Se resiente la épica del relato político y prosigue el intercambio de cromos

Columnas y fachada del Congreso de los Diputados de España. / Dilema - Wikipedia
Columnas y fachada del Congreso de los Diputados de España. / Dilema - Wikipedia

El desgobierno de palabras preciadas como “equidad” y las querencias de la “estabilidad” hacen temer que la educación democrática y las políticas sociales sigan contando poco

Se resiente la épica del relato político y prosigue el intercambio de cromos

Con lo rápido que va 2016 y lo tupido de  los asuntos que contar, los competidores por el relato más aceptable son infinitos y los géneros literarios aparecen confusos, aunque no indiferentes. Sobre todo, la épica.

La falsa épica del procés

La épica tuvo un mal día el pasado día 10. El procés, tan administrativista y burocrático que hasta contó con el suicidio de la utopía de la CUP para que la aritmética se ajustara a la hipocresía, estuvo muy lejos del Nacimiento de una nación. Más pareció la satisfacción de pequeños tenderos que el esfuerzo de unos aguerridos luchadores por un ideal compartido. Embarrados en una metodología calculadoramente tecnocrática nada romántica, y sin mandato democrático por medio, han obligado a recordar más los problemas de cálculo que proponía en los años 50 Dalmau Carles, que lo que pudiera sugerir La libertad guiando al pueblo, de Delacroix cuando la revolución burguesa de 1830. Todos los presuntos héroes invitan al aburrimiento. El falso sacrificio de Más tiene demasiado de cesante decimonónico a la espera del turnismo oportunista. El hereu Puigdemont –apellido excesivo, de francófona santería medieval- poca sorpresa aportará a la narración en los 18 meses que vengan…, si perdura en ser “más de lo mismo”. Y el único sacrificio, el de los dubitativos asamblearios CUPienses, ha quedado relegado a  silenciosa entrega incondicional e increíble, a expensas de lo que les dicten personajes teóricamente extraños a sus preocupaciones. El esquizofrénico silencio dice muchas cosas pero tiene poca épica. Todavía no se sabe cuántos cantos le quedan por delante a esta pseudoepopeya en que sobra gente: más de la mitad de los actores concernidos nada pintarán en la escena, ni siquiera como tramoya. Los televidentes preferirán Juego de tronos o cualquier remake de Superman, por malo que sea. Al menos, produce algo de desazón preguntarse si alguien como él existiera.

La mesa camilla de “la estabilidad”

Improbable es, pero no imposible, que más de uno vuelva sus ojos a La Odisea. Les pudo parecer aburrida, caótica e ininteligible en los años escolares. Pero al menos se sabía quiénes controlaban los destinos de los humanos, por muy cambiantes que fueran en sus designios. Permitía disfrutar del conocimiento que tenía Homero del funcionamiento social, de la precisión con que conocía la constitución del cuerpo humano, los oficios principales de su época en todos sus componentes y, también, de cómo sabía en qué tiempo vivía, de quiénes mandaban en aquel tiempo de aristocracias guerreras y lo nada que pintaban todos los demás. Esas pequeñas certezas compensan el placer de leer y esperar cómo se desarrollan los acontecimientos con cierto regusto impaciente, en medio de un aparente escenario inmutable. En cambio, lo que cada día nos proporciona la prensa a propósito del acontecer político general de España, con sus aleatorias y sugerentes propuestas de convenios y acuerdos a cuatro bandas, es sustantivamente indiferente porque no se nos alcanza nada del intríngulis de los destinos de los actuantes ni tampoco del nuestro. Júpiter y Afrodita nada tienen que decir ahora. Tampoco Apolo ni Atenea. Las elecciones han dado a entender que algo tendrían que ver los electores y sus intereses en la narración de ahora mismo, pero ya empezamos a ver que no. Poco nos dejan entrever los verdaderos componedores de la trama: los lobbys nacionales e internacionales que, de vez  en cuando, lanzan algún augurio –como en Delfos-  a través de Goldman Sachs, el New York Times, la CEE, la OCDE y similares, a la espera de que la rutina administrativa imponga la “estabilidad” más propicia para la adecuada “productividad” de país periférico y con mano de obra intensiva. Y en la expectativa también de que nos acostumbremos a esa normalidad tutelada de “lo natural”.

La “equidad” imperfecta

El relato que suscita el juicio de Palma tiene idéntico fallo. La invocación a la “equidad” y que el fiscal sea  quien no haya formulado acusación, también tergiversa las leyes de lo verídico, elemento principal en cualquier relato que se precie. No suscita interés alguno más allá del cotilleo, Sólo hace adelantar el final del relato sin que quede satisfecho nada de lo realmente interesante,  la ansiedad por lo que pudiera ser sorpresivo: que la igualdad existe. Ya sabemos que continuamos como siempre, con trampantojos aptos para la incredulidad, sólo aptos para no significar más que diferencia institucionalizada. Es decir, que se nos trastoca el "continuará..."  de nuestros cómics y tebeos de infancia, para que nos acostumbremos  al parsimonioso, lento y corrosivo trabajo de la credulidad idiota.

De la falsa equidad que se está escenificando a la tergiversación de los géneros y que se traduzca todo en postergación de la debida atención democrática a los asuntos educativos no hay más que un paso. La teatralidad de esta secuencia podría acabar en esperpento y ya empieza a ser algo tragicómica. “La estabilidad”, “el crecimiento” y la ambición de que todo siga yendo por los caminos deseados por el PIB, Bruselas y el FMI -el mismo buen camino ya emprendido en los pasados años-, tienen preeminencia en la escena. No sería imposible que la legislatura se siguiera armando en torno a ello, y hasta es muy probable que así llegue a ser incluso en combinaciones que pudieran parecer en principio alejadas de la hegemonía de este discurso. En todo caso, ya empieza a cundir entre los espectadores del teatrillo que, en los próximos 48 meses, los perdedores seguirán siendo los de siempre. Muchos ya temen que lo que se vaya a contar en las próximas escenas volverá a quedar cojo y manco del lado de quienes necesitan mejor educación, mejor sanidad y mejores prestaciones sociales. No es improbable que se vuelvan a repetir simples remedos del sí pero bueno, ya iremos viendo, ya haremos lo que podamos. Es decir, nada de nada.

Por si acaso, en CCOO  han recordado a algunos de los actores de este relato inacabado que, en 2013, se habían comprometido con la reversión de la LOMCE y de los derechos de los alumnos y profesores postergados en el transcurso de la legislatura pasada. A la espera de si los actores del reparto nos sorprenden con un relato coherente y creíble y una puesta en escena congruente, nadie dude de que será una gran decepción, de alcance impredecible, si quienes lo necesitan han de esperar a otras elecciones para que les sigan contando historias de mejoras futuras. Atentos.

Se resiente la épica del relato político y prosigue el intercambio de cromos
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