Crisis en cadena: las tres caídas que dejaron a la Península a oscuras
El colapso energético que dejó sin electricidad a toda la Península Ibérica el pasado 28 de abril sigue generando interrogantes, inquietudes y una investigación que promete alargarse durante meses. La vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen, ha comparecido en el Congreso para poner sobre la mesa nuevos datos: el desencadenante del apagón fue una concatenación de tres pérdidas sucesivas de generación eléctrica en Granada, Badajoz y Sevilla. En apenas 20 segundos, el sistema perdió 2,2 gigavatios de potencia, una cifra equivalente a la de más de dos reactores nucleares.
Este derrumbe simultáneo dejó al descubierto lo que muchos especialistas ya intuían: que el sistema eléctrico peninsular, pese a sus protocolos de seguridad, es vulnerable cuando varias piezas clave fallan al mismo tiempo. Lo más inquietante no es solo la magnitud del apagón —el mayor registrado en España y uno de los más relevantes en Europa—, sino la velocidad a la que se propagó y la ineficacia de los mecanismos que deberían haberlo contenido.
Red Eléctrica de España (REE) intentó hasta seis cortafuegos, automatismos diseñados para desacoplar áreas afectadas y evitar una caída generalizada. Pero ninguno de ellos logró contener la propagación de la sobretensión que, según ha explicado Aagesen, desató una desconexión en cascada y arrastró consigo todo el sistema. A falta de conocer el porqué de esta falla múltiple, todo apunta a una combinación de automatismos defectuosos, protocolos desactualizados y una arquitectura del sistema que no está preparada para gestionar incidentes extremos de forma localizada.
El Gobierno, no obstante, ha insistido en que no existía problema de cobertura o reserva: en el momento del colapso, España generaba electricidad más que suficiente, e incluso exportaba a Francia, Portugal y Marruecos. Esta afirmación contradice a quienes, desde ciertos sectores, habían atribuido el apagón a una supuesta incapacidad del mix renovable para garantizar la estabilidad del sistema. Por el contrario, el suceso parece apuntar a fallos técnicos más complejos y estructurales.
En este contexto, la hipótesis del ciberataque, planteada en los primeros compases del incidente, pierde fuerza. “No se han hallado indicios”, afirmó Aagesen, una afirmación que, aunque tranquilizadora, no despeja la duda fundamental: ¿qué provocó las caídas iniciales de generación? La ministra señala que media hora antes del apagón se detectaron oscilaciones en varios puntos de Europa. Estas perturbaciones interárea, según la terminología técnica, se sienten con mayor fuerza en los extremos del continente, como es el caso de España, debido a su débil interconexión con el resto del sistema eléctrico europeo.
Esa debilidad estructural, reconocida por la propia Comisión Europea, convierte a la Península en un enclave más vulnerable frente a alteraciones externas. Una interconexión más robusta con Francia y Portugal, de la que tanto se ha hablado en los últimos años, no solo permitiría un intercambio más eficiente de energía, sino que también funcionaría como colchón de seguridad frente a oscilaciones y sobrecargas.
La ministra ha sido tajante en su planteamiento: la investigación llevará tiempo y el Gobierno no permitirá que las prisas contaminen el análisis. No obstante, esa espera también alimenta la incertidumbre. Porque más allá del origen inmediato del apagón, lo que está en juego es la fiabilidad de un sistema eléctrico que se enfrenta al doble reto de la descarbonización y la digitalización, sin perder de vista la resiliencia.
Si algo ha demostrado el cero energético del 28 de abril es que el sistema, aunque preparado para escenarios adversos, no está blindado frente a crisis encadenadas. Y que, sin una revisión profunda de los protocolos, las infraestructuras y las capacidades de respuesta, la transición energética puede convertirse en una carrera de fondo sin red de seguridad. @mundiario




