Sin urnas no hay paraíso

Fachada del Ayuntamiento de Eibar, donde se izó la primera bandera tricolor en España anunciando la proclamación de la II República.
Fachada del Ayuntamiento de Eibar, donde se izó la primera bandera tricolor en España anunciando la proclamación de la II República.

Se detecta en el ambiente la tentación de incurrir en el mismo defecto de la Constitución de 1931, oye: sacarse una reforma de la Constitución de la manga de sus señorías, en vez de permitirle al pueblo que la saque de las urnas.

Sin urnas no hay paraíso

El Poder Ejecutivo habla, pero no gobierna. El Poder Legislativo ha reciclado sus dos cámaras de representantes y las ha reconvertido en cámaras de comerciantes. El Poder Judicial juzga, pero acaba sentado cada día, en las sedes de los partidos políticos, de los partidarios on line, de los medios de comunicación, de la opinión pública y la opinión publicada, en el banquillo de los acusados. El Rey no reina, o sea, acata el papel que le ha asignado la Carta Magna, pero, curiosamente, es una incomoda excepción en esa regla generalizada de pasarnos la Constitución por los más distintos, distantes y extravagantes arcos del triunfo independentistas, populistas, republicanistas, progresistas que, en sus fueros internos, persiguen la dudosa hazaña, con hache, de sacarse de la chistera un hipotético Azaña sin hache.

Es un buen momento para recordar que, aquellas añoradas Cortes de 1931, no fueron precisamente constituyentes, sino constituidoras. Quiero decir, con esa expresión que puede sonar sacrílega, que no se sacaron aquella glorificada Carta Magna de las urnas, sino de la manga. Que no la sometieron a referéndum popular, sino al criterio mayoritario, discutido y discutible, de sus señorías. Que se practicó una especie de despotismo ilustrado, de gobernanza del pueblo, para el pueblo, pero sin el pueblo, desde esa cara oculta de la democracia que partió de una base que chirría en la historia: que aquellos españoles de entonces, nuestros bisabuelos, nuestros abuelos, nuestros padres (el género femenino ni votaba, oye), verás, estaban preparados para votar a sus legisladores, pero no alcanzaban el suficiente porcentaje de alfabetización como para votar su Constitución.

Lo que mal empieza, mal acaba

Hombre, es que una cosa es que en la ancestral cultura calé no se desee buenos principios para los churumbeles, oye, y otra, bien distinta, que los payos alfa de entonces decidieran implantar la II República con el nefasto comienzo de no darles vela en el entierro de aquella monarquía a sus respectivas manadas populares. Chico, hemos pagado un precio muy caro, durante casi un siglo de historia, por hacer un pan con unas hostias, por echar a andar una República sin el pueblo, por olvidar esa sentencia, transmitida de generación en generación, que permite simplificar la sucesión de aberraciones que ensombrecen nuestra biografía colectiva: amenazas parlamentarias, “paseillos” políticos, checas, revoluciones mineras, declaraciones independentistas, incendios de conventos, fusilamientos de poetas, terrorismo falangista, siniestro stalinismo versus fascismo genocida, crónicos ruidos de sables, alzamientos militares, guerra fratricida, muertos, muertos, muertos, y aquella oprobiosa y longeva dictadura que, al final, permitimos que expirase en una cama, con una concisa y precisa frase: lo que mal empieza, mal acaba.

Ahora que algunos están sembrando vientos de esos que pueden hacernos recoger tempestades; ahora que se vislumbran tentaciones de clandestina cirugía estética, en vez de transparente cirugía ética, a la Constitución; ahora que se pretende matar a Monesquieu, confinar al Rey, cambiar reglas de juego autonómicas a la medida, aprovechando que el pueblo está más pendiente de las vacunas, del tsunami de ruinas macro y micro económicas, de la sombra alargada del desempleo, de las mascarillas en vez de los enmascarados; ahora que hemos dejado de toparnos con la iglesia, amigo Sánchez, perdón, Sancho, aunque se corra el riesgo de toparnos con Iglesias, ya sabes, situado “au-dessus de la mêlée” política de Rufianes, Otegis, Abascales, lendakaris y demás personal imprescindible para tan pocos y prescindible para tantos, parece oportuno recordar que la reglas de juego de convivencia de una sociedad democrática, o sea, una Constitución, o pasa por las urnas o nos hacen tropezar otra vez con la misma piedra de 1931. Sí, sí, aquellos polvos que trajeron sucesivos lodos. Aquel momento oscuro en el que, fanáticos psicópatas, ingenuos influenciables e hijos de perra progresistas y conservadores, arrastraron a millones de incautos españoles a representar el trágico papel hereditario de extras, de corderos degollados y degolladores, en esa falsa y esperpéntica historia interminable que nos sigue clasificando en dos prototipos de especies humanas ibéricas: rojos y azules.

Yo ni quito ni pongo, ni mantengo ni propongo Monarquía o República, oye. Yo, lo que digo es que, a la tercera, debería vencer la voluntad del pueblo. Que al margen de lo que nos depare el futuro, el enroque o el derrocamiento de un tercer Borbón o el rechazo o la proclamación de una III República, sin previo referéndum, sin urnas, vamos, no podemos alcanzar el paraíso, o sea, la verdadera tierra prometida de la democracia. @mundiario

 

Sin urnas no hay paraíso
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