba, mientras conducía con su único brazo, pues el hombre era manco.
—De eso estoy convencido —conseguí contestarle mientras vigilaba la carreterilla estrecha y llena de curvas por la que circulábamos—, pero, por favor, ¡atienda al volante!
—No hay problema —me contestó, convencido—. Conozco esta carretera tan bien que podría recorrerla con los ojos cerrados.
«Lo que nos faltaba —pensé para mis adentros —, conducir sin un brazo y, encima, intentarlo cerrando los ojos». Y seguí vigilante, pasando un rato fatal, sobresalto tras sobresalto, comprobando, sin embargo —he de reconocerlo—, como aquel hombre libraba con destreza todos los obstáculos que se le iban presentando.
Por fin llegamos a la bodega y… ¡tenía razón! El buen vino y los embutidos me hicieron olvidar, en un santiamén, el mal rato pasado.
Actuaciones paliativas propuestas
Pero volvamos al tema de la cantera San Vicente. Ya he dicho que no recuerdo el número exacto de informes que, a requerimiento de la Diputación de Orense, hube de emitir sobre la incidencia de dicha explotación minera en los daños sufridos por la carretera. De lo que sí estoy seguro es del orden de las actuaciones paliativas que, respecto al problema, fui proponiendo. En primera instancia, un control topográfico; con un mojonado de las laderas que se medía periódicamente y demostraba que ¡aquello se movía! Después, en consecuencia, una serie de análisis teóricos sobre los efectos que tendrían la interrupción de las labores extractivas y el rellenado del hueco; ¡la estabilidad de las laderas mejoraba notablemente! Por último, la construcción de una variante al tramo final de la OU-0807, para salvar la vaguada del Perianes antes de llegar a la cantera; pero, (era de esperar), dicha obra, ¡salía muy cara!
En fin, que, a pesar de la indudable voluntad de la Diputación de solucionar el problema, una serie de condicionantes de carácter económico, diversos legalismos, trabas administrativas y otras (más difíciles de catalogar), impidieron que ninguna de las soluciones planteadas llegara a ponerse en práctica. Al cabo de un tiempo, la actividad extractiva (provisionalmente parada) se reanudó y, a partir del año 2010 —no estoy muy seguro de la fecha—, perdí contacto con el tema de le famosa cantera. Hasta que…
Ir en la procesión y repicar la campana
—Jorge, perdona que te moleste a estas horas. —Al otro lado de la línea telefónica, en seguida reconocí su voz, se me dirigía José Manuel González, ingeniero jefe del Servicio de Vías y Obras de la Diputación de Orense.
—Verás —me informó—, estos de ROBEMA (o CAVIMA, que ya no sé a qué empresa referirme) hace un tiempo que han reanudado la explotación de la cantera y, al tallar una nueva berma, han provocado el deslizamiento de la ladera oriental del monte, con daños de mucha importancia en nuestra carretera. Hemos tenido que cerrarla al tráfico mediante unas biondas y los usuarios andan muy alborotados. ¿Podrías acercarte por aquí mañana? —terminó preguntándome, preocupado.
El asunto era serio y, sin pensarlo dos veces, me comprometí a presentarme en su despacho al día siguiente —10 de septiembre del 2014—, a primera hora de la mañana.
Así lo hice y, tras una breve reunión con José Manuel, me facilitaron un coche oficial y, en compañía de un técnico del organismo, nos desplazamos a San Vicente.
Cuando nos hallábamos muy próximos a la vertical de la cantera, circulando ya por la OU-0807, nos topamos con dos “todo-terrenos” de la Guardia Civil que, parados, habían sido dispuestos impidiendo el paso de cualquier vehículo. Uno de los guardias de su dotación nos hizo señal de que nos detuviésemos y se nos acercó.
—¡Buenos días! —saludó muy correcto y con amabilidad—. ¿Qué hacen por aquí?
—¡Verá!: somos de la Diputación de Orense —simplificó mi acompañante—. Este señor, que es geólogo, trabaja para nosotros y quiere echar un vistazo al estado de la carretera.
