El presidente Rajoy sigue poponiéndole diálogo al nacionalista Artur Mas

Bandera de Cataluña / orbitapolitica.com
Bandera de Cataluña / orbitapolitica.com

Con su carta, Mariano Rajoy no consigue convencerle de que el mejor servicio a la legitimidad democrática es precisamente respetar el marco jurídico del Estado español.

El presidente Rajoy sigue poponiéndole diálogo al nacionalista Artur Mas

Los países democráticos cuanto más respetosos son con sus leyes y sus instituciones, más predominantes resultan a los ojos de sus habitantes y del resto del mundo. Ganan o pierden  su aprecio con el ejemplo emanado de sus acciones. Por ello, no puede sorprender a nadie que hoy se ponga en duda la solidez de la democracia española, en la que, cada día, más se aprecia  la desafección que sus dirigentes tienen del marco legal que la sustenta, aunque Mariano Rajoy, en su carta a Artur Mas, considere que “el mejor servicio a la legitimidad democrática… es precisamente respetar el marco jurídico en el que los gobiernos hallan su fundamento y legitimidad y los ciudadanos encuentran la garantía para la convivencia y la concordia”. Una cosa es predicar y otra dar trigo. Nunca tanto y tan diáfanamente, como ahora, se notó la debilidad,  división y desarraigo del Gobierno del Estado y de sus instituciones políticas y sociales, ante la defensa de los intereses generales y su permisividad, cuando no desidia, en la aplicación de la leyes.

Las llamadas al diálogo “sin fecha de caducidad”, a la lealtad institucional y al trabajo en pro del fortalecimiento de los lazos de unión entre Cataluña y el resto de España,  del presidente Rajoy al de la Generalitat son loables, pero no suficientes, porque “no hay peor sordo que el que no quiere oír”. Su actitud hostil y aparentemente secesionista, apoyada en importantes, pero no mayoritarias, manifestaciones populares, organizadas al amparo de la financiación de todos los españoles y el consentimiento tácito y hasta algunas veces, explicito, del gobierno del Estado, al igual que aquellas concentraciones de excombatientes de antaño, ratifican a los ojos de los más despistados, que España va mal y que por esta senda, más pronto que tarde, un gobierno- ¿Querrá y podrá hacerlo el actual?- tendrá que embridar esos nacionalismos excluyentes, con la rotundidad del  artículo 155 de la Constitución, que para algo los padres de la misma incluyeron y el pueblo español, el catalán incluido, mayoritariamente aprobaron.

Cataluña es una gran tierra. Sus gentes derrochan hombría de bien a raudales. Rajoy, que está “convencido de la extraordinaria relevancia que Cataluña tiene para el conjunto de España y de la riqueza, pluralidad y singularidad de la sociedad catalana” así se lo hace constar a Mas en su referida epístola. El cuerpo electoral de esta parte de España,  elección tras elección, viene enviando mensajes, con altura de miras, a sus dirigentes, quienes no los captan, porque es tal  la fobia que padecen hacia todo lo español que su regodeo principal se basa en inyectársela a cuantas más personas  mejor, porque su finalidad no está, aunque lo parezca, a veces, en procurar su bienestar, sino en estrangularlo con la torpeza de intentar endosarle tan lamentable acción, al resto de los ciudadanos del Estado para provocar en ellos animadversión. No es nada nuevo. No es otra cosa que llevar al terreno de la realidad, el principio del “divide y vencerás”. Y se consigue: el ministro de Exteriores - ¡Qué casualidad!- apadrinado por el líder del PSOE - ¡Qué tristeza!, dan la razón a los secesionistas mientras el Presidente del Gobierno nombra una comisión para negociar - ¿Qué asunto hay que negociar al margen de la total y normal aplicación de la legislación vigente como dice su ministro del Interior?- y su vicepresidenta sale defendiendo a la mayoría silenciosa. ¡De auténtica  pena!.

España es una e indivisible según su Constitución. Lo ratifican varias sentencias del Tribunal Constitucional que recogen, en sus diversos apartados, los procedimientos adecuados para su modificación si así fuera considerado. El Estado tiene medios técnicos y humanos para cumplir y hacer cumplir la ley. Tiene que ser ejemplo a seguir para propios y extraños. ¿Hay algo más de que hablar?.Dejar para mañana lo que se puede hacer hoy, en este caso más que en ningún otro, no es deseable.

El presidente Rajoy sigue poponiéndole diálogo al nacionalista Artur Mas
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