¿Virus o misiles? ¿Cómo se gestionará el mundo?

Wall Street, corazón económico de Nueva York. / cruceroalegre.com
Wall Street, corazón económico de Nueva York. / cruceroalegre.com

Sí está en marcha una guerra financiera mediante una guerra sanitaria está por ver, pero lo cierto es que se aceleran cambios profundos.

¿Virus o misiles? ¿Cómo se gestionará el mundo?

Circula un video de Bill Gates exponiendo en 2015 cómo la gran amenaza de la humanidad no estaría en los misiles sino en la difusión de un virus. Visto a la luz de esta cuarentena, y cómo se expansiona cada día a más países, es inquietante pensar que este paisaje actual pueda estar siendo un gran experimento dirigido desde alguna organización interesada en recolocar las piezas del ajedrez político y económico a escala mundial. Si en alguno de los ratos de ocio no buscado se le añade alguna de las series que las plataformas de cine ofertan, el aburrimiento propiciará que soñemos que somos actores de un despliegue estratégico muy bien montado y muy eficaz.

Un desafío

No sería muy raro. Merkel acaba de decir uno de estos días pasados que lo que estamos viviendo en directo puede ser calificado probablemente como el más potente “desafío” después de la IIGM. Por tanto, la gravedad de esta pandemia bien merece que le prestemos seria atención. Bien puede ser  que estén mutando muchos de los aspectos que han dado cierta consistencia a la vida colectiva en los últimos años y que se esté reconfigurando nuestro entorno de un modo mucho más potente de lo que nunca pudimos haber imaginado y no precisamente en la mejor dirección de lo deseable.

Las circunstancias de la globalización desde los años noventa han hecho posible la aceleración de procesos productivos y la de los que deterioran las formas de vida. En paralelo, la gestión de lo que acontece también se ha movido poderosamente y los puntos determinantes de la geopolítica ya se mueven con características bien distintas de las que han tenido, primero desde 1945 y, después, desde la caída del Muro de Berlín. La Historia Actual -última etapa de las clásicas divisiones de las edades históricas-, ya está más determinada por elementos caracterizadores nuevos que tienen entidad diferenciadora propia. Lo que ha estado sucediendo desde el 10 de noviembre de 1989 cada vez se distancia más de los 44 años anteriores y, desde hace poco, asistimos a una tercera etapa  de  “lo actual” sin que nos hayamos enterado suficientemente.

No nos va a pedir nadie que demos nuestro consentimiento a estos cambios profundos. Pronto se verá, una vez más, cómo intentaremos acomodarnos a una nueva realidad. Más o menos conscientes, iremos adaptando poco a poco nuestros rituales y los intrincados modos de la relación social y laboral. Y mientras, instancias que no elegimos nos irán mostrando nuevas formas de racionalidad organizativa, y otros agentes burocráticos, con más poder acumulado, nos la harán descubrir. Buena pregunta será entonces la que es probable que nos hayamos hecho muchas otras veces: qué es la realidad; si es algo construido o es algo impuesto y, en todo caso, qué ingredientes conlleve . Viva la Gente cantaba en los años sesenta: ¿De qué color es la piel de Dios?. Tuvo bastante éxito, especialmente en medios con alguna perspectiva utópica; pero la pregunta volverá pronto.

Quién cambia lo que cambia

Otra cantante casi coetánea, cantaría pronto Cambia, todo cambia, desde Argentina y Uruguay. Mercedes Sosa propugnaba imitar la fuerza de la Naturaleza para acompasar la vida colectiva a maneras mejores que las que había; esa dinámica se multiplicaría en dimensiones geométricas en la medida en que prendiera en las expectativas emergentes. No está claro, sin embargo,  que haya sido así, por más que haya relatos propensos a contárnoslo tranquilizadoramente, con la parsimonia de lo inamovible como algo muy natural. La cuestión, pues, está en ver hacia dónde se incline –o seamos capaces de inclinar- lo que esté sucediendo, porque todo huele a que estamos a punto de necesitar odres nuevos para una realidad que no sabemos bien de qué va.

Ahora, mientras nos centramos en el Coronavirus en este inicio de la Primavera, no es solo el tiempo y el espacio urbanos lo que está en juego. De paso, se está alterando  el valor de las personas, del dinero y de las cosas, la riqueza de las relaciones personales y de la vida laboral, la movilidad y el sentido de la vida… Y también el valor de los recursos públicos, del conocimiento y la investigación, de  la lectura, la conversación y la capacidad de influir en el entorno, el aire que respiramos, los alimentos que comemos, la sanidad y la educación que hemos sido capaces de construir…., la confianza en las instituciones –nacionales, europeas y supranacionales-, su calidad y la de sus representantes. Casi nada, y con mucho que revisar y que acordar de nuevo. Porque, cuando pase este turbión, es posible que estemos más fuertes para tirar juntos hacia donde debemos o, por el contrario, que cada cual vuelva a mirarse como el ombligo del mundo.

Qué merece la pena

En Redacción médica se preguntaban hace casi dos años: “Por qué los futbolistas ganan millones en España y los médicos no? La reflexión de tipo gremial que se hacía este digital inducía al lector hacia la sanidad privada: como si con el dinero que mucha gente se gasta en el fútbol estuviera al alcance de todos proveerse de un buen seguro privado de salud. Pero el problema es que hay demasiadas personas que no tienen ni para lo uno ni para lo otro, y que ni con la mejor de las beneficencias se arregla, como sabían bien los que crearon a finales del siglo XIX los fundamentos jurídicos y políticos de la Seguridad Social. Lo sufre bien el EE UU menos envidiable. Es posible que haya quienes, pendientes de su negocio particular,  prefieran nuestra desmemoria a base de publicidad, cuando mejor nos iría a todos –porque nos interesa a todos- que nuestra sanidad pública tuviera medios para ser de verdad la mejor del mundo, incluida una buena red de investigación universitaria con profesionales más mimados que quienes se ganan la vida con los pies. Y lo mismo cabe decir de las residencias geriátricas y, por supuesto, de la educación y de otros muchos servicios, claro.

¡Cuidado con las bobadas que vierten las redes sociales! No tiene gracia que algunos patriotas que han degradado sistemáticamente lo público se pongan ahora exquisitamente contestatarios por carencias que han creado o han consentido.  Si el Coronavirus este se llevara por delante tanta fantasía oportunista –y tan hipócrita preocupación por la comunidad-, estaríamos en el camino de un cambio de los que marcarían época por beneficioso para el común de los humanos. ¡Ánimo! @mundiario

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