—Por nosotros —se refería el uniformado a los agentes del orden—, no hay inconveniente alguno, pero… —dirigió una indagadora mirada al grupo de lugareños que, muy serios, cortaban la carretera— ¡A ver si esos le dejan!
Sin otra alternativa, crucé el “terreno de nadie” que nos separaba a ambos grupos y, al llegar al de los del pueblo —que me conocían de sobra, por los muchos días que por allí había estado trabajando—, me detuvieron.
—¿A dónde va? —me preguntaron en tono poco amistoso.
Les contesté que sólo quería reconocer los daños que sufría la carretera, y tomar fotos y algunos datos de los mismos.
—Bien, puede pasar —me autorizaron, tras consultarse en voz baja entre ellos—, pero no tarde mucho y, estos dos —se destacaron dos hombres del grupo—, le acompañarán.
Salté pues la bionda que cortaba el tráfico del vial y me puse a observar los daños que, sin exagerar, eran de mucha importancia. Una grieta desarrollada, más o menos, en el eje central de la carretera, de unos setenta metros de longitud y hasta un metro de ancho, provocaba un verticalizado escalón, con el borde exterior de la calzada —el más cercano al frente de la cantera—, descendido entre treinta y cincuenta centímetros.
Fotografié y tomé notas de todo ello, comprobando que el tráfico, en aquellas condiciones, era inviable. Recorrí después —despacio y en compañía de mis dos vigilantes, que me observaban curiosos— el entorno existente en las cotas inferiores a la de la calzada, hasta llegar a la nueva berma, cuya construcción había provocado —¡era muy evidente!— el problema. Aquello estaba en equilibrio precario y el fenómeno podría progresar, por lo que se hacía necesario, además de reparar la calzada, solucionar la amenaza del descalce antrópico, adoptando algunas medidas estabilizadoras que sería preciso estudiar.
Cuando terminé —la inspección me llevó un buen rato—, el grupo de lugareños se me acercó y yo, ya más tranquilo, pude reconocer entre ellos a algunos de los que trabajaban en la nave de la pizarrera.
—¿Qué?, ¿cómo lo ve? —me preguntaron interesados.
—Pues… ¡mal! —me sinceré—. Desde luego, tienen que repararles la carretera. Tal como está, es imposible circular por ella.
—Tiene usted razón —asintieron, de palabra y con sus gestos.
—Además —proseguí—, la cantera no puede seguir trabajando, ya que continuaría moviendo la ladera y…
—¡Eso ni hablar! —me interrumpieron, alzando ya las voces—, ¿en qué trabajaríamos entonces?
Al comprender que una discusión al respecto, argumentada y razonada, era imposible, regresé al coche, donde me esperaba el técnico de la Diputación. Con él convine en que ya era prácticamente la hora de comer y que allí no había nada más que hacer, por lo que deberíamos marcharnos.
Se nos acercó entonces el guardia que había sido nuestro interlocutor al llegar y, en respuesta a su interés, le expuse mi breve charla con los paisanos. Él, tras escucharme, me dirigió una sonrisa y comenzó:
—Estos, desde luego…
—Permítame que le complete la frase —le interrumpí—: ¡Quieren ir en la procesión y repicar la campana!
Ya en el coche, de bajada hacia Villamartín, reflexionaba yo: «¡Qué cosas! A buena hora iba a permitir la autoridad, en otros tiempos, que un grupo de personas te impidieran el paso en una carretera…, o hubiera que pedirles permiso para hacerlo». Y me acordaba, casi con cierta nostalgia, de mis vividos encuentros con la Guardia Civil, en Requena, Motilla del Palancar o entre La Almunia y Cariñena. «Pero, ¡en fin!, hay que aceptarlo —me dije—. La forma de vida…, la sociedad…, ¡han cambiado tanto!».
El espinoso tema de la cantera San Vicente aún siguió coleando un tiempo. Yo emití el informe pertinente de mi visita, y aquello —como era de esperar—, al final, terminó en los tribunales.
Todavía a últimos de junio del 2015 hube de contestar, en condición de testigo-perito de parte, las preguntas que, mediante exhorto al Juzgado de Instrucción nº 2 de La Coruña, me dirigió el del Barco de Valdeorras. @mundiario


