¿Se deshace el mundo?
Cegarse con los problemas, es mal augurio para resolverlos; poner parches sin molestar a quien se debe, también puede hacerlos crecer.
La coyuntura es complicada. Después de dos años largos de covid-19, un problema que todavía no se ha reducido del todo, más un mes de guerra en Ucrania, con repercusiones también indudables en la inflación y en la vida cotidiana, convierten esta situación actual en un cúmulo de indeterminaciones y controversias. Lo más grave es que los asuntos no solucionados a su debido tiempo se acumulan con los nuevos y tendrán que seguir esperando; lo posible se hace más difícil y, una vez más, lo urgente se come a lo necesario.
Las novedades que aporta cada nuevo día, son derivaciones últimas de una cadena de cuestiones que vienen de atrás, en un proceso crecientemente acelerado desde los dos acontecimientos indicados. Para que sea más oscuro, en contingencias como esta, las voces y propuestas que se oyen tienen de todo y, en buena medida, reiteran pulsiones similares a las de otros momentos. Voces antagónicas y meteduras de pata se concitan para que, dentro del viejo programa de que siempre es más fácil predicar que dar trigo y, a río revuelto ganen los mejores pescadores. Entre unos y otros, complican a los ciudadanos la visión de “la realidad”.
La realidad y el lenguaje
Los analistas de los acontecimientos del pasado –los historiadores- no lo tienen más fácil que los que se dedican al análisis y explicación del presente -los periodistas-, cuando se esfuerzan por que sus lectores tengan claves para que entiendan algo. Otra especie de profesionales afines, que en circunstancias como estas suelen aparecer, los comunicadores, en realidad no comunican que sino lo que es un predeterminado juicio, creencia o sumisión al discurso interesado de un lobby o de alguien poderoso, capaz de proveer a estos gurús de recursos. Es decir, que por encima de lo que parece estar viendo, el ciudadano de a pie lo tiene complicado para entender y hacerse cargo de lo que esté realmente aconteciendo. La narrativa que oye lo complica, las razones están cargadas de sofismas, las imágenes pueden estar trucadas.
Recuerden lo que pasó hace unos días en una asamblea autonómica, donde el consejero de asuntos varios -entre los que figura Educación-, fingiendo ignorar dónde estaban los pobres, que él no los veía y que se lo contaran, pues la suya era una comunidad rica. Para presumir de atender a grupos que le quieren más, de clases medias o excelentes, niega la existencia de los pobres aunque ronden los tres millones. El informe FOESSA, tan acreditado ya desde los años setenta, es inapelable, pero da igual. En este caso, como en tantos otros parecidos, que no van al gusto de la imagen que quiere proyectar el gestor político de turno, ante una mala noticia el culpable es el mensajero. Igual que algunos periodistas, nunca dispuestos a que se les pueda estropear el gran titular por el que siempre han soñado; e idéntico a lo que hace el mal investigador que, entre la hipótesis mal planteada y los datos de la observación que lleva a cabo, echa la culpa a los datos y prefiere divulgar su bonita teoría.
A veces, porque seguir la ocurrencia es más barato que contar la verdad, el cuento de Andersen El traje nuevo del emperador o El Rey desnudo se repite, quedamos todos con las vergüenzas al aire, pero siempre hay cortesanos dispuestos a continuar con una estupidez como si fuese verdad. Ha sucedido estos días respecto al futuro del Sahara y los saharauis, un asunto que llevaba en aparente calma desde la “Marcha verde”, con resoluciones de la ONU por medio y responsabilidades de España. De lo opaca que ha sido la gestión última, seguiremos sin saber casi nada acerca de por qué ha aflorado exactamente ahora, cuando el aprovisionamiento del gas argelino, es más estratégico que nunca y a Marruecos no se le ha visto ningún gesto digno de atención. No puede ser casualidad, sin embargo, que tanto en los mensajes del entorno de Washington, como en los emanados de La Moncloa, los adjetivos empleados hayan sido idénticos: que el proyecto marroquí para ese pueblo es “realista, serio y creíble”.
Después de estos dos casos tan próximos, la pregunta que cualquier ciudadano atento a lo que pase a su alrededor se habrá hecho es la misma: ¿Cuál es la realidad que ha hecho realista esta política de la realidad saharaui, en aquella 51ª provincia de la época franquista? ¿Cuál es la realidad social, en que detrás de tanta publicidad de libertad a la madrileña resulta que hay asombrosos cuadros de un realismo mísero?
Viene al caso lo que Witgenstein empezó a escribir en plena IGM, a propósito del lenguaje y la verdad, el “vacío de significado disfrazando el pensamiento” y haciendo “insensatas” las proposiciones cuando, sobre lo que no se quiere o no se puede hablar sería mejor “guardar silencio”. El Tractatus lógico-filosófico, al mostrar los límites del lenguaje y la realidad desde la perspectiva de la lógica, y que puede darse o no darse una situación determinante de las cosas, remite el conocimiento de la realidad a una posición ética ante el mundo. El propio filósofo, volvería sobre estas cuestiones del lenguaje para verlas, ante todo, desde un punto de vista pragmático y de lo que pretendemos al hablar.
El valor de la educación
Todos estamos desentrenados para entender cabalmente lo que acontece; el presente nos implica directamente y, además, nos lo cuentan de muchas maneras. Algunos políticos deberían conocer y avisar de lo que está pasando, porque los hemos elegido para que lo hagan, pero pueden contarnos milongas, desear la indiferencia y que nos hartemos de preguntar qué es la realidad, cuáles son sus ingredientes, por qué orden proceder para poner arreglo a lo que parece desmoronarse. Cuentan con que nos falta entrenamiento para distinguir la relación que deba tener el modo verídico de expresar lo que sucede y las muchas maneras en que nos pueden inducir a que veamos lo que no hay. Los usos del lenguaje van mucho más allá del descriptivismo inmediato; el valor de su significado es variable según mecanismos que los expertos en marketing pueden emplear, incluso para dejar sin valor las palabras preciadas. Es decir, que la valía de la educación de todos crece en situaciones de crisis como esta que vivimos, justo cuando hay tantas voluntades dispuestas a que no sea urgente y que hay mil cosas más necesarias.
Muchos estudiantes no lo ven así y mañana, día 24, irán a la huelga: no les convencen mil cosas que siguen viendo en este momento y protestarán por ello. Curiosamente, desde la segunda mitad de los años cincuenta, estas huelgas de estudiantes son un continuum de la política social española. Igual que las carencias de los pobres. Múltiples organizaciones vienen denunciándolas de siempre, incluso cuando todo parecía ir bien; según Save the Children, en 2015 afectaban a uno de cada tres niños españoles, que han reproducido la pobreza, sobre todo, por carencia de educación. Quiérase o no, es urgente no cegar la capacidad de conocimiento de nadie; en medio de la vorágine en que estamos metidos, este sigue siendo un bien indispensable y no un puro objeto de negocio. Albert Camus, en su discurso de recepción del Premio Nobel en 1957, ya urgía que, si queremos “impedir que el mundo se deshaga”, no cabe actuar a capricho, como si todo fuera legítimo. @mundiario

