Puigdemont avisa: sin concesiones, no hay votos

Desde el exilio en la frontera francesa, Carles Puigdemont ha convertido el quinto aniversario de Junts per Catalunya en una reafirmación de su papel como actor impredecible y decisivo en la política española.
Carles Puigdemont, político. / @KRLS
Carles Puigdemont, político. / @KRLS

Cinco años después de la fundación de Junts per Catalunya, el partido sigue orbitando en torno a la figura de Carles Puigdemont. Desde Prats de Molló, una localidad fronteriza cargada de simbolismo para el catalanismo histórico —allí Francesc Macià planeó su fracasada incursión armada en 1926—, el expresident ha escenificado una advertencia calculada al PSOE: no hay estabilidad en el Congreso sin la aquiescencia del independentismo que él representa, y esa aquiescencia no será gratuita ni previsible.

En un momento en el que el relato del procés se va desdibujando bajo el peso de los años, la amnistía parcial y el pragmatismo electoral, Puigdemont se aferra a su papel como líder en el exilio. Ni ha vuelto a Cataluña ni ha renunciado a sus pretensiones, y utiliza esa ambigüedad para mantener viva la tensión con Madrid. Durante el acto conmemorativo, lejos de anunciar un regreso inminente o de abordar cuestiones candentes como la corrupción o la polarización judicial, Puigdemont optó por la estrategia del desgaste: presentar a Junts como el incómodo socio de investidura, dispuesto a votar sí, no o abstención dependiendo del interés puntual, pero siempre desde la exigencia.

En este juego de equilibrios, Puigdemont ha convertido la imprevisibilidad en doctrina. Bajo la apariencia de razonamiento político —¿es útil la medida para Cataluña?, ¿respeta las competencias?, ¿acerca a la independencia?—, en realidad se esconde un método de presión continua sobre el Gobierno central. Una forma de estirar los márgenes de su influencia institucional, aunque sea a costa de generar inestabilidad y alimentar el relato victimista sobre una Cataluña aún “perseguida” y sin “normalidad democrática”.

Su intervención no estuvo exenta de dardos envenenados. Sin mencionarlos directamente, criticó a ERC por su disposición a pactar “de casa” y a la CUP y Aliança Catalana por sus discursos simplistas. Así, Puigdemont se reivindica como el centro político del independentismo: ni entreguismo institucional ni radicalismo incendiario. Junts, según su visión, sería el partido de la competencia, de la estrategia, de la “esperanza” frente al caos.

Pero la pregunta es si ese equilibrio puede sostenerse indefinidamente. La política española, marcada por una fragmentación creciente y una legislatura frágil, necesita aliados estables más que símbolos del agravio. Y en ese tablero, Junts juega con fuego: cuanto más dificulte la gobernabilidad, más riesgo corre de ser visto no como actor responsable, sino como fuerza obstructiva.

El propio Puigdemont lo sabe. Por eso su discurso fue menos beligerante de lo habitual, más táctico que ideológico. No habló de unilateralidad, ni de referéndums, ni de rupturas inminentes. Habló de aritmética, de condiciones y de negociación. Y es que, en el fondo, Junts ya no vive del procés, sino del precio de su voto en el Congreso.

A medida que se acercan nuevas citas electorales y el PSOE necesita cada escaño para sostener su coalición, Puigdemont afina su discurso: él no se vende, pero cobra caro. La fiesta del quinto aniversario de Junts fue, en realidad, un mensaje claro al Gobierno y a sus socios: sin su partido no hay mayorías, y sin mayorías no hay legislatura. El catalanismo de Puigdemont ya no busca épicas, busca influencia. Y, de momento, la está logrando. @mundiario

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