Sánchez sobrevive a la tormenta, pero septiembre marcará su verdadero punto de inflexión
Pedro Sánchez estuvo al borde del abismo. No en sentido figurado, sino real. A mediados de junio, en el Congreso, mientras la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil filtraba un informe demoledor sobre Santos Cerdán —hasta entonces su hombre de máxima confianza en el PSOE—, el presidente tocó fondo. No lo ocultó. A sus colaboradores más cercanos les confesó sentirse traicionado, “apuñalado por un amigo”. Incluso se planteó la renuncia. La imagen de un presidente devastado, sopesando su dimisión en la soledad de Quintos de Mora, resume la profundidad de la crisis.
El escándalo no solo zarandeó los cimientos del Gobierno, sino que casi precipita el fin de una legislatura ya compleja por su geometría variable. En un entorno político tan polarizado, tres caminos podían hacer caer a Sánchez: su dimisión, la ruptura del PSOE o el abandono de sus socios parlamentarios. Ninguno se materializó. Y ese es, por ahora, el principal éxito del Ejecutivo.
Sin embargo, que no se haya derrumbado no significa que haya salido ileso. El caso Cerdán —con sus ramificaciones familiares, políticas y judiciales— ha sido un golpe reputacional enorme. Y aunque en el PSOE insisten en que “lo peor ha pasado”, lo cierto es que nadie conoce aún el alcance real de la investigación ni qué más puede revelar la Guardia Civil. La sensación de tregua puede resultar tan falsa como efímera.
A pesar de ello, el Gobierno intenta transformar la supervivencia en impulso. En su núcleo duro se habla de “nuevo comienzo” en septiembre, de relanzar la legislatura con sentido político y no solo con resistencia. La comparación con 2010 y la renuncia de José Luis Rodríguez Zapatero planea como advertencia: retirarse prematuramente no garantiza ni estabilidad interna ni éxito electoral. Y Sánchez ha optado por el camino opuesto. No solo continúa, sino que redobla su apuesta.
Lo que está en juego ahora no es solo la continuidad de un Gobierno, sino su capacidad para gobernar con algún tipo de horizonte. La estrategia es clara: cerrar acuerdos clave con los socios antes del receso veraniego —ERC, PNV, Junts—, consolidar la mayoría y volver en septiembre con fuerza renovada. No será fácil. El lunes se discutirá la financiación singular para Cataluña, un asunto explosivo tanto dentro del PSOE como fuera. El martes será el turno del País Vasco, con una batería de demandas de transferencia sobre la mesa. El viernes, Bruselas, y la semana siguiente, un pleno decisivo con votaciones que funcionarán como un nuevo test de supervivencia.
Y todo ello bajo la amenaza constante de que un nuevo escándalo haga saltar por los aires el precario equilibrio alcanzado. Como en una serie de ficción, la política española avanza entre giros imprevistos, alianzas inestables y capítulos que amenazan con destruir la trama central. En este contexto, Sánchez se aferra a su instinto de resistencia. Si algo ha demostrado desde su llegada a La Moncloa es que no se rinde fácilmente, aunque eso no garantice el éxito a largo plazo.
La oposición, mientras tanto, cree haber marcado el camino de la caída. En Génova están convencidos de que el daño ya está hecho, incluso si Sánchez sobrevive en el corto plazo. Las encuestas apuntan a un desgaste creciente del PSOE, especialmente entre el electorado femenino, erosionado por los efectos colaterales del caso Ábalos y las conversaciones sobre prostitutas vinculadas a la trama Koldo. Para el PP, lo importante no es tanto derribar al presidente hoy como minar su base electoral para mañana.
Feijóo, dicen en su entorno, no es un gran candidato, pero sí un hábil destructor del rival. Le funcionó en Galicia y cree que puede repetir el guion en Madrid. Pero los estrategas del PSOE confían en que esta vez el escenario es diferente. No se trata del PSdeG, sino del PSOE nacional, con una maquinaria más fuerte y una base más sólida.
¿Y el futuro? Las grandes incógnitas siguen abiertas. ¿Podrá el Gobierno aprobar unos nuevos Presupuestos en 2026? ¿Aguantará la coalición ante el desgaste y los desencuentros, especialmente con Sumar y Podemos? ¿Consolidará Sánchez una narrativa que le justifique seguir más allá de la mera resistencia?
En política, las victorias parciales rara vez son definitivas. Sánchez ha ganado tiempo, sí. Ha sobrevivido a una moción de confianza encubierta. Ha evitado, por ahora, el naufragio. Pero gobernar es más que resistir. El verdadero examen empezará en septiembre. Y esta vez no bastará con sobrevivir: tendrá que convencer. @mundiario


