Sánchez en Mauritania: diplomacia migratoria entre intereses cruzados y silencios incómodos
La gira relámpago de Pedro Sánchez a Nuakchot, la capital de Mauritania, revestida de solemnidad institucional y protagonismo económico, deja tras de sí una lectura inevitable: la migración sigue siendo el núcleo de las relaciones hispanomauritanas, aunque se intente camuflar bajo capas de cooperación comercial, infraestructuras o enseñanza del español. Es cierto que, por primera vez, España y Mauritania celebran una Reunión de Alto Nivel (RAN), un formato reservado para alianzas estratégicas. Pero la agenda, más allá de las formas, confirma que lo que más interesa a Madrid —y por extensión, a Bruselas— es contener la migración en origen, a casi 2.000 kilómetros de Canarias.
En su discurso, Sánchez reivindicó el valor de la inmigración para el desarrollo económico de España. “El progreso y la buena situación económica de mi país debe mucho a los inmigrantes”, afirmó, con ese tono institucional que busca aunar moral y pragmatismo. Y sin embargo, esa afirmación, tan políticamente correcta como real, choca con la falta de posicionamiento ante las brutales prácticas que el gobierno mauritano lleva a cabo con miles de migrantes y refugiados subsaharianos: detenciones arbitrarias, hacinamiento en centros sin garantías sanitarias, expulsiones masivas al desierto sin recursos, incluso de personas reconocidas como refugiadas por el Acnur.
Lo que debería ser motivo de denuncia se convierte, en la práctica, en una política externalizada de fronteras. Mauritania se ha convertido en el gendarme complaciente del sur, a cambio de paquetes económicos multimillonarios. En apenas año y medio, Sánchez ha viajado tres veces a Nuakchot. Nadie se mueve tanto por un país africano sin un interés de peso. Y ese interés no es otro que frenar la llegada de cayucos a Canarias, cueste lo que cueste. A cambio, el Gobierno mauritano recibe fondos, visibilidad internacional y legitimidad. La UE, liderada en este asunto por España, le ha entregado más de 700 millones de euros en menos de dos años. ¿El resultado? Un 40% menos de llegadas a las costas españolas… y miles de migrantes abandonados en el desierto sin asistencia.
Lo paradójico es que, mientras el Gobierno español presume de políticas migratorias humanistas, evita cualquier crítica al trato inhumano que sus socios aplican en nombre del control migratorio. Se cede en derechos para obtener resultados. Y en ese marco, poco importa si los detenidos son solicitantes de asilo, menores o personas en situación de vulnerabilidad extrema. Lo importante es que no lleguen.
En paralelo, la visita incluyó otras dimensiones estratégicas que merecen atención. Sánchez firmó acuerdos en ciberseguridad, infraestructuras ferroviarias y gestión aeroportuaria, además de un pacto para que expertos españoles ayuden a modernizar el sistema de seguridad social mauritano. También se promovió la enseñanza del español y se celebró el primer foro empresarial hispano-mauritano, con la promesa de facilitar 200 millones de euros en créditos a empresas españolas interesadas en invertir allí. España es ya el primer cliente europeo de Mauritania y su tercer proveedor. Hay, como dijo Sánchez, margen para crecer. Pero incluso en esa dimensión comercial, la estabilidad política del país africano —y su disposición a contener los flujos migratorios— son el pilar fundamental sobre el que se construye esta nueva relación.
Mauritania es un socio clave para España y para la Unión Europea.
— Pedro Sánchez (@sanchezcastejon) July 16, 2025
Ya en Nuakchot para celebrar la primera Reunión de Alto Nivel entre ambos países, estrechar nuestras relaciones bilaterales y reforzar nuestro compromiso en áreas esenciales. pic.twitter.com/9f4kAxHtX4
En el fondo, esta visita revela el modelo que Europa está normalizando en su vecindad sur: apoyo financiero, respaldo diplomático y colaboración militar a cambio de una política migratoria dura, a menudo inhumana, que se lleva a cabo fuera de sus fronteras y sin supervisión. No importa que las ONG denuncien expulsiones ilegales o que las imágenes de personas abandonadas en la frontera con Malí recuerden demasiado a otras tragedias. El objetivo está cumplido si los números bajan y los cayucos no llegan.
La pregunta es si este modelo tiene recorrido. Si se puede construir una política exterior coherente basada en la contradicción: ensalzar a los inmigrantes como motor económico mientras se financia su persecución en terceros países. La respuesta, quizá, esté en las consecuencias a medio plazo: pérdida de credibilidad, hipocresía institucional y una imagen de Europa —y de España— como actor que se dice progresista pero actúa con cinismo.
Mauritania es, sí, un socio clave. Y España tiene razones geoestratégicas, económicas y políticas para fortalecer esa relación. Pero no debería hacerlo a costa de ignorar los derechos humanos ni de legitimar prácticas que, en suelo europeo, serían consideradas inaceptables. El verdadero progreso se mide también por el modo en que tratamos a quienes aún no han llegado. Y en esa asignatura, la diplomacia española sigue suspendiendo. @mundiario


