Es de agradecer que se pida buena educación en el Congreso

Meritxell Batet, presidenta del Congreso. / Facebook @BatetMeritxell
Meritxell Batete, presidenta del Congreso. / Facebook @BatetMeritxell

La ejemplaridad de los diputados es primordial para que una democracia que se precie de tal sea imitada por los ciudadanos

 

Es de agradecer que se pida buena educación en el Congreso

Ante todo, se han de agradecer a la señora Batet sus palabras firmes en demanda de cordura, sensatez e incluso dureza en la defensa de las ideas de cada cual, pero sin faltar al respeto a los discrepantes.

Es lo que reclamaba Aristóteles como distinción entre los humanos y los animales; en su Política dejó escrito que una cosa es “la palabra” –propia de aquellos– y otra “las voces”, más propia de estos. 

Palabras y voces

La discrepancia es normal entre los humanos; no lo es la uniformidad de perspectiva para resolver los asuntos que nos son comunes y nos atañen a todos. El uso de la palabra, para resolver las discrepancias, ha de basarse en argumentos, conocimiento, saber y capacidad de convencer a los otros, no en el insulto personal ni en descalificaciones que no tienen nada que ver con lo que se trata, sino más bien con prejuicios e intereses tan particulares que sirvan de excusa para tener la exclusiva. La falta de respeto a los argumentos del otro, y el insulto manifiesto –como el que hace unos días se pudo oír, dirigido a una ministra en ese palacio de la palabra razonable que es el Congreso- no solo descalifica a quien lo hace, sino que nos agrede a todos porque desvirtúa, erosiona y pone en riesgo la democracia; con sentirse tan superior y diferente del resto se arroga el derecho de acallar a los demás o, al menos, intentarlo.

Cuando no hay que decir y se pasa a los insultos, el siguiente paso, muy leve, son los puños y la pelea, tan del gusto de las maneras despóticas de que nos dejó  gran muestra gráfica Goya en sus múltiples cuadernos de dibujos y en no pocas de sus obras más conocidas. Volver al siglo XIX, cuando tantos problemas urgentes nos acucian es, como mínimo, una manera extraordinariamente fértil para que estas urgencias no se hablen para tratar de hallarles solución; hace tan solo que nos quedemos en la pura epidermis, atosigados por los prejuicios, malicia, cortedad o ignorancia –que de todo hay- de quienes parecen querer mostrar que tienen la exclusiva de la verdad, de la moral y de cuanto pueda molestar su cómoda  cerrazón etnocéntrica. Puede que eso les ayude a tener seguidores en algunos sectores sociales que, por razones variopintas, se hayan quedado a disfrutar de cómo sufre la mayoría, pero han de comprender que no pueden ser un adolescente freno constante a que los derechos y libertades de todos se desarrollen adecuadamente, para una convivencia sana de adultos en igualdad.

Inquisidores y chismorreros

De nada vale en este asunto ese juego melifluo de estar en misa y repicando al mismo tiempo, como han escenificado los compañeros del alcalde madrileño y sus socios –y el alcalde mismo como primer actor de la comedia-, diciendo por un lado una cosa y por otro votando lo contrario cuando de defender los derechos de las mujeres a abortar se ha tratado ayer: razonable parece que lo que la ley les permite en situación tan grave como difícil, no se les aumenten las de por sí complicadas decisiones hasta serles imposible una seguridad y asistencia cualificada porque grupos de intención retorcida traten de intimidarlas con mil infamias. Es perverso con el amor a la vida que dicen querer defender, no arreglan nada y, al final, se quedan en gestos de hipócrita conciencia la mayoría de las veces.

La falta de respeto a las opciones de los demás que ejercen las personas y grupos que dicen tener más verdad que nadie, y que parecen decirnos que tienen toda la verdad defendiendo algún bien que necesitara ser defendido, es heredera de una larga tradición de inquisidores y chismorreros que, en nuestro país y con los mismos pretextos –incluido que solían decir que Dios estaba con ellos-, no han dejado de ser, en el transcurso del pasado español, el freno de toda modernización del conocimiento, del saber y de que una educación consistente y sólida, respetuosa con el saber y la ciencia, atenta a las necesidades de los ciudadanos –en el plano personal y social- pudiera ayudar a sus vidas. Esta posición retardataria, trufada de elementos continuistas de lo que hubo aquí antes de la CE78, es la que todavía transmiten no pocos elementos del sistema educativo que tenemos, de modo que no estuviera al alcance de todos una educación como es debido.

Seguimos viendo a nuestro alrededor ese afán de segmentar el sistema y que los ciudadanos entiendan que lo privado es mejor que lo público; hemos visto cómo, desde 1851 hasta hoy, los poderes del Estado se han inclinado mayormente a favor de esta idea, protegerla y salvaguardarla.  No se le escapa a cualquiera que coja ese hilo histórico que, incluso en esta LOMLOE de ahora, la sustancia de esta tendencia sigue incólume; además de que una parte sustantiva de los recursos presupuestarios siguen orientados a sostenerla, no solo asuntos tan particulares como la religión se mantienen en el currículum, sino que se siguen poniendo pegas para una racionalidad coherente de todo el sistema. Mientras una” Educación para la ciudadanía” ha tenido mil dificultades para tener alguna presencia, ahora mismo el último borrador de Educación Infantil sigue reticente a que una educación razonablemente abierta a las opciones de todos sea posible. Incluso ahora –en pleno siglo XXI- hay asuntos que aparecen gobernados por esa “MALA EDUCACIÓN” en que hemos sobrevivido a trancas y barrancas en un pasado que no se ha ido.

La disputa por la “buena educación”

En la disputa por el espacio simbólico dela Educación, la resolución –provisional, pero efectiva- se sigue inclinando del mismo lado que siempre; lo que digan los estratos más conservadores e incluso ultras de este país es lo que va a misa. Antes lo hacían porque tenían mucho poder efectivo, y hoy que en apariencia se lo ha disminuido un sistema de relaciones económicas mucho más global, tratan de seguirlo mostrando, cuando pueden, con el mismo deje de chulería heredero de aquel panorama intrínsecamente clasista. Puede que les sirva de inspiración el llamado Reino Unido, ejemplo pragmático, por otro lado, del camino que siguen los herederos del Imperialismo victoriano ya desaparecido; creyeron que podrían estar más acordes consigo misma saliéndose de la Unión Europea, y las mentiras y mantras que manejaron para que el BREXIT saliera adelante están arrastrando  consecuencias visibles en la disponibilidad de bienes tan necesarios como la alimentación o la gasolina. Con mentiras y “mala educación” como la que provocadoramente exhiben algunos diputados en el Palacio de San Gerónimo, lo que nos espera es peor todavía. Conviene a todos que “la buena educación” –más allá de los siempre agradables buenos modales que los manuales de Urbanidad prescriben desde Erasmo- impere incluso en nuestra vida diaria, por supuesto; vivir en constante pugna por ver quien dice de modo más excitante y twitero lo que más pueda epatar a la propia cofradía, ni siquiera en las flamantes terrazas tan en boga es sostenible sin riesgo de integridad. @mundiario


Manuel Menor es autor del libro Modernizar la educación de todos, ¿después de la covid-19, qué? , un ensayo en el que este profesor y doctor en Ciencias de la Educación hila las opiniones que le fueron surgiendo a raíz de la pandemia, en un análisis riguroso. @mundiediciones

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