El día que Feijóo se negó a volar sobre el nido del cuco

el cuco
Dos cucos sin nido.

El tiempo dirá si fue miedo, precaución o información preventiva, oye. Pero existe la remota posibilidad de que Feijóo haya apostado por erigirse en excepción que confirme la regla del Principio de Peter que, a mis escasas luces, ha encontrado en la política española un fértil y sostenible caldo de cultivo.

El día que Feijóo se negó a volar sobre el nido del cuco

¿Y si, sencillamente, Feijóo hubiese recuperado la cordura? ¿Si, con aquella sarcástica lucidez de Groucho Marx, hubiese llegado a la conclusión de que no quería pertenecer a un club en el que admitiesen a tipos como él? A lo mejor se ha dado cuenta de que no quería ser un yonqui del poder como Fraga, un Aznar con enfermizo complejo crónico de Napoleón, un Rajoy cuya vida se ha reducido a darle a su padre dos grandes noticias: “¡papá, soy registrador!”, “¡papá soy presidente!”, mientras ha ido tragando los indigestos sapos de la guerra de Irak, de los atentados de Atocha, del hundimiento del Prestige, del rescate bancario, del lento pero seguro desmantelamiento del estado de bienestar, en un país anegado de aguas fecales mediáticas, aguas turbulentas económicas, espuma iracundo de reencarnaciones de Caines y Abeles y enormes manchas de chapapote de corrupción amontonándose en las hermosas playas de nuestra todavía tan joven y ya tan vieja democracia, miradlas, en las que no ondean, precisamente, banderas azules de esas que se izan a lo largo y ancho de nuestro litoral como iconos ecológicos de limpios y saludables veranos.

Caza de brujas, yonquis del poder y locos con sus temas

Es posible que Feijóo sea el presunto culpable de esa dichosa fotografía en la que, una imagen, la misma repetida mil veces, provoca un eclipse total e irracional de presunción de inocencia. Tal vez ha sido víctima de una de esas célebres espantadas a lo Curro Romero, y ha convertido a Galicia en el burladero que lo mantiene a salvo de una grave cogida por asta de toro. Incluso puede que, sencillamente, haya hecho un cínico ejercicio contable de adhesiones inquebrantables y el haber no le haya cuadrado con el debe. Pero, chico, por una vez, y sin que sirva de precedente en este histérico proceso de caza de brujas genuinamente español, que me río yo de la inquisición del senador McCarthy en el teatro de los sueños de Hollywood, podríamos desechar el axioma nacional del piensa mal y acertarás.

Lejos de mi la funesta manía de sacarse héroes de la manga, oye. Solo me acojo a la esperanza de que la enfermiza adición al poder sea reversible. Que empiece una época de rehabilitación de yonquis de coche oficial, de okupas de palacios de La Moncloa, de osados aspirantes y aspirantas a presidir Consejos de Ministros/Ministras, de Pablos, de Riveras, de Colaus, de Carmenas volando sobre nidos del cuco, o sea, de nidos ajenos, en los que cada loco con su tema, con su revolución, con su 15-M, con su república, con su Procés, con su autodeterminación, con su unilateralidad, con sus foros, con sus cupos, con sus capos, sin tener en cuenta que “contra gustos no debería haber disputas”, como aconsejaba Joan Manuel Serrat hace años, cuando todavía no podía tan siquiera imaginarse que dejaría de ser profeta en su tierra, aquella en la que, puestos a elegir, prefería los caminos a las fronteras.

Esos chalados con sus viejos cacharros ideológicos

Como un servidor lleva media vida defendiendo la okupación y la progresión del Principio de Peter en la política, por lo menos en las española y sus diecisiete sucedáneos autonómicos, no me extrañan las diversas y exóticas identidades de nuestros Lendakaris, Honorables y pasados, recientes y actuales Presidentes y Presidentas de Gobierno y de Gobiernos, incluido nuestro paisano Feijóo, oye, ¡que en paz nacional descanse! Creo, como un axioma, que lo que llamamos vulgarmente ambición de poder, es un síntoma inequívoco de locura. Que cualquier ser humano convencido de que puede, sabe y debe gobernar a millones de seres humanos, o no es más tonto porque no entrena, o está talmente como las maracas de Machín ¡Fíjate, si no, en su caras, la de Pablo, la de Albert, la de Puigdemont, la de Urkullu, la de Susana, la de Soraya y Cospedal, aquella de Aguirre cuando todavía conservaba la “esperanza”, la de Cifuentes antes de irse de Madrid al infierno, esta otra de Pedro, talmente flipándolo, colega, al traspasar la obsesiva puerta de sus sueños de La Moncloa.

¿Una espantada o una excepción en el inexorable Principio de Peter?

Claro que es posible que Feijóo haya abandonado la carrera de esos chalados con sus viejos cacharros ideológicos, por alguno de los mil y un motivos que insinúan sesudos columnistas e infalibles tertulianos. Pero permitid que me deje traspasar por un platónico rayo de sol entre la oscuridad de tanta miseria humana: ¿y si Feijóo, en una de esas excepciones que confirman la regla, ha sido capaz de detenerse un poco antes de alcanzar su máximo exponente de incompetencia? ¿Y si resulta que, al final, su sospechosa, misteriosa y clamorosa espantada obedece simplemente a un criterio personal, intransferible y, desde el punto de vista humano, prioritario, como aquel con el que encandiló a tantas generaciones Serrat: “antes que nada soy partidario de vivir”? @mundiario

El día que Feijóo se negó a volar sobre el nido del cuco
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