Feijóo dinamita puentes y agita la crisis institucional en su cruzada contra Sánchez
El Congreso ha vivido uno de esos días en los que la política se confunde con el espectáculo, y no precisamente con uno edificante. Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular, ha decidido elevar el tono al máximo contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en un discurso que no ha dejado resquicio para el matiz ni el respeto institucional. Más allá de la legítima crítica por los escándalos que afectan al entorno del PSOE, el jefe de la oposición ha traspasado varias líneas rojas al aludir con insinuaciones graves a la familia del presidente y a negocios del pasado que han sido ya utilizados, sin éxito, por la llamada "policía patriótica".
Feijóo no ha hablado de regeneración democrática. Ha hablado de fraude, de inmundicia, de prostíbulos. Ha desenterrado un relato apócrifo sobre el suegro fallecido de Sánchez, intentando vincularlo con la prostitución, en una maniobra que recuerda demasiado a los peores tiempos de la cloaca política. Lejos de presentar alternativas o medidas concretas, el líder popular ha optado por el ataque personal como estrategia de desgaste, apelando al escándalo más que al sentido institucional.
Resulta llamativo que en su discurso, Feijóo se presente como paladín de la lucha contra la corrupción mientras su partido aún arrastra el lastre de tramas como Gürtel o Kitchen. En este punto, la interpelación del líder de Vox, Santiago Abascal, ha sido tan corrosiva como reveladora: para él, PP y PSOE representan dos caras de la misma moneda de la corrupción. Un argumento que incomoda al PP, que quiere marcar distancia con la extrema derecha sin romper definitivamente los lazos que le permiten gobernar en varias autonomías.
El caso Cerdán ha servido de catalizador para esta ofensiva, pero lo cierto es que el PP parece más interesado en capitalizar el desgaste del Gobierno que en proponer reformas profundas del sistema institucional. Feijóo exige ceses, reformas y dimisiones, pero obvia que muchos de esos cambios requerirían su cooperación, como ocurre con la renovación del Consejo General del Poder Judicial o con el nombramiento de miembros del Tribunal Constitucional. La doble vara de medir se hace evidente cuando propone limpiar las instituciones mientras defiende sin fisuras a antiguos dirigentes de su partido implicados en casos de espionaje o financiación irregular.
En paralelo, los populares esperaban que los socios del Gobierno mostraran grietas tras la polémica con Cerdán. Pero salvo algún matiz, ni ERC ni Bildu ni el PNV parecen dispuestos a abandonar el bloque progresista. La decepción del PP se ha traducido en ataques a esos partidos, con especial dureza hacia los nacionalistas vascos, a quienes Feijóo ha acusado de vivir "subvencionados o subyugados". En cambio, ni una palabra contra Junts, con quien el PP ha coqueteado últimamente en el Senado. El mensaje es claro: las alianzas no se critican si son potencialmente útiles.
Sánchez fue partícipe, a título lucrativo, del abominable negocio de la prostitución. pic.twitter.com/CgkKSmcRXU
— Alberto Núñez Feijóo (@NunezFeijoo) July 9, 2025
En este contexto, la escena política parece más volcada en la demolición del adversario que en la construcción de soluciones. El debate sobre la corrupción se ha convertido en una trinchera más, donde cada partido dispara según su conveniencia, olvidando que el descrédito institucional no se revierte con campañas de difamación ni con discursos incendiarios.
El verdadero problema no es que Feijóo critique a Sánchez. El problema es que lo haga desde la lógica del todo vale, sembrando dudas personales que ni los tribunales ni los hechos han corroborado. El problema es que se pretenda moralizar la política desde la hipocresía, exigiendo responsabilidades ajenas mientras se niegan las propias. Y el problema, en última instancia, es que mientras se polariza y se destruye, nadie construye.
La ciudadanía asiste, una vez más, a un espectáculo que poco tiene de democrático y mucho de electoralismo salvaje. Los grandes partidos juegan al desgaste mutuo mientras el descrédito institucional crece, la confianza pública se erosiona y las verdaderas reformas quedan, como siempre, para otro día.
Porque en esta guerra de barro, lo que menos importa ya es la limpieza. @mundiario


